aa - La historia comenzó así
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alrededor.
—Hay una moción —dijo Farfurkis, eligiendo cuidadosamente las
palabras—. Que el asesor científico realice una investigación especializada y
nos informe sobre su decisión.
Lavr Fedotovich, mirando a Vybegallo, inclinó regiamente la cabeza.
Vybegallo se levantó. Vybegallo sonrió cortésmente. Vybegallo se llevó la
mano derecha al corazón. Vybegallo habló.
Cést... —dijo—. No es correcto, Lavr Fedotovich. Sea como fuere , j
ái recommandé ce noble vieux . Se dirá que eso es nepotismo, favoritismo.
Sin embargo es un hecho raro, y un caso obvio, muy valioso; requiere
racionalización. Cést claramente demostrado por el experimento. No
quisiera poner fin a un brillante comienzo, cortar la iniciativa en capullo.
¿Qué sería mejor? Sería mejor que algún otro experto diera su opinión;
alguien imparcial. Aquí entre los representantes de abajo, veo al camarada
Alejandro Ivanovich Privalov...
Me estremecí al oírlo
—... que se especializa en computadoras. Y es imparcial. Que sea él.
Pienso que será provechoso.
Lavr Fedotovich tomó sus prismáticos y nos examinó uno a uno. Edi,
que había vuelto a la vida, me susurró:
—¡Alejo, háblales! ¡Es nuestra oportunidad!
—Hay una moción —dijo Farfurkis— de que se pida al camarada
representante de abajo que colabore con la obra de la Troika.
Lavr Fedotovich dejó sus prismáticos y dio su consentimiento. Todos
me miraron. Por mi parte habría preferido no meterme en aquel asunto, de
no ser por el anciano. Ce noble vieux me miraba , agitando de tal modo sus
párpados enrojecidos que todo su ser parecía suplicarme, prometiendo orar
por mí durante el resto de su vida. No pude resistir. Me levanté, a desgano,
y me acerqué a la máquina de escribir. El viejo me sonrió.
—Bueno, de acuerdo —dije, tras revisar el artefacto—. Por
programación heurística entendemos el intento de imitar el proceso
cognoscitivo humano mediante la computadora digital. Aquí tenemos una
máquina de escribir Remington, hecha en 1906, en condiciones bastante
buenas. Los tipos son prerrevolucionarios y están también en buenas
condiciones.
Capté la mirada suplicante del viejo y operé la llave.
—Para abreviar, la construcción de los tipos no tiene nada de nuevo.
Todo es muy viejo.
.¡En el intedior ! —susurró el viejo— ¡Mire el intedior , donde están el
analizador y el cerebro!
—El analizador, dije—. Aquí no hay ningún analizador. Hay una
rectificadora de serie, también antigua. Una simple lámpara de neón. Una
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llave, buena calidad, nueva. Hay también un cordón, marca nueva. Creo
que eso es todo.
—¿Cuál es su conclusión? —preguntó Farfurkis, con interés. Edi movía
la cabeza en ademán de aprobación; le di a entender que haría la prueba.
—Mi conclusión —dije—. La máquina de escribir Remington que he
descrito, provista de rectificadora, lámpara de neón, llave y cable, no
representa nada inexplicable.
—¿Y yo? — gritó el anciano.
Edi me indicó que era una buena ocasión para un gancho de
izquierda, pero no pude hacerlo.
—Bueno, por supuesto —murmuré—. Esto demuestra una gran
voluntad de trabajo...
Edi se tiró del pelo.
—...Y yo comprendo, por supuesto, las buenas intenciones...
Edi me miró con desprecio.
—En realidad el hombre hizo lo mejor que pudo, no se puede...
—Teme la ira de Dios —dijo claramente Edi.
—¿Por qué? Deje que el hombre siga trabajando, si eso le gusta. Me
limito a decir que esto no tiene nada de inexplicable. Pero en realidad es
bastante ingenioso.
