aa - La historia comenzó así
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—¿Y cuál es tu opinión?
—Ya habrás visto que la tiene. Tiene inteligencia y se la puse en
funcionamiento. Nunca habían sido activados. Puros reflejos burocráticos.
Pero lo convencí de que tenía una verdadera máquina heurística ante ellos y
de que él no era Vuniukov, sino un verdadero funcionario de amplio criterio.
Como ves dio algún resultado. Claro que su rigidez mental es tremenda.
Cuando retiró el campo no quedaron señales de deformación residual.
Quedó tal como era. Pero eso fue sólo una prueba. Ahora podré hacer los
cálculos debidos, ajustar el aparato y ya veremos. No puedo creer que sea
imposible de cambiar. Haremos de él un hombre decente y todo andará
mejor; para nosotros, para él y para todos.
—Lo dudo.
—Ya verás —replicó Edi—. La teoría de la humanización positivista
establece que cualquier criatura dotada con una pizca de razón puede
convertirse en una persona decente. Eso si: cada caso necesita un método
especial, pero eso es otra cuestión. Ya buscaremos el enfoque adecuado.
Todo va a salir bien.
Salimos a la calle. Fedia, el Hombre de las Nieves, nos estaba
esperando. Se levantó del banco y los tres bajamos por la calle Primero de
Mayo, tomados del brazo.
—¿Fue difícil? —preguntó Fedia.
—Terrible —contestó Edi—. Estoy cansado de hablar, cansado de
escuchar y, para colmo, creo que me he vuelto bastante más estúpido.
Fedia, ¿se nota que estoy más estúpido?
—Todavía no — replicó Fedia, tímidamente—. Por lo común empieza a
notarse una hora después.
Tengo hambre —dije—. Quiero olvidar. Vamos a cualquier parte
donde podamos olvidar. Tomemos vino. Tomemos un poco de helado.
Edi estaba de acuerdo y Fedia no tenía objeciones, aunque se
disculpó por no beber vino y por no ser amante de los helados.
Las calles estaban atestadas, pero nadie caminaba por caminar, como
suele ocurrir los domingos por la noche en las grandes ciudades. Los
descendientes de los ejércitos de Oleg y los granaderos de Pedro
permanecían tranquila y educadamente sentados en sus peldaños de
entrada, comiendo semillas en silencio. Comían semillas de sandía, de
girasol y de calabaza. Los peldaños sobre los cuales se sentaban estaban
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tallados en diseños geométricos, tallados en figura, tallado en balaustrada o
sin tallado alguno, pero todos eran maravillosos; algunos parecían salidos
de un museo , con cientos de años de antigüedad; esos estaban bajo la
custodia del gobierno, y por lo tanto desfigurados por soportes metálicos.
Desde algún lugar llegaba la música de un acordeón.
Edi miraba a su alrededor con mucho interés e interrogaba a Fedia
sobre la vida en las montañas. El Hombre de las Nieves le había cobrado un
afecto enorme y respondía con placer.
—Lo peor son los alpinistas con guitarras —decía—, No imaginas lo
terrible que es, Edi. Uno está en paz en sus montañas, donde el único ruido
es el de las avalanchas, y eso solo de vez en cuando, y de pronto oye que
alguien empieza a rascar las cuerdas y a cantar algo sobre un tipo que ha
perdido su amor en las montañas neblinosas. Es un desastre, Edi. Algunos
se enferman con esas clases de cosas; los más débiles llegan a morir.
Después prosiguió, soñador:
—En casa tengo un clavicordio. Allá en la cumbre tengo un
clavicordio, en la cima del glaciar. Me gusta tocar en las noches de luna,
cuando todo está silencioso y no hay viento. Entonces me oyen los perros
del valle y aúllan para acompañarme. En verdad, Edi, se me saltan las
lágrimas cuando pienso en lo hermoso y triste que es eso. La luna, la
música a la distancia y los perros que aúllan muy, muy lejos.
