aa - La historia comenzó así

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debido a la envidia que les despiertan los insectos, y el otro es viajar al sol,

lo cual se basa en la ignorancia de la distancia que nos separa del sol. Pero

no se puede esperar que otras especies diferentes, para no mencionar

géneros y variedades, tengan la misma Gran Idea. Sería absurdo imaginar

que las moscas soñaran de generación en generación con volar libremente,

que los pulpos soñaran con las profundidades oceánicas o que nosotras, las

chinches ( Cimex lectularius ) soñáramos con el sol, al que no toleramos.

Cada uno sueña con la meta inalcanzable que promete placer. El sueño

hereditario del pulpo es, como todo el mundo sabe, viajar libremente por la

tierra firme. Y los pulpos pasan mucho tiempo pensando en eso, allá en su

salobre hogar. El sueño hereditario y malévolo de los virus es lograr el

dominio absoluto del mundo; si bien sus métodos son deplorables, debemos

concederles el mérito de la perseverancia, la inventiva y la capacidad de

autosacrificarse para alcanzar una meta más alta.

"—¿Y qué te parece el inspirado sueño de las arañas? Hace muchos

millones de años salieron precipitadamente del mar, y desde entonces

luchan por volver al elemento natal. ¡Si oyeras las canciones y baladas que

componen sobre el mar! Te sangraría el corazón de pasión y lástima. En

comparación, el mito heroico de Ícaro y Dédalo es un chiste. ¿Y qué me

dices? Han hecho algunos progresos y de modos bastante hábiles, pues

debo admitir que los artrópodos, en general, son dados a las soluciones

ingeniosas. Están consiguiendo lo que buscaban mediante la creación de

nuevas especies. Primero crearon las arañas de agua, después las

buceadoras, y ahora están dedicadas a una araña que respire agua.

"Conste que no hablo de nosotras las chinches. Alcanzamos nuestro

sueño hace mucho tiempo..., precisamente cuando aparecieron estos

pellejos con mezcla alimenticia en las venas. ¿Me entiendes, Fedia? Cada

especie tiene su propio sueño. No te vanaglories por los logros de tus

vecinos planetarios; corres el riesgo de parecer estúpido. Aquellos que no

comparten tus sueños te creerán tonto y quienes han realizado los suyos te

tomarán por un patético fanfarrón.

—No puedo contestarte, Gabi —dijo Fedia—, pero debo admitir que

no me gusta escucharte. En primer lugar, no me gusta que se emplee una

casuística diestra para negar hechos evidentes por sí; además, también yo

soy humano.

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—Eres un abominable hombre de las nieves. Eres el eslabón perdido,

eso es todo. Ya que quieres saberlo, ni siquiera eres comestible. Pero ¿qué

pasa que no encuentro oposición por parte del Homo Sapiens ? ¿Cómo es

que no se adelantan para defender su especie, su género, su variedad? Te

lo diré: es porque no tienen argumentos.

El atento Edi dejó pasar tal desafío. Yo sí tenía un argumento: ese

charlatán me irritaba más allá de lo soportable, pero me dominé porque

Fedor Simeonovich me estaba observando en su cristal mágico, que le

permitía verlo todo.

—No, no, permíteme —dijo Fedia—. Si, soy un hombre de las nieves.

Sí, todos nos insultan, hasta los humanos, que son nuestros parientes más

próximos, nuestra esperanza, el símbolo de nuestra fe en el futuro. No, no,

Edi, deja que diga mi parte. Somos blanco de insultos para los ignorantes y

las clases más bajas de la sociedad humana, que nos aplican ese nombre

detestable: Yeti; el cual, como tú sabes, suena como el Yahoo swiftiano, y

por el término golub yavan , que significa mono enorme o abominable

hombre de las nieves. Somos también blanco de insultos para los

representantes más progresistas de la humanidad, que nos denominan

eslabones perdidos, monos humanoides y con otras palabras de apariencia

científica, pero despectivos siempre. Tal vez merecemos cierto desdén.

