aa - La historia comenzó así

Здесь есть возможность читать онлайн «aa - La historia comenzó así» весь текст электронной книги совершенно бесплатно (целиком полную версию без сокращений). В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: Старинная литература, на английском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.

La historia comenzó así: краткое содержание, описание и аннотация

Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «La historia comenzó así»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.

La historia comenzó así — читать онлайн бесплатно полную книгу (весь текст) целиком

Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «La historia comenzó así», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.

Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

ascensor se estuviera quedando dormido durante el viaje. Se detuvo por

completo en el piso dieciséis. Apenas habíamos intercambiado unas cuantas

palabras con algunos guardias armados, que resultaron estar de guardia en

el Departamento del Tesoro Encantado, cuando el ascensor se alzó sobre las

patas traseras y galopó salvajemente hacia el cenit, con un relincho

metálico.

Se encendieron las luces, chasquearon los relés. La aceleración nos

aplastaba contra el piso. Edi y yo nos aferrábamos uno al otro para

mantenernos de pie. Los espejos reflejaban nuestras caras tensas y

sudorosas. Ya nos habíamos preparado para lo peor cuando el galope se

9

transformó en trote corto y la fuerza se redujo a una g y media. Eso nos

animó.

El ascensor, provocándonos un vuelco en el corazón, se detuvo en el

piso cincuenta y siete. Se abrió la puerta y entró un hombre de edad

mediana, bastante corpulento, con un acordeón abierto. Expresó como al

descuido sus "¡Saludos a todo el mundo!" y oprimió el botón del piso

setenta y tres. Cuando el ascensor empezó a moverse se recostó contra la

pared, puso los ojos en blanco y comenzó a tocar suavemente "Ladrillitos".

—¿De abajo? —preguntó indolente, sin volverse hacia nosotros.

—De abajo —respondimos.

—¿Kammoedov sigue allá?

—Si.

—Bueno, denle saludos.

Y el extraño no nos prestó más atención. El ascensor subía

lentamente, temblando al ritmo de la canción. Edi y yo, de puro azorados,

nos dedicamos a estudiar las "Reglas para su Operación" grabadas en una

placa de bronce. Descubrimos que iba contra las reglas: que murciélagos,

vampiros y ardillas voladoras se posaran sobre la caja; salir a través de las

paredes en caso de parada de emergencia entre dos pisos; transportar

materiales inflamables o explosivos, así como envases que contuvieran

genios o dragones sin bozales a prueba de fuegos; que los espíritus

domésticos entraran al ascensor sin la compañía de seres humanos.

También estaba prohibido, sin excepción, crear ilusiones, dejarse ganar por

el sueño y brincar.

No tuvimos tiempo de leer todas las reglas. El coche se detuvo, bajó

el extranjero y Edi volvió a apretar el botón setenta y seis. En ese mismo

instante el ascensor se lanzó hacia arriba con una ferocidad que nos dejó

desvanecidos. Cuando recuperamos el sentido, la caja estaba inmóvil, con

la puerta abierta. Estábamos en el piso setenta y seis.

Nos miramos mutuamente y salimos con los pedidos sobre la cabeza

a manera de banderas blancas. No sé muy bien qué esperábamos, pero

tenía que ser algo malo.

Sin embargo no pasó nada terrible. Nos encontramos en un cuarto redondo,

vacío y muy polvoriento, de cielo raso gris, bajo. En el piso de parquet

había un canto rodado blanco que parecía la marca de una instalación

antitanque. A su alrededor había viejos huesos amarillentos. Aquel cuarto

olía a ratones y estaba muy oscuro. De pronto la puerta del ascensor se

cerró con un estruendo. Nos volvimos, estremecidos, pero sólo se veía el

techo del ascensor, que iba bajando.

Un horrible rugido llenó el cuarto y se apagó. Estábamos atrapados.

Yo deseaba desesperadamente bajar por las escaleras, lo antes posible,

pero la expresión extraviada de Edi me dio fuerzas. Adelanté la barbilla,

enlacé las manos a la espalda y caminé hacia el canto rodado con aire

escéptico y altanero.

10

Tal como esperaba, aquella roca era una señal, tal como se la

encuentra con frecuencia en los cuentos de hadas. El cartel decía, mas o

menos:

Nº 1: Si vas hacia la derecha, perderás la cabeza.