—¿Y qué opinan tus amigos de eso? —preguntó Edi.
A esa hora de la noche no andan por allí. Sólo se queda un muchacho, pero
no me molesta. Es inválido. Pero te estoy aburriendo.
—Al contrario, me fascinas.
No. Aunque tal vez te guste saber de dónde saqué el clavicordio. Lo
llevaron los montañistas, ¿te imaginas? Estaban tratando de establecer no
sé qué record y tenían que llevar un clavicordio hasta allá arriba. Allá en la
cima tenemos un montón de cosas extrañas. Por allí alguien decide subir en
motocicleta y nos queda la moto, aunque esté arruinada. Tenemos
guitarras, bicicletas, varias estatuas, cañones antiaéreos ... Un chiflado de
los records decidió trepar hasta la cumbre en tractor, pero como no
consiguió ninguno probó con una apisonadora. Tendrías que haberlo visto.
¡Qué modo de esforzarse! Pero falló. No pudo llevarla hasta el nivel de la
nieve. Cinco o diez metros más y habríamos tenido también una
apisonadora. Ah, aquí está Gabi. Los presentaré.
Habíamos llegado a un café. Gabi, la Chinche, luchaba en los
escalones bien iluminados de la imponente entrada de piedra, junto a la
puerta giratoria. Se moría por entrar, pero el portero no se lo permitía.
Gabi, en su ataque, exudaba un fuerte olor que recordaba el del coñac
Courvoisier.
Fedia nos presentó rápidamente, metió a Gabi en una caja de
fósforos y le ordenó que se quedara quieta. Y la chinche obedeció. Pero en
cuanto entramos al café y ocupamos una mesa vacía se recostó en una silla
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y golpeó el puño contra la mesa, pidiendo que viniera un camarero.
Naturalmente, no podía beber ni comer nada en los cafés, pero exigía
justicia y una total correspondencia entre el trabajo y los camareros y la
encumbrada meta que éstos perseguían. Además era obvio que quería
lucirse ante Edi. Sabía ya que éste había ido a Tmuskorpion especialmente
para buscarla y ofrecerle empleo. Edi y yo pedimos omelette casera,
ensalada de camarones y una botella de vino seco. Los del café conocían
bien a Fedia; le trajeron un plato de papas asadas, hojas de zanahoria y
troncos de repollo. A Gabi, un plato de tomates rellenos que pidió por
principio.
Cuando acabamos de comer la ensalada me di cuenta de que había
sido insultado, de que estaba herido y agotado, de que mi lengua se negaba
a funcionar y no tenía ganas de hacer nada. Además estaba susceptible,
pues aún podía oír, entre la multitud, aquel chillido: "¡Le lavaré los pies y
beberé esa agua!" y "¡El cerebro está en el intedior !". Pero la vieja Gabi
estaba en buenas condiciones y disfrutaba explicando a Edi sus puntos de
vista filosóficos, sus opiniones independientes y su tendencia a
universalizar.
—¡Qué criaturas mentecatas y desagradables! —dijo, mirando a su
alrededor con aire de superioridad—. Realmente hacía falta un animal tan
torpe y rumiante para crear el mito, originado en su complejo de
inferioridad, de que son los amos de la Tierra. Yo les pregunto: ¿De dónde
salió ese mito? Nosotros, los insectos, por ejemplo, nos consideramos los
amos de la tierra y con buena razón. Somos numerosos y ubicuos, nos
multiplicamos en abundancia y no perdemos un tiempo precioso en
insensatas cavilaciones sobre la posteridad. Poseemos órganos sensoriales
que ustedes, los humanos, ni siquiera sueñan. Podemos sumirnos en la
anabiosis durante siglos enteros sin sufrir daño. Los representantes más
inteligentes de nuestra especie son famosos como matemáticos, arquitectos
y sociólogos. Hemos descubierto el sistema de sociedad ideal: dominamos
grandes territorios y nos instalamos donde nos place. Planteemos la
pregunta de este modo: ustedes los humanos que son los más
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