aa - La historia comenzó así
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vacaciones. Aquí están ocultando algo.
—Ejem —dijo Lavr Fedotovich—. Hay una pregunta para el orador y
también para el asesor científico. La profesión del caso 72.
—Lector de poesía —replicó rápidamente Vybegallo—. Y es también...
antifibraquista.
—¿Lugar de trabajo al presente?
—En vacaciones por un corto período. Es decir, descansando.
Lavr Fedotovich, son volver la cabeza, miró en dirección a
Khlevovvodov.
—¿Alguna otra pregunta? —inquirió.
Khlevovvodov se retorció, lleno de ansiedad. Cualquiera comprendía
que la encumbrada gloria de solidaridad con respecto a la opinión de la
autoridad luchaba con el sentimiento del deber cívico, aunque con notables
daños.
—Hay algo que debo decir, Lavr Fedotovich —comenzó—. ¡He aquí lo
que quiero decir! Antifibraquista; eso es perfectamente comprensible. El
antifibraco es... hum..., bueno, hum... Y todo está perfectamente claro
también en lo que respecta a la poesía. Ahí están nuestro Pushkin,
Mikhalkov y Korneichuk. Pero ¡lector! Ese es el problema. ¡No existe esa
profesión! Y comprendo que no la haya. Porque ¿qué ocurriría?.
Supongamos que yo me dedico a leer copias y que por eso me pagan y me
dan vacaciones. Eso es lo que quiero aclarar.
Lavr Fedotovich enfocó sus prismáticos hacia Vybegallo—
—Escucharemos la opinión del asesor —anunció.
Vybegallo se levantó.
—Es decir —empezó, peinándose la barba con los dedos—. El
camarada Khlevovvodov plantea correctamente su pregunta y pone énfasis
donde se debe. Al pueblo le gusta la poesía, je vous parle à coeur ouvert .
Pero ¿necesita el pueblo toda clase de poesía?, je vous demande un peu,
¿necesitan de toda clase? Tanto ustedes como yo sabemos, camaradas, que
no la necesitan de todas clases. Por eso es que debemos seguir,
c'est ...especialmente, es decir, por supuesto, y no perder nuestros puntos
de referencia y, c'est, le vin est tiré, il faut le boire . Mi opinión personal es
ésta: Aides—toi, et Dieux t'aidera . Pero yo sugeriría que escucháramos
también al representante de abajo, camarada Privalov, llamándolo como
testigo, por así decirlo.
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Lavr Fedotovich volvió hacia mí sus prismáticos.
—Bueno, por qué no. De cualquier modo se la pasa interrumpiendo.
No tiene paciencia. Ya que sabe tanto bien puede aclarar las cosas.
— Voilà —replicó Vybegallo, ardorosamente—, l'education qu'on donn
aux jeunes hommes d'aujourd'hui .
—Es precisamente lo que yo decía. Que hable —agregó
Khlevovvodov.
—Allá hay muchísimos poetas —expliqué—. Todos escriben poesía, y
naturalmente cada poeta quiere tener un lector. Pero los lectores son seres
no sistemáticos que no comprenden hecho tan simple. Adoran leer poesía
elevada, y hasta aprenderla de memoria, y no quieren saber nada de la
mala poesía. Así surgen desigualdades e injusticias. Y puesto que los
habitantes de allá son muy sensibles y quieren que todo el mundo sea feliz,
han creado una profesión especial: la de lector. Algunos se especializan en
leer poesía yámbica, otros en trocaica. Konstantin Konstantinovich es un
renombrado especialista en anfibracos; ahora se está dedicando a los
alejandrinos, con lo cual adopta una segunda especialidad. Es un terreno
peligroso, por supuesto, y los lectores reciben dobles raciones, así como
vacaciones frecuentes.
