aa - La historia comenzó así
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¿Acaso el ser racional tiene tanto que ver con la razón como una serpiente
de cascabel con un cencerro? ¿O es que no tiene argumentos accesibles a la
comprensión de una criatura dotada sólo de instintos primitivos?
Fue entonces cuando perdí la paciencia. Tenía un argumento muy
accesible a su comprensión, y lo empleé con placer. Mostré a Gabi mi dedo
índice y después hice el ademán de quien seca una gota sobre la superficie
de la mesa.
—Muy inteligente —dijo la chinche, palideciendo—. Eso es realmente
alta argumentación.
Fedia nos pidió tímidamente que le explicáramos aquella pantomima,
pero Gabi anunció que todo eso era una tontería.
—Estoy cansada de este lugar —dijo, en voz exageradamente alta,
mientras miraba a su alrededor con expresión altiva—. Salgamos de aquí.
33
Pagué y salimos a la calle; allí nos detuvimos, tratando de decidir
adónde iríamos. Edi sugirió que buscáramos un hotel para reservar un
cuarto, pero Fedia dijo que en Tmuskorpion no era problema encontrar
alojamiento. Los únicos residentes del hotel eran los miembros de la Troika;
el resto de los cuartos estaba vacío. Como el aspecto sumiso de la chinche
me despertaba remordimientos de conciencia, sugerí que camináramos a la
luz de la luna por la rivera del río Skorpionka. Fedia me apoyó, pero Gabi no
estaba de acuerdo. Estaba cansada, aburrida por aquella conversación
interminable y, además tenía hambre; prefería ir al cine. Nos dio pena; mi
gesto, poco diplomático, la había perturbado tanto que decidimos ir al cine
con ella.
De pronto apareció el viejo Edelweiss, lanzándose desde una
cervecería. Traía una jarra de cerveza en una mano y su artefacto en la
otra. Con la lengua torpe por el alcohol , juró fidelidad a la ciencia y a mi
persona en especial; después solicitó una asignación diaria, pago extra por
trabajo a gran altura y gastos de equipo. Le di un rublo y volvió
directamente al bar.
En el trayecto hacia el cine, la chinche no lograba tranquilizarse. Se
daba aires, picaba a los transeúntes, salpicaba aforismos y bon mots ; sin
embargo nos dábamos cuenta de que aún no las tenía todas consigo. Para
apaciguarla, Edi le habló de las grandes contribuciones a la Teoría de la
Felicidad Lineal que ella esperaba, aludiendo en forma bastante
comprensible a la fama mundial y a los inevitables viajes al exterior,
incluyendo algunos países exóticos. Gabi se animó, obviamente restaurado
su equilibrio emotivo. En cuanto se apagaron las luces de la sala salió
arrastrándose en busca de víctimas.
Edi y yo no disfrutamos en absoluto del cine. Él temía que alguien
aplastara a Gabi y yo esperaba un escándalo. Hacía calor y la película era
malísima. Cuando terminó soltamos un suspiro de alivio.
Brillaba la luna y desde el Skorpionka nos llegaba una brisa fresca.
Fedia, azorado, nos dijo que tenía un horario que cumplir; ya era hora de
acostarse. Decidimos acompañarlo hasta la Colonia a lo largo del río. Bajo
aquellos escarpados terraplenes, el antiguo Skorpionka llevaba ponzoñosos
residuos en sus corrientes cristalinas. En la otra costa se extendían grandes
prados bajo la luz de la luna. Coronas desparejas de bosques lejanos
moteaban el horizonte. Un pequeño plato volador volaba en círculos en
torno a algunas torres decrépitas y humedecidas, indicadas con luces de
advertencia.
El paseo resultó maravilloso. Fedia nos explicó el universo, e
incidentalmente descubrimos que podía ver los anillos de Saturno y la
mancha roja de Júpiter a simple vista. La chinche, envidiosa, trató de
probar que todo eso era una tontería y que el universo, en realidad, tenía la
forma de un colchón a resortes.
34
Kuzma, un pterodáctilo común, muy tímido, planeaba en torno a
nosotros. Debido a la oscuridad, no llegamos a verlo bien. En cambio
pudimos oír que se lanzaba hacia delante de nosotros, moviendo los
arbustos vecinos con un débil "cuac", de a ratos levantaba vuelo u ocultaba
la luna con sus alas extendidas. Lo llamamos, prometiéndole dulces y
amistad, pero no se acercó en ningún momento.
En la colonia nos encontramos también con Konstantin, el visitante
del espacio exterior. Konstantin era muy desdichado. Había tenido que
hacer un aterrizaje forzoso con su plato volador, hacía ya un año. El palto
estaba totalizado y Konstantin no podía quitar el campo protector de
fuerzas que creaba automáticamente al aterrizar. Ese campo no permitía la
entrada a nada extraño, Konstantin podía transportar sin problemas sus
ropas y las partes de la máquina a través de la membrana de color lavanda.
Pero la familia de ratones campesinos que por casualidad estaban en el
terreno al descender él se veían forzados a permanecer allí; Konstantin no
tenía más remedio que alimentarlos con sus propias reservas, que se
agotaban rápidamente, puesto que no podía llevar alimentos terrestres
dentro del campo protector, ni siquiera en el propio estómago. También
había dentro del escudo un par de zapatillas olvidadas por alguien en un
sendero del parque; eran los únicos productos terrestres que servían de
algo a Konstantin. Aparte de las zapatillas y los ratones, el campo había
atrapado también dos arbustos de laurel, parte de un feo banco de plaza,
tallado con toda clase de leyendas, y un cuarto de acre de suelo húmedo
que jamás se secaba.
Las cosas andaban mal para Konstantin. No podía reparar su nave,
pues los negocios locales no tenían, naturalmente, los repuestos
correspondientes ni las herramientas especiales que necesitaba. Podría
haber conseguido algunas cosas en los centros científicos del mundo, pero
para eso era menester trabajar por intermedio de la Troika. Konstantin
llevaba muchos meses de impaciente espera, aguardando a que se le
permitiera verla. Tenía algunas esperanzas de recibir ayuda por parte de los
terráqueos, pensando que al menos podrían retirar ese maldito campo
protector y llevar a algunos científicos célebres a bordo. Pero en general era
bastante pesimista; estaba preparado a aceptar que la tecnología terráquea
no le sería de ninguna utilidad al menos por doscientos años.
El plato volador de Konstantin, luminoso como un enorme farol a gas,
estaba estacionado a poca distancia de la ruta. Los pies del tripulante
asomaban por debajo de la nave, envueltos en enormes zapatillas. La
familia de ratones los miraba fijamente, pidiendo la cena con insistencia.
Fedia llamó con los nudillos contra el campo protector y Konstantin, al
vernos, salió de abajo del plato. Apartó a los ratones con un chillido y vino a
saludarnos. Naturalmente, las famosas zapatillas se quedaron dentro, cosa
que los ratones aprovecharon para convertirlas en hogar provisorio.
35
Nos presentamos, le expresamos nuestra simpatía y le preguntamos
cómo andaban las cosas. Konstantin anunció calurosamente que, al parecer
estaban marchando, y nos hizo una lista de veinticuatro artículos
indispensables de los que nunca habíamos oído hablar. Resultó ser una
persona muy sociable y amistosa. O tal vez se debía a que, en tanta
soledad, anhelaba compañía. Le hicimos preguntas a las que respondió sin
reservas. Pero no parecía estar nada bien; por lo tanto, le dijimos que no le
haría bien trabajar tanto y que era hora de dormir.
Diez minutos más tarde habíamos logrado explicarle qué era dormir;
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