aa - La historia comenzó así

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desarrollados de todos los mamíferos ¿qué pueden hacer que no hagamos

nosotros? Mucho se vanaglorian de su habilidad para crear herramientas y

emplearlas. ¡Perdónenme, pero me da risa! Es como si un lisiado se

vanagloriara de sus muletas. Construyen viviendas, tortuosamente, con

enorme esfuerzo, utilizando fuerzas antinaturales como las del fuego y el

vapor; hace miles de años que las hacen y nunca dos veces de la misma

manera, y todavía no han logrado hallar una vivienda cómoda y racional.

Hasta las patéticas hormigas (a quienes en realidad desprecio por su rudeza

y por la glorificación que hacen de la fuerza bruta), hasta ellas resolvieron

ese simple problema hace cien millones de años, y de una vez para

siempre. Ustedes se jactan de vanagloriarse constantemente y sin límites.

Nosotros nos reímos de eso. Buscan algo que ya ha sido hallado y

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patentado y que está en uso desde hace tiempos inmemoriales, a saber: un

orden social racional y una existencia provista de sentido.

Edi escuchaba con atención profesional. Fedia, que masticaba un tallo

de repollo, con sus magníficos dientes, dijo:

—Yo no soy buen dialéctico, por supuesto, pero se me enseño a creer

que la mente humana es el mayor logro de la naturaleza. En las montañas

tememos la sabiduría humana y nos inclinamos ante ella; ahora que estoy

educado hasta cierto punto no dejo de asombrarme por el ingenio y la

audacia con que el hombre ha creado y crea una segunda naturaleza. La

mente humana es... es...

Sacudió la cabeza y no dijo más.

—¡Una segunda naturaleza! —exclamó la chinche, sarcástica—. El

tercer elemento, el cuarto reino, el quinto estado, la sexta maravilla del

mundo. Un hombre sabio te habría preguntado para qué quieres una

segunda naturaleza. Han arruinado una y ahora quieren reemplazarla por

otra. Ya te lo dije, Fedia, una segunda naturaleza es como una muleta para

el inválido. En cuanto a la razón, no es cuestión de que tú hables o de que

yo escuche. Estos pellejos rellenos de mezcla alimenticia no hablan más que

de la razón, pero ni siquiera han podido ponerse de acuerdo sobre qué es.

Sólo están de acuerdo en un punto: ellos son los únicos dotados de

raciocinio. ¡Es asombroso! Si una criatura es pequeña, si es fácil de

envenenar con algún producto químico o si resulta simple aplastarla con un

dedo, entonces la miran con desprecio. Esa criatura no tiene, por supuesto,

más que instinto, una irritabilidad primitiva, la forma más baja de la

actividad nerviosa. Típico de imbéciles engreídos. Pero después de todo

ellos sí son racionales, y tienen que construir bases para todos, a fin de

poder aplastar a los insectos sin remordimientos.

"Y fíjate, Fedia, en su racionalización. Digamos que una avispa

excavadora pone sus huevos en el nido y va en busca de comida para la

futura cría. ¿Qué hacen estos bandidos? Los muy bárbaros roban los

huevos; después, regodeándose de estúpido placer, miran a la madre que

cierra el agujero vacío. Y deducen que la madre es tonta, que no sabe lo

que hace y que, por lo tanto, sólo posee instinto, instinto ciego,

¿comprendes? sin raciocinio. Si es necesario se la puede aplastar. Como

verás, esto no es más que un vil manipuleo de la terminología. Se da por

sentado, a priori, que la meta principal de la avispa es reproducirse y

proteger a la cría; por lo tanto, si no es capaz de cumplir con su meta

principal, ¿para qué sirve? Ellos, los humanos, poseen el cosmos y la

fotosíntesis; la pobre avispa, en cambio, no tiene más que la reproducción,

y eso sólo en un nivel primitivo, del instinto. Esos mamíferos ni siquiera

imaginan que la avispa goza de una rica vida espiritual, que en el breve

período de su vida desea sobresalir en la ciencia y en el arte; esas bestias

de sangre caliente no comprenden que ella no tenga tiempo ni ganas de

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volverse a mirar a la cría, especialmente cuando son sólo huevos

insignificantes.

"Naturalmente las avispas tienen sus leyes, sus normas de conducta,

su moral. Puesto que las avispas son descuidadas por naturaleza cuando

llega el momento de propagar la especie, la ley estipula, por supuesto,

ciertos castigos para los que no cumplen con la obligación maternal. Toda

avispa decente debe cumplir con una serie de actos preestablecidos. Ha de

excavar un pozo, poner sus huevos, llevar a él cierta cantidad de orugas

paralizadas y cerrar el agujero. Todo esto es observado por silenciosos

inspectores; la avispa debe suponer siempre que puede haber un inspector

observándola desde la roca más próxima. Claro que la avispa se da cuenta

de que le han robado los huevos o que han vaciado la reserva de comida;

pero no puede volver a poner huevos y no tiene ganas de perder el tiempo

buscando más alimentos. Con perfecta conciencia de lo incongruente de sus

actos, finge no haber reparado en nada y termina con la secuencia

establecida, porque lo último que desearía es recorrer los nueve

departamentos de la Comisión para la Preservación de Apariciones.

"Imagina una carretera, Fedia; una carretera lisa y plana de horizonte

a horizonte. Algún experimentador instala un bloqueo con una señal de

desvío. La visibilidad es buena, y el conductor ve que no hay nada peligroso

del otro lado del bloqueo. Llega a sospechar que se trata de una broma

pesada, pero sigue las normas y los reglamentos como cualquier conductor

decente: toma por la repugnante ruta lateral, se sacude, da tumbos, se

llena de barro y pierde mucho tiempo y mucha energía para volver a la

carretera, doscientos metros más allá. ¿Por qué? Por los mismos motivos:

obedece la ley y no quiere presentarse ante los tribunales de tránsito, sobre

todo porque , al igual que la avispa, sospecha alguna trampa, sospecha que

tras los arbustos hay un policía en motocicleta. Y ahora supongamos que el

experimentador invisible ha instalado el bloqueo para medir la inteligencia

del conductor y que se trata de un tonto presumido como el que robó los

huevos de la avispa. ¿Cuál te parece que será su conclusión?

Y Gabi, en éxtasis, palmoteó sobre la mesa con todas sus patas.

—No —dijo Fedia—, estás simplificando demasiado la cosas, Gabi. Por

supuesto, ningún hombre puede mostrar un coeficiente intelectual brillante

cuando va manejando.

—Lo mismo pasa con una avispa cuando va a poner los huevos —

interrumpió la astuta chinche—. No es momento para hacer brillar el

intelecto, ¿sabes?

—Un momento, Gabi, me estás interrumpiendo. Quiero decir... A ver,

veamos, me olvidé lo que quería decir. ¡Ah, si! Para disfrutar la grandeza de

la razón humana tienes que examinar con atención todos los edificios de

esta razón, todos los logros de la ciencia, de la literatura y del arte. Tú te

burlas del cosmos, pero los sputniks y los cohetes son un gran paso

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adelante; son sorprendentes, y reconocerás que ningún artrópodo es capaz

de hacerlos.

La chinche meneó las antenas, disgustada.

—Podría responderte que los artrópodos no tienen necesidad del

cosmos —dijo—, pero tampoco la gente la tiene; por lo tanto no

discutiremos ese punto. No entiendes las cosas más sencillas, Fedia. Cada

especie tiene su propio sueño, históricamente formado y pasado de

generación en generación. Realizar ese sueño es lo que habitualmente se

llama un logro. Los humanos tienen dos sueños de esa clase: uno es volar,

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