Susana Fortes - Fronteras de arena
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V
La mujer está asomada a la ventana, con los codos apoyados en el alféizar, mirando el cielo, las fisuras lácteas de las estrellas, esa dureza invitadora y temible del firmamento que le hace sentir una exaltación insólita, no por su belleza, sino por la certidumbre de haber alcanzado un grado más profundo de aislamiento. El relente le eriza el vello de los brazos. Una risa lejana llega desde la verja del jardín con un sonido extrañamente monocorde. Contempla las mesas y las sillas de mimbre entre las palmeras. La guirnalda de pequeñas luces sobre la pista de baile acaba de apagarse. Un farol brilla solitario en la puerta trasera del hotel. Ella está encerrada en sí misma, dentro de sus propios huesos, con plena conciencia de haber estropeado su vida para siempre. Su piel adelgazada denota una tensión recóndita en las finísimas venas que se transparentan azules a la altura de la sien.
La noche reproduce su cuerpo en el marco del cristal, los párpados enrojecidos, la cabeza inclinada, el pelo suelto sobre los hombros, el cigarrillo en los labios. Mira su imagen y no se reconoce; ya no sabe quién es ni qué le ha sucedido ni cómo. La frente ardiendo, el estómago acalambrado, una sombra de resignación curvándole apenas el vientre. Uno se siente así después del primer acto de amor o de la primera deshonra o del primer crimen. La oscuridad la va cercando como un animal quieto y mudo; percibe su presencia alrededor como hubiera deseado percibir quizá la muerte. Las mujeres dependen tanto de su orgullo…
Retrocede de espaldas en la penumbra del cuarto. Enciende la lámpara de la mesilla. En el círculo iluminado por el foco hay un sobre ya abierto con matasellos de España. Los dedos temblorosos de la mujer extraen la carta probablemente releída hasta la saciedad. Querida Elsa. Las palabras como zarpazos, una mentira que la va hundiendo. Por el momento, no puedo reunirme contigo. Sigue leyendo, con la mirada perdida, sin capacidad para dejarse engañar. Como sabes, la situación política anda revuelta y mi posición no facilita las cosas. Lo mejor es esperar. Creo que el dinero que te envío será suficiente por ahora…
Ella está tumbada en la cama, apenas rozada por la luz. La barbilla temblando, las lágrimas resbalando calladamente hacia el nacimiento del cabello. En el recuerdo, el barro rojo del corral con los álamos y la alberca seca. Imágenes descabaladas se atropellan en su memoria: lo ve a él, al hombre que había torcido el rumbo de su existencia, tal como lo vio aquella primera vez en el cortijo, muy alto, con la camisa abierta y pantalones de montar. Ella acababa de cumplir veintitrés años y todavía era una señorita de buena familia, sin experiencia, incapaz siquiera de soñar que varios meses después estaría acostada a su lado, sobre los montones de paja seca, jadeante y desconcertada porque nada había sucedido exactamente como ella esperaba. El recuerdo va cobrando en su mente una consistencia física, táctil: nota en la cara el aliento de él, la aspereza de la barba, la boca descendiendo hacia su cuello para besarla, aullándole palabras inauditas que la despojaban de sí misma y le hacían perder la conciencia del tiempo y del lugar donde estaba. Su respiración le rozaba la nuca, con ese tono impostado de súplica que adoptan los hombres aunque sepan ya que nada les va a ser negado y ella buscó apoyar la cabeza despeinada contra su hombro porque se sentía desfallecer y permaneció inmóvil mientras él le acariciaba el pecho, demorándose en la aureola oscura de los pezones y descendiendo después hacia la hendidura húmeda del pubis. La miraba con pupilas ansiosas y fijas, la tanteaba tratando de sujetarla y de abrirla pero ella se negaba retadora y eludía sus labios, manteniendo con dificultad las piernas juntas porque le daba miedo abandonarse a aquella violencia masculina que no admitía demora, pero todavía más temía al fuego desconocido que le estaba subiendo por las venas y que la hacía contraerse y respirar entrecortadamente con las aletas temblorosas de la nariz y los ojos entornados hasta que ya no pudo resistirse más, envenenada de pronto por el olor fosco, animal que emanaba de sus cuerpos y por aquella tentadora dureza que le rondaba el vientre, que la iba doblegando. Fue ella finalmente quien separó las rodillas y lo condujo con una sabiduría recién adquirida, entreabriendo su sexo con las manos para recibirlo, atreviéndose a crudas caricias y a palabras que nunca antes había pronunciado, rendida, ansiosa, implorante, sobrecogida por el súbito estremecimiento de que las piernas apenas podían sostenerla, como en el vértigo anterior a sufrir un desmayo. Rodaron por el suelo, los dos con el pelo sucio de paja, él volcado sobre ella, enceguecido, moviéndose a un ritmo cada vez más rápido, ciñéndola y apretándola, con una violencia emboscada que los mantenía trabados, anudados, confundidos, medio matándose. Como dos fieras.
