aa - La historia comenzó así
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como no lo ha hecho no es culpa nuestra. Su antifibraco es muy bueno,
pero aquí tenemos que vivir también. Tenemos que trabajar y no podemos
desviarnos de nuestro propósito. Ésa es mi opinión, en general.
—Ejem —dijo Lavr Fedotovich— ¿Alguna otra opinión?
—Si me permiten —dijo Farfurkis—. El camarada Khlevovvodov nos
ha pintado una imagen correcta de la situación en general. Sin embargo no
me parece que, a pesar de nuestra sobrecarga de trabajo, no deberíamos
despedir sin más a este camarada. Tengo la impresión de que deberíamos
tratar este caso desde un punto de vista más individualizado. Propongo un
examen más detallado del problema. Nadie debe acusarnos de excesiva
prisa, burocracia y falta de sensibilidad, por una parte, ni de negligencia,
exuberancia o falta de cautela por la otra. Con el permiso de Lavr
Fedotovich, me gustaría recomendar una entrevista complementaria con el
ciudadano Konstantinov, con el propósito de determinar su identidad.
—¿Qué razones hay para que reemplacemos a la policía? —dijo
Khlevovvodov, sintiendo que su derrotado enemigo volvía a escalar,
inexorablemente, los puestos altos.
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—¡Les ruego que me perdonen! —exclamó Farfurkis—. No hablo de
reemplazar a la policía, sino de cumplir con el espíritu y la letra de los
reglamentos, que en el Parágrafo 9, Capítulo 1, Parte 6, dicen sobre este
aspecto:
Elevó la voz hasta convertirla en un repique solemne y citó:
—"En los casos en que la identificación llevada a cabo por el asesor
científico, con el representante de la administración, que conoce bien las
condiciones locales, origine dudas entre los miembros de la Troika, se
requerirá una investigación complementaria del caso, con el propósito de
determinar la identificación, efectuada, ya sea por un plenipotenciario de la
Troika o por esta misma en una de sus sesiones". Eso es lo que estoy
sugiriendo.
—Los reglamentos, los reglamentos —dijo Khlevovvodov, en tono
nasal—. Nos atendremos a la ley y perderemos el tiempo por este
mamarracho de cuatro ojos. ¡Nos está robando el tiempo, el tiempo del
pueblo!
Pronunció a gritos las últimas frases, lanzando una mirada de mártir
en dirección a Lavr Fedotovich.
—¿Por qué me trata de mamarracho? —preguntó Konstantin—. Me
insulta, ciudadano Khlevovvodov. Y ya veo que a usted le importa un bledo
si soy visitante o no; lo único que desea es moverle el piso al ciudadano
Farfurkis para enaltecerse a los ojos del ciudadano Vuniukov.
—¡Calumniador! —chilló Khlevovvodov, enrojeciendo violentamente
—. ¡Me está calumniando! ¿Qué significa esto, camaradas? Llevo veinticinco
años yendo donde me mandan. Ni una reprimenda. Siempre con ascensos.
—Está mintiendo otra vez —dijo Konstantin, tranquilamente—. Lo
echaron dos veces sin ascenso alguno.
—¡Esto es difamación! ¡Lavr Fedotovich! ¡Camaradas! ¡Está echando
sobre sí una grave responsabilidad, ciudadano Konstantin! Ya veremos qué
hicieron sus cien padres, qué clase de padres fueron. Se ha adueñado de un
instituto entero de parientes.
—Ejem —murmuró Lavr Fedotovich—. Hay una moción para poner
término al debate y concluir la sesión. ¿Alguna otra moción?.
Hubo silencio. Farfurkis ocultaba apenas su regocijo. Khlevovvodov se
secaba con el pañuelo. Konstantin miraba profundamente a Lavr
Fedotovich, tratando vanamente de leer sus pensamientos, o al menos
captar brevemente su alma, pero era obvio que malgastaba el esfuerzo. Su
cara de cuatro ojos, desprovista de nariz, expresaba la creciente desilusión
de un arqueólogo profesional que retira una antigua piedra, hunde los
brazos en el antiguo cofre del tesoro y no encuentra allí más que polvo
insustancial, telarañas pegajosas y algunos cuajos de origen indeterminado.
