aa - La historia comenzó así

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entonces nos dijo que eso no le interesaba en absoluto y que sería mejor no

hacerlo. Además era hora de alimentar a los ratones. Nos estrechó las

manos y volvió a meterse bajo el plato. Finalmente dimos las buenas

noches a Fedia y a la chinche y nos encaminamos hacia el hotel.

Era tarde y la ciudad se iba quedando dormida. Allá, muy lejos, se oía

música de acordeón y voces de niñas, puras y dulces, que cantaban:

Dije a mi amor de tres ojos

que no nos diéramos besos,

que sólo el razonamiento

nos daría el embeleso .

CASO 72: KONSTANTIN, EL VISITANTE

DEL ESPACIO EXTERIOR

El sol de la mañana había virado en la esquina y entraba a torrentes

por las ventanas abiertas de la sala de reuniones. Lavr Fedotovich , con el

rostro pétreo, apareció en el vano de la puerta y presentó inmediata moción

para que se cerraran las persianas.

—El pueblo no necesita esto —explicó.

Khlevovvodov fue el siguiente en aparecer, empujando a Vybegallo

ante él. Éste sacudía el portafolios, hablando acaloradamente en francés,

mientras Khlevovvodov murmuraba:

—Bueno, bueno, no se excite.

Cuando el comandante hubo cerrado las cortinas apareció Farfurkis,

masticando algo y limpiándose la boca. Murmuró una rápida disculpa por

llegar tarde y tragó de golpe lo que tenía en la boca. Enseguida gritó:

—¡Protesto! —¿Está loco, camarada Zubo? ¡Retire inmediatamente

esas cortinas! ¿Qué significa esto? ¡Cerrarnos herméticamente a los ojos del

mundo! ¿Quiere echar un velo sobre los procedimientos?

Siguió un incidente sobremanera desagradable. Mientras duró,

mientras Farfurkis era humillado, atado en nudos y utilizado para barrer el

piso, Vybegallo meneaba la cabeza y nos miraba como diciendo: "¡Estos son

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los frutos del mal!. Finalmente dejaron que el pisoteado, desgarrado y

emplumado Farfurkis se hundiera ignominiosamente en el asiento, mientras

ellos recuperaban el aliento, se enrollaban las mangas, se quitaban los

trocitos de piel bajo las uñas y limpiaban a lametazos los ensangrentados

colmillos. Entonces tomaron asiento ante la mesa y anunciaron que estaban

listos para iniciar la sesión matutina.

—¡Ejem! —dijo Lavr Fedotovich, lanzando una última mirada a los

restos crucificados—. ¡El próximo! ¡Informe, camarada Zubo!

El comandante hundió las manos en el archivo abierto, contempló por

última vez a su enemigo derrotado por sobre los papeles, volvió a patear el

suelo con los miembros traseros y se aclaró la garganta. Cuando hubo

inhalado el dulce olor de la decadencia a través de las fosas nasales,

ávidamente dilatadas, acabó por calmarse.

—Caso 72 —anunció—, Konstantin Konstantinovich Konstantinov, 213

a. de C., ciudad de Konstantinov, planeta Konstantina, estrella Antares.

—Quiero preguntarle algo —interrumpió Khlevovvodov—, ¿Qué está

leyendo? ¿Una novela? ¿O alguna farsa? Vea, hermano, está leyendo una

ficha y la hace parecer una farsa.

Lavr Fedotovich tomó sus prismáticos y los apuntó hacia el

comandante. Éste se hundió en la silla.

—Recuerdo que fue en Syzran —prosiguió Khlevovvodov—, me

pusieron a dirigir los cursos de preparación para personal intermedio y allí

estaba ese tipo que se negaba a barrer las calles. No, ni fue el Syzran,

ahora que me acuerdo; fue en Saratov, ¡cierto, en Saratov! Primero ascendí

hasta la escuela para maestros harineros y después me arrojaron a esos

cursos. Si, así fue, en Saratov, en el cincuenta y dos, en el invierno. Hacía

más frío que en Siberia.