Somos lentos de entendederas, no tenemos ambiciones, nuestro anhelo por

mejorar es muy débil y nuestra razón está aún semidormida. Pero creo, si

que hay una razón humana, que encuentra su mayor placer en transformar

la naturaleza: primero el medio; después, a sí misma.

Fedia miró severamente a la chinche antes de proseguir:

—Tú, Gabi, eres sólo un parásito. Perdóname, pero estoy empleando

esa palabra en el sentido científico. No quiero lastimarte, pero eres un

parásito y no comprendes el placer enorme que involucra transformar la

naturaleza.. ¡Y qué futuro tiene ese placer! Después de todo la naturaleza

es infinita y puede sufrir infinitas transformaciones. Por eso se llama al

hombre el amo de la naturaleza. Porque no sólo la estudia, no sólo

encuentra un placer elevado, pero pasivo, en comulgar con ella, sino que

además la transforma, la esculpe según sus deseos.

Gabi contraatacó inmediatamente:

—¡Sí! Y mientras tanto, el hombre toma a un tal Fedia por los

velludos hombros y lo pone sobre un escenario, y le pide que demuestre el

proceso de la humanización del simio ante una multitud de idiotas

comedores de semillas.

Y la chinche gritó:

—¡Atención, acérquense! Esta noche el club presenta una conferencia

sobre Darwinismo contra Religión, a cargo del candidato de Ciencias

Vyalobuev—Frankestein, con una demostración en vivo de la humanización

de un simio. Acto Primero: Simio. Fedia se sienta bajo la mesa de

conferencias, se rasca los brazos y mira nostálgicamente en torno a la

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habitación. Acto Segundo: Simio—hombre: Fedia, con un mango de escoba

se pasea por el escenario buscando algo contra lo cual golpear. Acto

Tercero: Hombre—simio. Fedia, bajo la mirada vigilante de un hombre,

enciende una pequeña fogata sobre una parrilla de metal y finge

simultáneamente terror y alegría. Acto Cuarto: El Hombre crea Trabajo.

Fedia, utilizando un martillo roto, representa una herrería prehistórica. Acto

Quinto: La Apoteosis. Fedia se sienta al piano y toca la Marcha Turca. La

conferencia comienza a las seis de la tarde; después de la charla veremos

una nueva película extranjera: " En las últimas costas ". ¡Y finalmente habrá

baile!

Fedia, extremadamente complacido, sonrió con timidez.

—Bueno, por supuesto, Gabi —dijo conmovido—. Ya sé que en el

fondo estamos de acuerdo. Por supuesto, así es como la razón crea sus

milagros benéficos: lenta y tranquilamente, prometiendo futuros

Arquímedes, Newtons y Einsteins. Pero no tienes que exagerar mi papel en

este proceso cultural. Ya comprendo, lo haces por pura gentileza.

La chinche nos miró atónita; yo reí maliciosamente entre dientes.

Fedia estaba preocupado.

—¿Dije algo malo?

—Nada de eso —repliqué—. La pusiste tan bien en su lugar que

llevará días enteros recobrarse. Mira, hasta está comiendo los tomates

rellenos.

—Si, Gabi —dijo Edi—, te escucho con gran interés. No tengo

intenciones de discutir contigo, por supuesto, pues confío en que tengamos

por delante muchas discusiones sobre temas más importantes. Pero me

gustaría decir que, por desgracia, veo en tu manera de pensar mucho de

humano y muy poco de la psicología única y original de Cimex Lectularius .

—De acuerdo, de acuerdo —chilló la chinche, exasperada—. Todo

está bien. ¿Pero habrá siquiera un representante del Homo Sapiens que se

digne darme una respuesta efectiva a la pregunta que me he permitido

hacer aquí? ¿O el Homo Sapiens no tiene, repito, no tiene nada que decir?

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