Susana Fortes - Fronteras de arena

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Una novela ambientada en el Marruecos y el Sáhara durante el año 1935, meses antes del estallido de la Guerra Civil. Una novela cuya trama tiene todos los atractivos de una aventura de ambiente exótico, amor apasionado y un levantamiento militar en España a punto de estallar. Una novela muy cinematográfica por las imágenes que sugiere y la descripción de los paisajes, en la que se recrean los escenarios y los diálogos. Una novela realmente entretenida por la historia que cuenta, bastante emotiva, realista, melancólica y de fácil lectura.

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Ya no llora, sólo respira con los ojos cerrados. Está tan serena como un moribundo apacentando sus recuerdos. Es poco más de medianoche, el viento levanta intermitentes cortinas de polvo que trepan hasta la ventana y se pierden en la distancia por encima de la bahía. Todo el mundo tiene comienzos difíciles en Tánger; se apiñan los destinos. Las risas del jardín van alejándose engullidas por la oscuridad. La noche cae como un presagio sobre el cuerpo iluminado de la mujer dormida, recubre la colina empeñascada que se asoma al Estrecho, refulge contra los minaretes de las mezquitas, desciende sinuosa por los oscuros barrios de la medina, derrama su perfume embalsamado sobre las plazas en sombra, sobre las anchas avenidas vacías y, más lejos aún, sobre las lápidas de los cementerios, envolviendo con su aire hermoso y negro el silencio de todos aquellos que duermen aquí o allá. Para algunos el sueño es un descanso; para otros, una condena de vastas e ingratas meditaciones. Para todos, un misterio desnudo, escueto. Afuera, aprisionada entre las murallas, encerrada en su implacable sortilegio, dormita la ciudad.

VI

Frente a los vapores y los barcos abarloados de la estación marítima, las terrazas de los cafés, con sus mesas al aire libre y los toldos extendidos, semejan la cubierta de un crucero de lujo. El calor es menos intenso a esta hora. Philip Kerrigan permanece tranquilamente sentado en una esquina, saboreando su té a la menta. Piensa que de no ser por los camareros árabes y los caftanes y chilabas que de vez en cuando se ven al otro lado de la calle, Tánger podría parecer cualquier alegre ciudad europea de veraneantes: camisetas listadas en blanco y azul, zapatillas de lona, sandalias, sombreros de paja con velos de muselina, gorras marineras… La misma indumentaria que usan los turistas ociosos en Niza, Saint-Tropez y Venecia mientras sorben sus aperitivos y hojean la prensa del corazón o completan los crucigramas del periódico.

Los últimos rayos de sol enrojecen el declive de la loma que asoma al estrecho. El atardecer es una hora peligrosa. A veces su contemplación produce una especie de desdicha. Los hombres siempre han mirado la línea del horizonte de la misma manera, soñando, recordando. Kerrigan ha abandonado su mesa y está ahora acodado en la barandilla que rodea los muelles fascinado por el abanico de claridades que se expande hacia el oeste. Un transbordador acaba de entrar en el recinto del puerto. Piensa que una forma de odiar esta costa es verla así, tan bella durante unos instantes que uno casi se siente en la obligación de abandonarla para siempre. Tal vez un día lejano la imaginará del modo exacto en que ahora la está viendo y deseará regresar. ¿Cómo saber con antelación cuáles son las cosas que no recordaremos y cuáles las que jamás se olvidarán? La memoria humana está llena de cables que se entretejen en una red tan intrincada como las que se usan para hacer trampas. ¿Cómo saber si un recuerdo es algo que se tiene o que se ha perdido? En ocasiones, las conexiones quedan cortadas y todo el pasado se borra en el tiempo de un pestañeo. Otras veces los destellos eléctricos abarcan una determinada zona del córtex sin que nadie pueda adivinar el porqué de la iluminación de esas células cerebrales y no de otras. La añoranza surge cuando se encadenan sucesivos estados de ánimo sin nexo aparente entre sí: la sensación de cansancio o una cierta flaqueza de corazón, los graznidos de las gaviotas, el lomo grasiento del agua, una declinación especial de la luz… El corresponsal del London Times se siente de pronto transportado por una extraña corriente que lo retrotrae hasta un río lleno de barcazas donde flota sigiloso un aire de mujer: Catherine Broomley, Cathy, Cat.

Difícil no recordar sus manos blancas y frías apoyadas en el pretil del puente de Southwork, junto a la estación de Cannon Street. Tenía la cara alta, un poco echada hacia atrás, la blusa abierta en el cuello, la chaqueta de lana sobre los hombros. Su expresión era dulce y hogareña, había en sus ojos algo de niña tímida y un poco ilusa. Lo miraba confiada, incapaz de malinterpretar su silencio, esperando sólo una respuesta. Kerrigan piensa que hay cosas que no se pueden llegar a entender por mucho que uno lo intente: la mente de una muchacha, el último sol del crepúsculo, cómo en un momento toda la amabilidad de un rostro puede quedar desplazada por una palabra. El periodista aprieta sus manos contra la baranda de hierro, notando en los dedos el tacto áspero de la herrumbre, un gesto sordo y contenido. Ningún ruido llega desde el agua salvo el del agua misma, pero él no puede escuchar ese leve chapoteo sin oír al mismo tiempo su propia voz hace mucho tiempo, como la punta de una aguja sobre un disco que gira. Percibe con claridad el punto de inflexión en el que el lenguaje inició una pendiente escurridiza, esbozando un movimiento de huida, el tono impostado, como si fuera otro el que hablara, el que estuviera razonando una argumentación casi convincente. Ella después ya no volvió a preguntar nada, los labios sellados. Sólo miró hacia el río mientras él la tomaba del brazo, quizá avergonzada por tener que fingir. Hay recuerdos fáciles y recuerdos difíciles. La memoria es así, una enemiga fiel, está cuajada de quemaduras que en el momento menos pensado vuelven a arder, lesiones no del todo cauterizadas, llagas con las que hay que aprender a vivir. Nada grave. Todos tenemos algo en lo que mejor no pensar.

