aa - La historia comenzó así

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luz y después se inclinó hacia la cara del comandante, siseando:

—¿Qué es esto de andar haciendo burocracia aquí? ¿No ve el color?

La racionalización se llevó a cabo bajo sus mismos ojos, y aquí está el

camarada que representa a la ciencia, sentado frente a usted, esperando,

esperando que se cumpla con la nota de pedido. Ya pasó la hora de cenar,

afuera está oscuro, y usted no hace más que jugar con los números.

Sentí que me invadía la depresión y tuve el presentimiento de que mi

futuro estaba por convertirse en una temible pesadilla, irreparable y

completamente irracional. Pero no comprendía lo que estaba ocurriendo; no

podía hacer otra cosa que repetir lo mismo, que mi caja no era sólo una

caja negra, o mejor dicho, que no era una caja en absoluto. Quería aclarar

las cosas. El comandante murmuraba también algo muy convincente, pero

Khlebovvodov lo amenazó con el puño y volvió a su asiento.

—Lavr Fedotovich, la caja es negra —anunció triunfante—. No puede

haber fallas, yo mismo la vi. Y hay una nota de pedido referida a ella, y el

representante está aquí mismo.

—¡No es la misma caja! —gritamos al unísono el comandante y yo.

Pero Lavr Fedotovich nos examinó minuciosamente con sus

prismáticos; pareció encontrarnos poco satisfactorios, pues decidió atenerse

a la voluntad del pueblo y sugirió que se procediera a una inmediata

utilización. No hubo discusión; todos los responsables asentían.

—¡La nota de pedido! —exigió Lavr Fedotovich. Mi nota de pedido fue

a parar al tapete verde.

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—¡La resolución! La resolución cayó sobre la nota de pedido.

—¡El Sello!

La puerta de la caja fuerte se abrió con gran crujido, inundando el

ambiente con un fuerte olor a oficina cerrada, y el sobre del Gran Sello

Redondo centelleó frente a Lavr Fedotovich. Entonces comprendí lo que

estaba por ocurrir. Algo murió dentro de mí.

.¡No! —rogué— ¡Socorro!

Lavr Fedotovich tomó el Sello con ambas manos y lo levantó sobre la

nota de pedido. Reuní fuerzas y me adelanté de un salto.

—¡Ésa no es la caja que corresponde! —aullé con toda mi voz—. ¿Qué

significa esto? ¡Edi!

—Un momento —dijo Edi—. Por favor, esperen y escúchenme.

Lavr Fedotovich detuvo su inexorable movimiento.

—¿Un extranjero? —preguntó.

—Nada de eso —dijo el comandante, jadeando—. Un representante.

De abajo.

—Entonces no hay por qué hacerlo retirar.

—Lavr Fedotovich trató de reiniciar el proceso de aplicar el Gran Sello

Redondo, pero había un problema. Algo impedía el descenso del sello. Al

principio Lavr Fedotovich se limitó a presionar sobre él; después se levantó

y se apoyó en el sello con todo su peso, pero el Sello no bajaba ; había un

espacio entre él y la hoja, y la distancia no parecía depender de los

esfuerzos del camarada Vuniukov. Era como si el espacio estuviera lleno de

una materia invisible, pero muy firme, que evitaba su aplicación. Lavr

Fedotovich, comprendiendo aparentemente la futilidad de sus esfuerzos, se

sentó sosteniéndose los codos con las manos y miró el Sello con severidad,

pero sin sorpresa. El sello quedó suspendido a dos o tres centímetros de mi

pedido.

La ejecución había sido aplazada; comencé a percibir nuevamente lo

que me rodeaba. Edi decía algo, bella, fervorosamente, con respecto a la

razón, a la reforma económica, la bondad, el papel de la intelectualidad y la

sabiduría gubernamental de los presentes. Mi querido, mi buen amigo

estaba luchando contra el Sello, salvándome (a mí, tonto de mí) del

desastre que había buscado. Los presentes lo escuchaban cortésmente,

pero a disgusto; Khlebovvodov se agitaba en el asiento y miraba su reloj.

