aa - La historia comenzó así
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seis hermanos de siete sexos.
El efecto de mi afirmación excedió todas las expectativas. Lavr
Fedotovich, de puro confundido, se llevó los prismáticos a los labios.
Khlevovvodov no dejaba de lamerse los labios y Farfurkis hojeaba
ávidamente sus notas.
41
Como no se podía contar con Vybegallo, me preparé para una gran
batalla: profundicé las trincheras, miné los terrenos por donde podían
acercarse los tanques y protegí las posiciones aisladas; los depósitos
rebosaban de municiones, los artilleros estaban pegados a sus armas y la
infantería había recibido un trago de vodka por cabeza. El silencio se
prolongaba, se reunían las nubes de tormenta, el aire estaba cargado de
electricidad; yo tenía la mano sobre el teléfono, listo para ordenar un
ataque atómico. Pero todos los gritos, el ruido y los alaridos que esperaban
se redujeron a un gemido. Khlevovvodov se abrió en una súbita sonrisa;
tras dirigir a derecha e izquierda los ojos oleosos se inclinó para depositar
un susurro en el oído de Lavr Fedotovich. Éste bajó sus famosos
prismáticos, se cubrió la cara con una mano y ordenó con voz vacilante:
—Prosiga con su informe, camarada Zubo.
El comandante apartó prontamente la lista de parientes e informó:
—Punto doce: Lugar de residencia permanente: la galaxia estrella
Antares, planeta Konstantina, estado de Konstantia, ciudad de
Konstantinov, número de llamada 457 punto 14—9. Eso es todo.
—Protesto —gritó Farfurkis.
Lavr Fedotovich lo miró con amabilidad. El castigo de silencio había
terminado. Farfurkis, con los ojos brillantes por lágrimas de alegría, dijo:
—¡Protesto! Había una obvia discrepancia en el dato de la edad. El
formulario da como fecha de nacimiento el año 213 antes de Cristo. Si eso
fuera así, el Caso 72 tendría más de dos mil años de edad, lo cual excede el
máximo conocido de dos mil años. Exijo que se corrija la fecha y que se
castigue al culpable.
Khlevovvodov dijo, celoso:
—Tal vez provenga de alguno de esos lugares del Cáucaso donde la
gente vive mucho tiempo. ¿Quién sabe?
—Pero permítame —barbotó Farfurkis—, ni siquiera en el Cáucaso...
—¡No le permitiré! —dijo Khlevovvodov—. ¡No le permitiré que
menoscabe los logros de nuestros gloriosos caucasianos! ¡Para que usted
sepa, allí no hay límite máximo de edad!
Y miró triunfante a Lavr Fedotovich.
—El pueblo —dijo Lavr Fedotovich—, el pueblo es eterno. Los
visitantes del espacio vienen y se van, pero nuestro pueblo, nuestro glorioso
pueblo, vivirá por los siglos de los siglos.
Farfurkis y Khlevovvodov se detuvieron a pensar, tratando de
adivinar a favor de quién había hablado el presidente. Ninguno de los dos
quiso arriesgarse. Uno de ellos estaba en la cima y no quería precipitarse
desde allí por culpa de un visitante cualquiera. El otro, aunque muy hacia el
abismo, pendía sobre un precipicio, pero acababa de recibir un cable
salvador. Entonces Lavr Fedotovich habló:
42
—¿Es todo, camarada Zubo? ¿Alguna pregunta? ¿No hay preguntas?
Bien, se mociona que se haga pasar el caso conocido como Konstantin
Konstantinov. ¿Alguna otra moción? Que pase el caso.
El comandante se mordió los labios, sacó de su bolsillo una bolita de
madreperla y la apretó, cerrando los ojos. Hubo un sonido similar al de un
corcho que salta y Konstantin apareció junto a la mesa de demostraciones.
Seguramente lo habían convocado mientras trabajaba, pues llevaba un
mameluco manchado de grasa fluorescente; tenía las manos delanteras
cubiertas por guantes metálicos y se estaba secando las traseras en los
pantalones. Sus cuatro ojos estaban aún sumidos en las reparaciones. El
cuarto se llenó de un fuerte olor a productos químicos.
