aa - La historia comenzó así

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bastante regular. Al principio llegaban minutas de las reuniones de la

Comisión de Inspección del Comité de Economía Municipal; después de la

Comisión Especial para el Examen de la Situación; súbitamente fueron los

de la Troika Provisional para Examinar la Actividad del Comandante Zubo de

la Colonia de Fenómenos Inexplicados. Al cabo, tras tres informes seguidos

de "negligencia criminal", L. Vuniukov firmaba como Presidente de la Troika

para la Racionalización y Utilización de Fenómenos Inexplicados. El flamante

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triunvirato dejó entonces de enviar minutas, para reemplazarlas por

instrucciones y decretos. Estos documentos eran aterrorizantes en cuanto a

forma y contenido. Proporcionaban pruebas incontrovertibles de que la ex

comisión del Comité de Economía Municipal había usurpado el poder de

Tmuskorpion y que era incapaz de utilizar racionalmente ese poder.

—El mayor peligro —prosiguió Cristóbal Joséevich, con su voz pareja,

mientras chupaba el cigarro apagado— consiste en que esos pillos tienen en

sus manos el conocido Gran Sello Redondo. Espero que ustedes entiendan

lo que esto significa.

—Entiendo —respondió Edi, serenamente—. No se lo puede quitar ni

con un hacha.

Su claro rostro se nubló al agregar:

—¿Y si probáramos con el humanizador?

Cristóbal Joséevich miró a Fedor Simeonovich y se encogió de

hombros.

—Pueden probar, claro —replicó—. Pero temo que las cosas hayan

llegado demasiado lejos—

—N-n-no, ¿por qué dices eso? contraatacó Fedor Simeonovich—, P-p-

prueba, Edi. Allá arriba no son autómatas. A p-p-propósito, V-V-Vybegallo

también está allá.

—¿Cómo es eso?

Al parecer, tres meses antes se había enviado abajo un pedido de

asesor científico, con un sueldo fantástico. Nadie creyó en aquel

ofrecimiento, y menos que nadie el profesor Vybegallo, que en ese

momento estaba terminando un importante proyecto para desarrollar,

mediante reeducación, un gusano que se insertara solo en el anzuelo.

Vybegallo anunció a quien quiso escucharlo, en el Consejo Académico, que

ya no confiaba en ese ofrecimiento. Esa misma noche huyó abandonándolo

todo. Muchos lo vieron trepar, con el portafolios entre los dientes, por las

paredes interiores del hueco del ascensor, bajando en los pisos divisibles

por cinco para reponer fuerza en los bares. Una semana más tarde bajó un

decreto según el cual se establecía que el profesor A. A. Vybegallo había

sido nominado asesor científico de la Troika, con el sueldo ofrecido y

bonificaciones por su conocimiento de idiomas extranjeros.

—Gracias —dijo Edi, tan cortés—. Esas informaciones son muy

valiosas. ¿Vamos ya?

—Vayan, vayan, mis queridos amigos —dijo Fedor Simeonovich,

tocado en carne viva, mientras echaba una ojeada al cristal mágico—. Si, es

hora. Kammoedor está lleg-g-gando al final del d-d-discurso. T-t-tengan

cuidado allá, que es un lugar t-t-terrible.

—¡Y nada de emociones! —insistió Cristóbal Joseévich—. Si no

consiguen esas chinches y esas cajas, no importa. Ustedes son

exploradores. Nos mantendremos en contacto telepático unilateral con

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ustedes y seguiremos cada uno de sus movimientos. La meta primordial es

conseguir información.

—Comprendemos —dijo Edi.

Cristóbal volvió a inspeccionarnos.

—Deberían llevar a Modesto —murmuró—. El fuego se combate con

fuego.

Pero agregó, con un desolado gesto de la mano:

—Bueno, vayan. Buena suerte.