Había que hacer algo. Yo tenía que hacer algo enseguida.

—Y en séptimo lugar, para terminar —decía Edi, razonablemente— ,

cualquier especialista, especialmente una organización tan autorizada como

ésta, no puede dejar de ver, camaradas, que la supuesta Caja Negra no es

más que un término utilizado en teoría de la información, sin nada que ver

con un color o una forma determinados, con un objeto real. No hay, por

cierto, forma de aplicar el término "Caja Negra" a esta máquina Remington

provista de los más simples artefactos electrónicos, que pueden conseguirse

en cualquier negocio especializado; me parece extraño que el profesor

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Vybegallo cargue a una organización autorizada con un invento que no es

tal, y con una decisión que debilitará la autoridad de la organización.

—Protesto —dijo Farfurkis—. En primer lugar, el camarada

representante de abajo violó todas las reglas de orden de ésta reunión,

tomó la palabra, que nadie le había concedido y se pasó del tiempo

previsto. Eso para empezar.

Noté horrorizado que el sello había descendido unos milímetros.

—Además —prosiguió Farfurkis—, no podemos permitir que el

camarada representante difame a nuestras mejores personalidades,

ennegrezca la figura de nuestro honorable profesor y asesor científico

oficial, el profesor Vybegallo, y blanquee la Caja Negra, ya declarada como

tal por la Troika. Eso en segundo lugar.

El sello descendió otra fracción de centímetro.

Finalmente, camarada representante, usted debería comprender que

la Troika no se interesa en invenciones. El objeto de su trabajo es el

fenómeno inexplicado, y eso es, precisamente, la caja negra ya examinada

y racionalizada; es decir, la máquina heurística.

Si todos los representantes tomaran la palabra, tendríamos que

estarnos aquí hasta la noche —agregó Khlebovvodov, resentido.

El sello descendió un poco más; el espacio no era ya más que de un

milímetro.

—¡No es la misma caja negra! —dije, y perdí una fracción de

milímetro—. ¡No necesito esta caja ( Otra fracción de milímetro .) ¿Para qué

diablos quiero esa Remington vieja y arruinada? ¡Voy a presentar una

queja!.

—Está en su derecho —concedió Farfurkis generosamente, y ganó

otra fracción de milímetro.

Edi... —supliqué.

Edi volvió a hablar. Invocó los espíritus de Lomonosov y Einstein, citó

editoriales publicados en los periódicos de centro, entonó alabanzas a la

ciencia y a nuestros sabios organizadores, pero no sirvió de nada. Lavr

Fedotovich, finalmente aburrido por ese impedimento, interrumpió su tirada

con sólo dos palabras:

—Poco convincente.

Hubo un golpe seco y pesado. El Gran Sello Redondo había perforado

mi nota de pedido.

CASOS DIVERSOS

Fuimos los últimos en abandonar la sala de reuniones. Yo estaba

destrozado; Edi también deprimido, pero dominándose, me llevaba del

brazo. El viejo Edelweiss giraba a nuestro alrededor, arrastrado por el peso

de su artefacto. Me susurraba palabras de eterno amor, prometiendo

lavarme los pies y beberse el agua; mientras tanto exigía viáticos y una

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asignación diaria. Edi le dio tres rublos y le pidió que pasara dos días

después. Edelweiss logró sacarle otros cincuenta rublos por condiciones de

trabajo inseguras y desapareció. Entonces me sentí mejor.

—No desesperes —dijo Edi—. No todo está perdido. Tengo un plan.

—¿Qué?, —pregunté débilmente.

—¿Prestaste atención al discurso de Lavr Fedotovich?

—Si. ¿Por qué?

—Yo estaba atento para ver si tiene inteligencia o no.

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