El flujo del recuerdo le moja los muslos con un rastro de acuciante necesidad sexual. Mira de soslayo las paredes blancas de la habitación donde está ahora, los grabados con ilustraciones de las Mil y una noches que adornan los tabiques, la ventana abierta por la que entra la brisa de Tánger, ondeando suavemente las cortinas. Una fragancia sensual a mar y a tierra lejana se apodera de su olfato y le hace sentir en las venas la crecida del deseo. Es el aroma del salitre y el azafrán. Ella se revuelve inquieta sobre el cobertor de la cama, se acaricia instintivamente, apartando la enagua e imagina que es otra la mano que le presiona suavemente las ingles. Quiere pensar que dentro de unos días él llegará con el expreso correo como han acordado y ella le estará esperando en la dársena del puerto. Pero las palabras de la misiva se interponen en su mente obligándola a un distanciamiento absorto y ausente. Por el momento no puedo reunirme contigo… Lo mejor es esperar. Postergaciones, largas, aplazamientos sin fecha. Poco a poco, el pensamiento se le va diluyendo en la morosidad de las horas que no parecen discurrir, en el aire vacío de la habitación del hotel como se diluía durante los últimos meses en los atardeceres en que ella lo esperaba en el cortijo y veía pasar con alarma e impaciencia a los aceituneros que regresaban ya de los olivares con los mulos cargados de sacos, tratando aprensivamente de vencer el miedo ante la posibilidad de que él no apareciese. No es un sentimiento de verdadera pérdida o de ausencia el que la embarga, sino esa especie diferente de dolor que corrompe el alma por dentro. Más íntimo y despechado e irremediable.
Siempre fue lo mismo, la misma angustia, los álamos, la quinta con los postigos verdes, la necesidad de ir ella a la alberca y de esperar hasta verlo aparecer por el camino de la sierra. En aquella manera de otear el horizonte no había esperanza, ni reconocimiento, ni siquiera pesadumbre, sólo la urgencia involuntaria, un poco sórdida, de ir a juntarse con aquel hombre, Fernando Ruiz Santamarina. El tiempo se le amontona en una sucesión sin orden, los días, las semanas, las estaciones. Ya no sabe cuánto duró aquello, ni dónde empezó todo, ni qué va a ser de su vida. Las horas paralizadas como un espacio sin sentido donde nada se perpetúa y donde nada queda tampoco por cumplirse. Hubo noches hermosas al principio en cuya quietud perduraba el eco de las sirenas lejanas de los barcos que bajaban por el Guadalquivir, hubo desafíos y arrebatos, promesas de enamorados, peleas, planes audaces… Pero siempre sabiendo él que le bastaba un gesto, una palabra, para tenerla entregada, con la cara deshecha de deseo y de vergüenza. Una vez le regaló ese anillo, que ella ahora se saca del dedo y deposita sobre la mesilla con despecho, un rubí hexagonal engarzado sobre pétalos de oro, una joya fría bajo el redondel de luz. Si fuera posible amar sin herir…, pero la herida está en el mismo acto de posesión. ¿Cómo poseer sin orgullo o ser poseídos sin humillación? Al despegarse, el cuerpo del hombre le dejaba helado el pecho. En una ocasión, cuando él se puso en pie, alisándose el pelo y abrochándose el pantalón con el ademán resuelto de quien realiza un acto mil veces repetido, tuvo ganas de matarlo. Otras veces pensaba en dejarlo y regresar con su familia. Saboreaba el abandono con la candidez de quien desconoce hasta qué punto es incapaz de llevar a cabo su resolución.
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