Y en seguida, agregó, apenado:

—No, no fue en Saratov. Fue en Siberia, pero no puedo recordar cuál

era la ciudad; se me ha borrado de la mente. Hasta ayer lo sabía; estuve

pensando en lo bien que lo había pasado en esa ciudad.

Dejó de hablar y se quedó con la boca abierta. Lavr Fedotovich

aguardó un ratito; después preguntó si no había preguntas para el orador, y

como le aseguraron que no las había sugirió que Khlevovvodov continuara.

—Lavr Fedotovich —dijo Khlevovvodov, conmovedor—, he olvidado el

nombre de la ciudad, ¿se da cuenta? Lo olvidé por completo. Sigamos con la

lectura mientras lo pienso. Pero que él lea correctamente la ficha, punto por

punto, sin saltearse nada. Si no, todo se confunde.

—Siga con su informe, camarada Zubo —dijo Lavr Fedotovich.

—Punto cinco —leyó mansamente el comandante—. Nacionalidad...

Farfurquis se permitió un ligero movimiento e inmediatamente quedó

petrificado por el terror. Pero Khlevovvodov había captado aquel

movimiento y gritó al comandante:

—¡Desde el principio! ¡Comience por el principio!

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Mientras él volvía a leer desde el principio examiné el humanizador de

Edi. Era una caja plana y brillante, con ventanitas, como un autito de

juguete. Edi era muy diestro en su empleo. Yo jamás podría tener esa

habilidad. Sus dedos se movían como serpientes. Lo miré fijamente.

—¡Kherson! —gritó súbitamente Khlevovvodov—. ¡Fue en Kherson,

eso es!

Y ordenó al comandante:

—Siga, siga. Es que me acordé, ¿sabe?

Se inclinó hacia el oído de Lavr Fedotovich, estallando en una

carcajada y susurró algo que suavizó un poco las facciones férreas del

camarada Vuniukov, obligándolo a ocultar la cara a la vista de las masas

democráticas tras una mano ancha.

—Punto seis... —leyó el comandante, inseguro—. Educación: Superior

sin...cri...cré...tica.

Farfurkis se retorció y chilló, pero no se atrevió a hablar.

Khlevovvodov se precipitó, celoso:

—¿Qué clase de educación?

—Sincrética —repitió el comandante de una sola vez.

—Ajá —dijo Khlevovvodov, mirando a Lavr Fedotovich.

—Eso está buen —pronunció Lavr Fedotovich, portentosamente—.

Nos gusta que la gente sea crítica. Prosiga, camarada Zubo.

—Punto siete. Conocimiento de idiomas extranjeros. Todos sin

diccionario.

—¿Qué, qué? —preguntó Khlevovvodov.

—Todos. Sin diccionarios.

—Vaya crítica —fue la réplica de Khlevovvodov—. Bueno, ya veremos

eso.

—Punto ocho. Profesión y lugar de trabajo al presente: lector de

poesía, anfibraquista, actualmente de licencia por un corto período. Punto

nueve...

—Un momento —dijo Khlevovvodov—. ¿Dónde trabaja?

—Actualmente está de licencia —explicó el comandante—. Por un

corto período—

—Eso lo entiendo sin que usted me lo explique —contraatacó

Khlevovvodov—. Le pregunté cuál era su especialidad.

El comandante levantó la ficha hasta los ojos.

—Lector —dijo—. Creo que lee poemas.

Khlevovvodov golpeó la mesa con el puño.

—No soy sordo —gritó—. Oigo lo que lee. Él lee; que siga leyendo,

leyendo en su tiempo libre. ¡Quiero saber cuál es su especialidad! Donde

trabaja, qué hace.

Vybegallo guardaba silencio. Yo no pude soportar más.

—Su especialidad es leer poesía —dije—. Se especializa en leer

anfibracos.

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Khlevovvodov me miró con suspicacia.

—No, entiendo lo de los anfibracos..., es decir, hum, bueno... ¿Qué

es lo que estoy tratando de aclarar? Quiero aclarar para qué se le paga

sueldo.

—No cobra sueldo —aclaré.

—¡Ah, no tiene trabajo! —saltó.

Pero en seguida se volvió precavido.

—No, no, no sirve. Esto no se entiende. No tiene sueldo pero sí

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