—Hola —dijo Konstantin, alegre al descubrir dónde estaba—. Al fin
me han citado. Mi problema es sencillo, por supuesto; siento tener que
molestarlos por tan poca cosa, pero estoy en un callejón sin salida, y mi
única posibilidad es pedirles ayuda. No distraeré por mucho tiempo la
atención de ustedes. Les diré lo que necesito.
Y comenzó a indicar los puntos con los dedos de la mano.
—Una sierra a láser, pero de las más poderosas. Un soldador de
acetileno; sé que tienen de esos. Dos incubadoras con capacidad para mil
huevos cada una. Eso me bastará para empezar, pero también sería bueno
contar con un ingeniero calificado y obtener permiso para trabajar en los
laboratorios de FILIL.
—¿Qué clase de extraterrestre es éste? —preguntó Khlevovvodov en
el colmo del asombro y la indignación—. ¿Qué clase de extraterrestre es,
preguntó, si lo veo cenando en el hotel todas las noches? A ver, ciudadano,
¿quién es usted en realidad y cómo llegó hasta aquí?
—Soy Konstantin, del sistema Antares —respondió Konstantin,
perplejo—. Creí que ya lo sabían. Llené unos formularios y me
entrevistaron.
Vio entonces a Vybegallo y le sonrió, agregando:
—Fue usted el que me entrevistó, ¿verdad?
Khlevovvodov también se volvió hacia Vybegallo, preguntando
agriamente:
—Así que en su opinión este es un visitante del espacio exterior.
—Lo es —respondió Vybegallo con dignidad—. La ciencia
contemporánea no niega la posibilidad de que haya visitantes del espacio
exterior, camarada Khlevovvodov; no lo olvide. Es la opinión oficial; no la
mía solamente, sino la de trabajadores científicos mucho más responsables.
Giordano Bruno, por ejemplo, ha presentado declaraciones completamente
oficiales sobre este tema, y lo mismo ha hecho el académico Levon
Alfredovich Volosianis... y ... c'est ... escritores, como Wells, por ejemplo, o
Chugunets, digamos.
—Aquí están pasando cosas raras —observó Khlevovvodov, suspirando—.
Los extraterrestres parecen muy extraños últimamente.
43
—Estoy revisando la fotografía incluida en el archivo —gorjeó
Farfurkis—, y veo que, aunque hay un parecido en general, el camarada de
la foto tiene dos brazos, y este ciudadano desconocido, en cambio, tiene
cuatro. ¿Cómo se explica esto desde el punto de vista de la ciencia?
Vybegallo se embarcó en una larguísima cita en francés, cuyo tema
central parecía ser cierto tipo llamado Arturo a quien le gustaba salir al mar
por la mañana después de tomar una taza de chocolate. Lo interrumpí.
—Konstantin, por favor, mire al camarada Farfurkis.
Konstantin obedeció.
—Ah, ya veo —dijo Farfurkis—. El asunto está aclarado. Debo decirle,
Lavr Fedotovich, que el parecido entre este camarada y la fotografía es
indiscutible. Veo cuatro ojos aquí y cuatro allá. No hay nariz. Si. Boca
torcida. Todo está en orden.
—Bueno, no sé —dijo Khlevovvodov—. La prensa ha establecido
claramente que si hubiera visitantes del espacio exterior se anunciarían, sin
lugar a dudas. Y puesto que no lo hacen, no existen y son sólo una mentira
perpetrada por los pícaros.
Y agregó, dirigiéndose a Konstantin.
—¿Es usted visitante del espacio exterior?
—Si —respondió Konstantin, retrocediendo.
—¿Se ha anunciado?
—No —dijo Konstantin—; no pensaba aterrizar. Pero eso no viene al
caso.
—No, no querido ciudadano, no me venga con esas. Viene muy mal al
caso. Si usted se hubiera anunciado le daríamos la bienvenida a bordo,
compartiríamos con usted nuestro pan, nuestro vino y nuestra alegría. Pero
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