Nos fuimos. Edi dijo que a continuación debíamos pasar por su

laboratorio para recoger el humanizador. Últimamente se había dedicado

bastante a la humanización práctica. En su laboratorio había seis gabinetes

con aparatos experimentales, cuyo funcionamiento se reducía a reprimir

impulsos primitivos en las personas sujetas a sus rayos, para hacerlos

emerger orientados hacia lo racional, lo bueno y lo eterno. Con ayuda del

humanizador experimental, Edi había logrado curar a un filatélico, devolver

a dos descontrolados fanáticos del hockey a sus respectivas familias y poner

en vaina a dos calumniadores crónicos. Al presente estaba tratando de

curar a nuestro íntimo amigo Vitya Korneev de su insolencia, hasta

entonces sin éxito.

—¿Cómo vamos a cargar con todo esto? —pregunté, mirando

horrorizado los gabinetes.

Pero Edi me tranquilizó. Al parecer, la versión portátil estaba casi

terminada. No era tan eficiente, pero serviría para nuestros fines; al menos

eso esperaba Edi.

—Terminará de soldarlo allá —dijo, mientras se metía en el bolsillo la

plana caja de metal.

Cuando volvimos al descansillo, Modesto Matveevich estaba acabando

con su discurso.

—Pondremos un término a esto, también —afirmaba, con voz

ligeramente áspera. Porque, ante todo, el ascensor salvaguarda nuestras

vidas. Éste es el punto uno. Y ahorra horas de trabajo. El ascensor cuesta

dinero, prohibiremos categóricamente fumar en él.

Enseguida se volvió hacia la multitud y preguntó inesperadamente:

—¿Quienes son los voluntarios?

Varias voces respondieron, pero Modesto Matveevich rechazó a todos

los candidatos.

—Son demasiado jóvenes para andar por ahí en ascensor —anunció

—. Esto no es un espectroscopio, ya saben.

Edi y yo nos abrimos paso, silenciosamente, hasta pasar al frente de

la multitud.

—Queremos ir al setenta y seis —dijo Edi, tranquilamente.

Hubo un respetuoso silencio. Modesto Matveevich nos miró de la

cabeza a los pies con grandes dudas.

—Los veo débiles. Muy verdes. ¿Fuman?.

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—No —dijo Edi.

—De vez en cuando —dije yo.

Tikhon, el espíritu doméstico, salió corriendo de entre la multitud y

susurró algo al oído de Modesto Matveevich. Éste frunció los labios.

—Tendremos que verificar eso —dijo, tomando su cuaderno—. ¿Qué

lo lleva allá arriba, Amperian?

—La chinche parlante.

—¿Y a usted, Privalov?

—La Caja Negra.

—Hummm.

Modesto Matveevich hojeó su cuaderno. Al fin dijo:

—Correcto, están ubicados allá: la Colonia de Fenómenos

Inexplicados. A ver sus solicitudes.

Se las mostramos.

—Muy bien, vayan. No serán los primeros ni los últimos.

Nos hizo la venia. Se oyó una música triste. La multitud guardó

silencio mientras subíamos al ascensor. Yo estaba triste y asustado; recordé

entonces que no me había despedido de Estela.

—Allá los van a hacer puré —decía Modesto Matveevich a alguien—.

Lástima, son buenos tipos. Amperian ni siquiera fuma; los cigarrillos no

tocan sus labios.

La puerta metálica se cerró con estruendo. Edi apretó el botón del

piso setenta y seis sin mirarme siquiera. La puerta se cerró

automáticamente y se encendió un cartel que decía:

—"¡No fumar! ¡Ajustarse los cinturones!". Y partimos.

Al principio subió lenta y perezosamente, como una trucha

desganada. Se veía que no le gustaba ir a ninguna parte. Pasillos familiares,

las caras tristes de nuestros amigos y los carteles hechos a mano que

decían: "¡Héroe!". "¡No los olvidaremos!"; todo pasaba flotando hacia abajo.

En el piso trece nos saludaron por última vez. Enseguida el ascensor se

encaminó hacia territorios fuera del mapa.

Aparecieron y desaparecieron cuartos aparentemente deshabitados.

Los saltos se hicieron menos frecuentes y más débiles; era como si el

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