Nº 2: Si vas hacia la izquierda no llegarás a ninguna parte.

Nº 3: Si vas en línea recta...

—Han borrado la última parte —explicó Edi—. Ajá, hay algo más

escrito en lápiz: "Estuvimos aquí...consultamos al pueblo...y la opinión es...

que debemos ir... en línea recta.

Firmado: L. Vuniukov".

Miramos hacia adelante. Ya habíamos habituado los ojos a la luz

difusa y pudimos distinguir las puertas. Había tres. Las que conducían a lo

que podía considerarse derecha e izquierda estaban claveteadas con tablas;

había un sendero marcado en el polvo entre el ascensor y la puerta del

centro, pasando por el canto rodado.

—Esto no me gusta nada —dije, con valiente franqueza—. Estos

huesos...

—Creo que son de marfil —observó Edi—. Pero eso no importa. Ya no

podemos volver, ¿no es así?.

—Tal vez pudiéramos escribir una nota y echarla por el hueco del

ascensor. De lo contrario desapareceremos sin dejar rastros.

—Alejo, no olvides que estamos en comunicación telepática. Es

embarazoso. Cálmate.

Me calmé. Volví a sacar la barbilla y avancé resueltamente hacia la

puerta del medio. Edi caminaba a mi lado.

—¡Hemos cruzado el Rubicón! —anuncié, pateando la puerta apenas

visible que decía "Empuje", y hubo que cruzar el Rubicón por segunda vez,

sin gestos de grandeza y con humillante aplicación de fuerza a los

poderosos resortes.

Del otro lado había un parque bañado de sol. Vimos senderos de

arena, cercos bien cortados y carteles de advertencia: "No camine por el

prado", "No coma el césped". Vimos un banco de plaza hecho en hierro, con

el respaldo roto, en el cual estaba sentado un hombre extraño que usaba

quevedos; leía un periódico y jugueteaba con los dedos de sus pies

descalzos. Al vernos pareció azorarse por algún motivo. Sin bajar el

periódico, se quitó ágilmente los quevedos con los dedos del pie, los limpió

en los pantalones y volvió a ponérselos. Después dejó el diario a un lado y

se levantó. Era alto, muy velludo; usaba un chaleco blanco y limpio y

pantalones de lino azul con tiradores. Los quevedos enmarcados en oro le

apretaban el ancho puente de la nariz, dándole aspecto extranjero; parecía

11

salido de una caricatura política publicada en algún diario de centro.

Retorció las orejas grandes y puntiagudas y dio varios pasos hacia nosotros.

—Bienvenidos a Tmuskorpion —dijo, con voz áspera, pero agradable

—. Permítame que me presente. Soy Fedia, el Abominable Hombre de las

Nieves.

Nos inclinamos en silencio.

—Son de abajo, ¿no? Gracias a Dios. Hace más de un año que los

espero... desde que me racionalizaron. Sentémonos. Todavía falta una hora

para la sesión vespertina de la Troika. Con permiso de ustedes, me gustaría

mucho que se presentaran a la reunión más o menos preparados. Claro que

yo no sé gran cosa, pero puedo decirles lo poco que sé.

CASO 42: EL VIEJO EDELWEISS

Cruzamos el umbral del cuarto de reuniones exactamente a las cinco

en punto. Nos habían puesto brevemente en antecedentes y estábamos

preparados para cualquier cosa; sabíamos que cabía esperar. Al menos, eso

creía yo. Debo admitir que las explicaciones de Fedia me habían calmado

hasta cierto punto. Pero Edi estaba deprimido. Su depresión me sorprendió,

pero la atribuí por completo al hecho de que Edi había sido siempre un

científico puro, sin contacto alguno con embarques perdidos, papeles y

formularios de gastos. Por eso su depresión me hacía sentir superior,

dotado de una experiencia más amplia. Me consideraba más maduro y

estaba preparado para actuar de acuerdo con eso.

En la sala había una sola persona. A juzgar por la descripción de

Fedia, era el camarada Zubo, comandante de la Colonia. Estaba sentado a

Читать дальше
Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

Похожие книги на «La historia comenzó así»

Представляем Вашему вниманию похожие книги на «La historia comenzó así» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.


Отзывы о книге «La historia comenzó así»

Обсуждение, отзывы о книге «La historia comenzó así» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.