A la izquierda, al final del arenal, los cerros de Andyera se recortan contra el cielo, grises y carcomidos como un montón de piedra pómez. Kerrigan todavía permanece un rato inmóvil, tratando de dejar atrás las meditaciones amargas y de concentrarse en sus siguientes pasos. Respira el fuerte olor de la marea y piensa que mañana soplará de nuevo el levante, trayendo marejada en el estrecho. Después se echa a andar deprisa, con las manos en los bolsillos, como si de pronto reparara en que es tarde para llegar a alguna parte. Más allá del paseo marítimo, en los barrios del malecón, una muchedumbre hormigueante toma la calle. Su trabajo comienza en vez de terminar con la puesta de sol. Los vendedores encienden las lámparas de carburo en sus carretones, las teteras hierven sobre trípodes en pequeñas hogueras improvisadas que llenan el aire de espejismos del humo, una mujer se inclina sobre un barreño de agua, su boca queda descubierta al beber de un cucharón. Al otro lado, las barcas de pesca forman una curiosa constelación de luces que arden como velas en la superficie del mar. Kerrigan va saltando de unas embarcaciones a otras, abriendo un camino que le conduce hasta un paquebote adentrado en la oscuridad. Después de salvar el desnivel para abordarlo, entra sigilosamente en la cámara donde se guardan las sacas del correo. La puerta está abierta y tal como esperaba no hay nadie en la cabina de guardia. Por muy inteligente que uno se crea, siempre es necesario tener un punto de partida, una dirección, algún indicio por leve que parezca, un cabo de cuerda de donde empezar a tirar. Lo único con lo que Kerrigan cuenta son las indicaciones de Ismail. En los tendones de su cuello, con repentina aceleración, palpita involuntariamente un nervio. Después de la entrevista con Masón en el consulado, lo que sacó en limpio es que Inglaterra no ve más peligro que la posibilidad de que la Unión Soviética gane una plaza en la otra esquina de Europa. Frente a eso, las actividades de italianos y alemanes y los contactos que el partido nazi pueda tener en Marruecos le parecen asuntos secundarios.

El corresponsal del London Times atraviesa la cubierta y baja a la sala de máquinas, lentamente, apoyándose en las paredes. Una vez allí, enciende un fósforo para orientarse entre las sombras. Mira a su alrededor tratando de encontrar algún rastro de lo que está buscando. Registra cuidadosamente el armazón de hierro, los engranajes metálicos, recorre al tacto las tuercas y los tornillos, examina las turbinas. En alguna parte tiene que estar, piensa. Aunque sabe que no hay nadie más en el barco, siente una aleteante sensación de peligro, que le hace sentirse extrañamente joven, como cuando empezó a trabajar en la sección de local del London Times y tenía que recorrer los barrios más turbios de Londres en busca de alguna crónica de sucesos. De pronto no advierte que el suelo desciende en un escalón y, al tropezar, su cabeza va a dar contra la viga de hierro que atraviesa el techo transversalmente. Un golpe seco que le hace contraer los músculos de la cara en un gesto de dolor. Entonces, al levantar la vista hacia arriba, lo ve. La pequeña maleta ha sido amarrada con cinta adhesiva a la parte superior de la viga. Dentro, tal como le había contado su ayudante, están los auriculares, el selector de voltaje, los enchufes y las pinzas para conectar a la batería, un aparato de morse y una pequeña máquina para cifrar mensajes. Kerrigan examina cada artilugio con atención: nunca había visto una emisora tan completa y tan hábilmente camuflada. Antes de cerrar de nuevo las correas y volver a colocarla en el mismo lugar, se fija en la inscripción de la tapa delantera: Klappe Schlieben. El nombre no le dice nada, salvo su procedencia alemana, algo que ya daba por supuesto. Una emisora de esas características daría a quien la tuviese la posibilidad de enviar mensajes sin peligro de ser detectados por los servicios telegráficos de ninguna cancillería. Kerrigan tiene la sensación de estar ante la punta de un arrecife cuya gran masa destructiva permanece en su mayor parte sumergida y oculta. En la cubierta del barco, el viento nocturno sopla fresco. El corresponsal del London Times mete la mano en el agua y se moja la frente dolorida, justo a la altura de la sien. La brecha no es muy profunda, pero le escuece. Antes de abandonar el barco, mira con curiosidad hacia las lentas aguas negras, donde, a menos de una milla de distancia, un carguero permanece anclado.

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