—Puesto que no hay otras mociones —anunció Lavr Fedotovich—
procederemos a la investigación del caso. Toma la palabra...
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Hizo una larga pausa, durante la cual Khlevovvodov llegó al borde del
desmayo.
—...el camarada Farfurkis.
Khlevovvodov, al bode del abismo, siguió con ojos enloquecidos los
ceñidos círculos del cuervo que volaba por los cielos oficiales, ya fuera de su
alcance. Farfurkis no tenía prisa por comenzar. Describió algunos círculos
más, salpicando a Khlevovvodov con sus deposiciones, y finalmente se posó
en la cumbre, se acicaló las plumas y echó una mirada coqueta a Lavr
Fedotovich.
—Usted sostiene, ciudadano Konstantinov —comenzó— que es un
visitante de otro planeta. ¿Qué documentos puede presentar par apoyar esa
afirmación?
—Podría mostrarles mi libro de bitácora —dijo Konstantin—. Pero en
primer lugar no se puede sacar de la nave, y en segundo lugar no me
gustaría perder el tiempo, suyo y mío, presentando pruebas. He venido aquí
para pedir ayuda. Cualquier planeta suscripto a la convención cósmica está
obligado a prestar ayuda a las víctimas de accidentes. Ya les he dicho lo que
necesito y estoy esperando su respuesta. Si ustedes no están en
condiciones de proporcionármelo será mejor que me lo digan directamente.
No hay nada de qué avergonzarse.
—Un minuto —interrumpió Farfurkis—. Dejaremos a un lado la
cuestión de la competencia de la comisión presente en cuanto a prestar
ayuda a los representantes de otro planeta. Nuestro problema, por ahora,
es verificar su identidad como visitante. Un momento, aún no he terminado.
Usted mencionó un libro de bitácora y dijo que lamentablemente no se lo
puede sacar de la nave. Tal vez la Troika tuviera oportunidad de examinar
el libro de bitácora a bordo de su vehículo.
No, eso también es imposible —suspiró Konstantin, mientras
estudiaba cautelosamente a Farfurkis.
—Bueno, está en su derecho —dijo éste—. Pero en ese caso, quizás
usted pueda presentar algún otro documento que certifique su identidad y
sus antecedentes.
—Veo que ustedes quieren probar, realmente, que soy extraterrestre
—dijo Konstantin, con cierta sorpresa—. En verdad no comprendo
claramente los motivos. Pero no hablemos ahora de eso. En cuanto a las
pruebas, no dudo de que mi aspecto físico les revelará mi origen espacial.
Farfurkis meneó la cabeza, apenado.
—¡Ay, no es tan sencillo! —dijo—. La ciencia no nos da un concepto lo
bastante claro sobre lo que es el hombre. Eso es natural. Si por ejemplo la
ciencia definiera el hombre como una criatura de dos brazos y dos piernas,
ciertos elementos de la población, que sólo tienen un brazo o ninguno, se
encontrarían en una posición muy dudosa. Por otra parte, la medicina
contemporánea está realizando verdaderos milagros. Hace poco vi con mis
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propios ojos, por televisión, un perro con dos cabezas y seis patas. No
tengo derecho a...
—Entonces si vieran mi nave... No es conocida en vuestra tecnología
terrestre.
Farfurkis volvió a menear la cabeza.
—Quiero que me comprenda —dijo con suavidad—; en nuestra era
atómica sería difícil impresionar a los miembros de un órgano autorizado,
de claridad suprema, con un artefacto tecnológico.
—Puedo leer el pensamiento —ofreció Konstantin, visiblemente
interesado.
—La telepatía no es científica —dijo Farfurkis suavemente. No
creemos en ella.
—¿De veras? —exclamó Konstantin, sorprendido—. Eso es extraño.
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