aa - La historia comenzó así
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ascensor se estuviera quedando dormido durante el viaje. Se detuvo por
completo en el piso dieciséis. Apenas habíamos intercambiado unas cuantas
palabras con algunos guardias armados, que resultaron estar de guardia en
el Departamento del Tesoro Encantado, cuando el ascensor se alzó sobre las
patas traseras y galopó salvajemente hacia el cenit, con un relincho
metálico.
Se encendieron las luces, chasquearon los relés. La aceleración nos
aplastaba contra el piso. Edi y yo nos aferrábamos uno al otro para
mantenernos de pie. Los espejos reflejaban nuestras caras tensas y
sudorosas. Ya nos habíamos preparado para lo peor cuando el galope se
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transformó en trote corto y la fuerza se redujo a una g y media. Eso nos
animó.
El ascensor, provocándonos un vuelco en el corazón, se detuvo en el
piso cincuenta y siete. Se abrió la puerta y entró un hombre de edad
mediana, bastante corpulento, con un acordeón abierto. Expresó como al
descuido sus "¡Saludos a todo el mundo!" y oprimió el botón del piso
setenta y tres. Cuando el ascensor empezó a moverse se recostó contra la
pared, puso los ojos en blanco y comenzó a tocar suavemente "Ladrillitos".
—¿De abajo? —preguntó indolente, sin volverse hacia nosotros.
—De abajo —respondimos.
—¿Kammoedov sigue allá?
—Si.
—Bueno, denle saludos.
Y el extraño no nos prestó más atención. El ascensor subía
lentamente, temblando al ritmo de la canción. Edi y yo, de puro azorados,
nos dedicamos a estudiar las "Reglas para su Operación" grabadas en una
placa de bronce. Descubrimos que iba contra las reglas: que murciélagos,
vampiros y ardillas voladoras se posaran sobre la caja; salir a través de las
paredes en caso de parada de emergencia entre dos pisos; transportar
materiales inflamables o explosivos, así como envases que contuvieran
genios o dragones sin bozales a prueba de fuegos; que los espíritus
domésticos entraran al ascensor sin la compañía de seres humanos.
También estaba prohibido, sin excepción, crear ilusiones, dejarse ganar por
el sueño y brincar.
No tuvimos tiempo de leer todas las reglas. El coche se detuvo, bajó
el extranjero y Edi volvió a apretar el botón setenta y seis. En ese mismo
instante el ascensor se lanzó hacia arriba con una ferocidad que nos dejó
desvanecidos. Cuando recuperamos el sentido, la caja estaba inmóvil, con
la puerta abierta. Estábamos en el piso setenta y seis.
Nos miramos mutuamente y salimos con los pedidos sobre la cabeza
a manera de banderas blancas. No sé muy bien qué esperábamos, pero
tenía que ser algo malo.
Sin embargo no pasó nada terrible. Nos encontramos en un cuarto redondo,
vacío y muy polvoriento, de cielo raso gris, bajo. En el piso de parquet
había un canto rodado blanco que parecía la marca de una instalación
antitanque. A su alrededor había viejos huesos amarillentos. Aquel cuarto
olía a ratones y estaba muy oscuro. De pronto la puerta del ascensor se
cerró con un estruendo. Nos volvimos, estremecidos, pero sólo se veía el
techo del ascensor, que iba bajando.
Un horrible rugido llenó el cuarto y se apagó. Estábamos atrapados.
Yo deseaba desesperadamente bajar por las escaleras, lo antes posible,
pero la expresión extraviada de Edi me dio fuerzas. Adelanté la barbilla,
enlacé las manos a la espalda y caminé hacia el canto rodado con aire
escéptico y altanero.
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Tal como esperaba, aquella roca era una señal, tal como se la
encuentra con frecuencia en los cuentos de hadas. El cartel decía, mas o
menos:
Nº 1: Si vas hacia la derecha, perderás la cabeza.
Nº 2: Si vas hacia la izquierda no llegarás a ninguna parte.