—¡Comprendo todo perfectamente! —interrumpió Khlevovvodov, con
un alarido que perforó el aire—. Los yámbicos y esos alejandrinos. Hay una
sola cosa que no entiendo. ¿Para qué pagan? Bueno, si, se sienta a leer. Ya
sé que eso es peligroso. Pero la lectura es una ocupación silenciosa,
interna. ¿Cómo se puede saber si lee o si sólo finge leer? Recuerdo que yo
dirigía una sección del Departamento de Inspección y Cuarentena de
Plantas, y una vez me tocó este... Se sentaba en las reuniones como si
estuviera prestando atención: hasta escribía algo en el cuaderno, de vez en
cuando, ¡pero el grandísimo haragán estaba durmiendo! Ahora bien, en las
oficinas de este país hay muchos que han aprendido a dormir con los ojos
abiertos. Por eso no comprendo cómo funciona esto. ¿Y si estuviera
mintiendo? No debería haber profesiones imposibles de inspeccionar. ¿Cómo
saber si el hombre trabaja o duerme?.
—No es tan rutinario —interrumpió Edi, abandonando por un instante
la sintonía del humanizador—. No sólo lee; le envían todos los poemas
escritos en anfibracos. Él tiene que leerlos a todos, comprenderlos, hallar en
cada uno la raíz de un placer exquisito, amarlos y, naturalmente,
encontrarles algún defecto. Después debe expresar regularmente a los
autores sus sentimientos y sus ideas sobre los poemas y leer en veladas
dedicadas a los poetas o en las conferencias de lectores; tiene que leer tan
bien que los poetas puedan sentirse satisfechos y necesarios. Es una
profesión muy esforzada. Konstantin Konstantinovich es un verdadero héroe
del trabajo.
—Sí —dijo Khlevovvodov—. Ahora comprendo. Es una profesión muy
valiosa. Y me gusta el sistema. Es un sistema bueno y justo.
40
—Adelante con el informe, camarada Zubo —dijo Lavr Fedotovich.
El comandante volvió a levantar la ficha hasta los ojos—
—Punto nueve. ¿Ha estado en el extranjero? Sí, en relación con
problemas mecánicos pasé cuatro horas en la Isla de Pascua.
Farfurkis chilló algo incomprensible que Khlevovvodov recogió de
inmediato.
—¿De quién es ahora ese territorio? —preguntó Vybegallo.
El profesor Vybegallo, con una sonrisa jovial, me señaló en un gesto
expansivo y condescendiente.
—Cedo la palabra a la juventud.
—Territorio chileno —expliqué.
—Chile, Chile —murmuró Khlevovvodov, echando una mirada ansiosa
a Lavr Fedotovich, que fumaba tranquilamente—. Bueno, si es en Chile está
bien. Y sólo por cuatro horas. Está bien. ¿Qué más?
—Protesto —susurró Farfurkis con increíble coraje.
Pero el comandante ya había retomado la lectura.
Punto diez. Breve descripción de lo inexplicable: Ser racional
proveniente de la estrella Antares. Piloto de una nave espacial llamada plato
volador.
Lavr Fedotovich no presentó objeciones. Khlevovvodov lo miró con
gesto de aprobación y el comandante prosiguió.
Punto once: Estadísticas sobre los parientes más próximos... Hay una
lista muy larga.
—Lea, lea —dijo Khlevovvodov.
—Hay setecientas setenta y seis personas —advirtió el comandante.
—No discuta. Su función es leer. Así que lea. Y con claridad.
El comandante suspiró y dio comienzo a la lista.
—Padres: A, B, C, D, E, F, G, H...
—¿Qué hace? ¡Pare ahí un momento! —exclamó Khlevovvodov, a
quien la impresión le había hecho perder el don de la cortesía—. ¿Adónde
cree que está, en la escuela? ¿Qué cree que somos, niños?
—Estoy leyendo lo que dice aquí —bufó el comandante.
Y prosiguió levantando la voz:
—...I, J, K...
—Ejem —dijo Lavr Fedotovich—. Hay una pregunta para el orador. El
padre del Caso 72. Apellido, nombre y patronímico.
—Un momento —interrumpí— Konstantin Konstantinovich tiene
setenta y siete padres de siete sexos distintos, noventa y seis cónyuges de
cuatro sexos, doscientos siete hijos de siete sexos y trescientos noventa y
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