—¿Alguna propuesta para nuestro asesor científico pro tempore ? —
inquirió Lavr Fedotovich.
Al oír un tono de interrogación el viejo salió disparando hacia la
máquina, pero yo lo detuve pasándole un brazo alrededor de la cintura.
—Bien hecho —dijo Khlebovvodov—. Sosténgalo. De lo contrario es
muy difícil trabajar. Aquí no estamos jugando a preguntas y respuestas.
¿Por qué no lo desenchufa, ya que estamos? No me gusta que esté
escuchando.
Liberé una mano para apagar la llave. La luz se apagó y el viejo
pareció tranquilizarse.
—Pero todavía me queda una pregunta —prosiguió Khlebovvodov—.
¿Cómo contesta?
Quedé atónito. Edi, ya recuperado, miraba atentamente a la Troika.
Vybegallo esperaba complacido; sacó un palito largo de su barba y se lo
puso entre los dientes.
—Rectorizadoras y llaves —observó Khlebovvodov— El camarada pro
tempore ha explicado todo bastante bien. Pero hay algo que no explicó: los
hechos. Y el hecho incontrovertible es que cuando se plantea una pregunta
se obtiene una respuesta. Por escrito. Y aun cuando se le hace una
pregunta a otra persona se obtiene igualmente una respuesta. Por escrito. Y
dice usted, camarada pro tempore, que aquí no hay nada inexplicable. La
cosas no coinciden. No entendemos qué puede decir la ciencia al respecto.
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La ciencia, encarnada en mi, había perdido el habla. Khlebovvodov
me había parado en seco, me había clavado un puñal en la espalda, me
había asesinado y enterrado. Pero Vybegallo reaccionó a tiempo.
— Cést —dijo—. Es lo que yo dije, ¡un valioso comienzo! Hay un
elemento de lo inexplicado, por eso lo recomendé.
Y agregó, volviéndose hacia el viejo:
— Cést. Mon cher . Explique a nuestros camaradas qué es qué.
El viejo estalló.
—¡Los mayores resultados alcanzados por el megaloplasma de
neutrones! —tronó!—. El rotor de campo de divergencia se degrada a lo
largo de la parte posterior y allí, en el intedior , transforma el tema de la
pregunta en torbellinos eléctricos espirituales, de los cuales surge la
sinécdoque de la pregunta ...
Yo ya veía manchas ante los ojos, se me estaba subiendo la bilis y
me dolían los dientes; ese maldito noble vieux seguía hablando. Su discurso
era fluido; un discurso bien ensayado y muy repetido, en el cual cada
adjetivo, cada entonación temblaban de carga emotiva. Una obra de arte,
en verdad. El viejo no sería inventor, pero era un artista, un genio de la
oratoria, un sucesor digno de Demóstenes, Cicerón y Juan Crisóstomo.
Recogí mis redes y me hice a un lado, apoyando la frente en la frescura de
la pared.
Entonces Edi batió palmas y el anciano se interrumpió. Por un
segundo tuve la impresión de que Edi había detenido el tiempo, pues todos
estaban inmóviles, atentos a un profundo silencio medieval que pendía de la
habitación como terciopelo. Al fin Lavr Fedotovich empujó la silla hacia atrás
y se levantó.
—Según las reglas y los estatutos —comenzó—, me corresponde decir
la última palabra. Pero hay momentos en los que no se pueden aplicar
reglas ni estatutos; hay que dejarlos a un lado. Quiero hablar en primer
lugar porque ésta es una de esas ocasiones. Quiero hablar en primer lugar
porque no espero interrupciones ni las toleraré.
Pero nadie pensaba en interrumpir. Los miembros de la Troika,
regulares o agregados, estaban tan impresionados por ese súbito arranque
de oratoria que sólo podían intercambiar miradas.
—Somos los custodios de la ciencia —prosiguió Lavr Fedotovich—,
somos los portales de su templo, somos los filtros desprejuiciados que la
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