Nº 3: Si vas en línea recta...
—Han borrado la última parte —explicó Edi—. Ajá, hay algo más
escrito en lápiz: "Estuvimos aquí...consultamos al pueblo...y la opinión es...
que debemos ir... en línea recta.
Firmado: L. Vuniukov".
Miramos hacia adelante. Ya habíamos habituado los ojos a la luz
difusa y pudimos distinguir las puertas. Había tres. Las que conducían a lo
que podía considerarse derecha e izquierda estaban claveteadas con tablas;
había un sendero marcado en el polvo entre el ascensor y la puerta del
centro, pasando por el canto rodado.
—Esto no me gusta nada —dije, con valiente franqueza—. Estos
huesos...
—Creo que son de marfil —observó Edi—. Pero eso no importa. Ya no
podemos volver, ¿no es así?.
—Tal vez pudiéramos escribir una nota y echarla por el hueco del
ascensor. De lo contrario desapareceremos sin dejar rastros.
—Alejo, no olvides que estamos en comunicación telepática. Es
embarazoso. Cálmate.
Me calmé. Volví a sacar la barbilla y avancé resueltamente hacia la
puerta del medio. Edi caminaba a mi lado.
—¡Hemos cruzado el Rubicón! —anuncié, pateando la puerta apenas
visible que decía "Empuje", y hubo que cruzar el Rubicón por segunda vez,
sin gestos de grandeza y con humillante aplicación de fuerza a los
poderosos resortes.
Del otro lado había un parque bañado de sol. Vimos senderos de
arena, cercos bien cortados y carteles de advertencia: "No camine por el
prado", "No coma el césped". Vimos un banco de plaza hecho en hierro, con
el respaldo roto, en el cual estaba sentado un hombre extraño que usaba
quevedos; leía un periódico y jugueteaba con los dedos de sus pies
descalzos. Al vernos pareció azorarse por algún motivo. Sin bajar el
periódico, se quitó ágilmente los quevedos con los dedos del pie, los limpió
en los pantalones y volvió a ponérselos. Después dejó el diario a un lado y
se levantó. Era alto, muy velludo; usaba un chaleco blanco y limpio y
pantalones de lino azul con tiradores. Los quevedos enmarcados en oro le
apretaban el ancho puente de la nariz, dándole aspecto extranjero; parecía
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salido de una caricatura política publicada en algún diario de centro.
Retorció las orejas grandes y puntiagudas y dio varios pasos hacia nosotros.
—Bienvenidos a Tmuskorpion —dijo, con voz áspera, pero agradable
—. Permítame que me presente. Soy Fedia, el Abominable Hombre de las
Nieves.
Nos inclinamos en silencio.
—Son de abajo, ¿no? Gracias a Dios. Hace más de un año que los
espero... desde que me racionalizaron. Sentémonos. Todavía falta una hora
para la sesión vespertina de la Troika. Con permiso de ustedes, me gustaría
mucho que se presentaran a la reunión más o menos preparados. Claro que
yo no sé gran cosa, pero puedo decirles lo poco que sé.
CASO 42: EL VIEJO EDELWEISS
Cruzamos el umbral del cuarto de reuniones exactamente a las cinco
en punto. Nos habían puesto brevemente en antecedentes y estábamos
preparados para cualquier cosa; sabíamos que cabía esperar. Al menos, eso
creía yo. Debo admitir que las explicaciones de Fedia me habían calmado
hasta cierto punto. Pero Edi estaba deprimido. Su depresión me sorprendió,
pero la atribuí por completo al hecho de que Edi había sido siempre un
científico puro, sin contacto alguno con embarques perdidos, papeles y
formularios de gastos. Por eso su depresión me hacía sentir superior,
dotado de una experiencia más amplia. Me consideraba más maduro y
estaba preparado para actuar de acuerdo con eso.
En la sala había una sola persona. A juzgar por la descripción de
Fedia, era el camarada Zubo, comandante de la Colonia. Estaba sentado a
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