aa - La historia comenzó así
Здесь есть возможность читать онлайн «aa - La historia comenzó así» весь текст электронной книги совершенно бесплатно (целиком полную версию без сокращений). В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: Старинная литература, на английском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.
- Название:La historia comenzó así
- Автор:
- Жанр:
- Год:неизвестен
- ISBN:нет данных
- Рейтинг книги:4 / 5. Голосов: 1
-
Избранное:Добавить в избранное
- Отзывы:
-
Ваша оценка:
- 80
- 1
- 2
- 3
- 4
- 5
La historia comenzó así: краткое содержание, описание и аннотация
Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «La historia comenzó así»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.
La historia comenzó así — читать онлайн бесплатно полную книгу (весь текст) целиком
Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «La historia comenzó así», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.
Интервал:
Закладка:
bastante regular. Al principio llegaban minutas de las reuniones de la
Comisión de Inspección del Comité de Economía Municipal; después de la
Comisión Especial para el Examen de la Situación; súbitamente fueron los
de la Troika Provisional para Examinar la Actividad del Comandante Zubo de
la Colonia de Fenómenos Inexplicados. Al cabo, tras tres informes seguidos
de "negligencia criminal", L. Vuniukov firmaba como Presidente de la Troika
para la Racionalización y Utilización de Fenómenos Inexplicados. El flamante
6
triunvirato dejó entonces de enviar minutas, para reemplazarlas por
instrucciones y decretos. Estos documentos eran aterrorizantes en cuanto a
forma y contenido. Proporcionaban pruebas incontrovertibles de que la ex
comisión del Comité de Economía Municipal había usurpado el poder de
Tmuskorpion y que era incapaz de utilizar racionalmente ese poder.
—El mayor peligro —prosiguió Cristóbal Joséevich, con su voz pareja,
mientras chupaba el cigarro apagado— consiste en que esos pillos tienen en
sus manos el conocido Gran Sello Redondo. Espero que ustedes entiendan
lo que esto significa.
—Entiendo —respondió Edi, serenamente—. No se lo puede quitar ni
con un hacha.
Su claro rostro se nubló al agregar:
—¿Y si probáramos con el humanizador?
Cristóbal Joséevich miró a Fedor Simeonovich y se encogió de
hombros.
—Pueden probar, claro —replicó—. Pero temo que las cosas hayan
llegado demasiado lejos—
—N-n-no, ¿por qué dices eso? contraatacó Fedor Simeonovich—, P-p-
prueba, Edi. Allá arriba no son autómatas. A p-p-propósito, V-V-Vybegallo
también está allá.
—¿Cómo es eso?
Al parecer, tres meses antes se había enviado abajo un pedido de
asesor científico, con un sueldo fantástico. Nadie creyó en aquel
ofrecimiento, y menos que nadie el profesor Vybegallo, que en ese
momento estaba terminando un importante proyecto para desarrollar,
mediante reeducación, un gusano que se insertara solo en el anzuelo.
Vybegallo anunció a quien quiso escucharlo, en el Consejo Académico, que
ya no confiaba en ese ofrecimiento. Esa misma noche huyó abandonándolo
todo. Muchos lo vieron trepar, con el portafolios entre los dientes, por las
paredes interiores del hueco del ascensor, bajando en los pisos divisibles
por cinco para reponer fuerza en los bares. Una semana más tarde bajó un
decreto según el cual se establecía que el profesor A. A. Vybegallo había
sido nominado asesor científico de la Troika, con el sueldo ofrecido y
bonificaciones por su conocimiento de idiomas extranjeros.
—Gracias —dijo Edi, tan cortés—. Esas informaciones son muy
valiosas. ¿Vamos ya?
—Vayan, vayan, mis queridos amigos —dijo Fedor Simeonovich,
tocado en carne viva, mientras echaba una ojeada al cristal mágico—. Si, es
hora. Kammoedor está lleg-g-gando al final del d-d-discurso. T-t-tengan
cuidado allá, que es un lugar t-t-terrible.
—¡Y nada de emociones! —insistió Cristóbal Joseévich—. Si no
consiguen esas chinches y esas cajas, no importa. Ustedes son
exploradores. Nos mantendremos en contacto telepático unilateral con
7
ustedes y seguiremos cada uno de sus movimientos. La meta primordial es
conseguir información.
—Comprendemos —dijo Edi.
Cristóbal volvió a inspeccionarnos.
—Deberían llevar a Modesto —murmuró—. El fuego se combate con
fuego.
Pero agregó, con un desolado gesto de la mano:
—Bueno, vayan. Buena suerte.
Nos fuimos. Edi dijo que a continuación debíamos pasar por su
laboratorio para recoger el humanizador. Últimamente se había dedicado
bastante a la humanización práctica. En su laboratorio había seis gabinetes
con aparatos experimentales, cuyo funcionamiento se reducía a reprimir
impulsos primitivos en las personas sujetas a sus rayos, para hacerlos
emerger orientados hacia lo racional, lo bueno y lo eterno. Con ayuda del
humanizador experimental, Edi había logrado curar a un filatélico, devolver
a dos descontrolados fanáticos del hockey a sus respectivas familias y poner
en vaina a dos calumniadores crónicos. Al presente estaba tratando de
curar a nuestro íntimo amigo Vitya Korneev de su insolencia, hasta
entonces sin éxito.
—¿Cómo vamos a cargar con todo esto? —pregunté, mirando
horrorizado los gabinetes.
Pero Edi me tranquilizó. Al parecer, la versión portátil estaba casi
terminada. No era tan eficiente, pero serviría para nuestros fines; al menos
eso esperaba Edi.
—Terminará de soldarlo allá —dijo, mientras se metía en el bolsillo la
plana caja de metal.
Cuando volvimos al descansillo, Modesto Matveevich estaba acabando
con su discurso.
—Pondremos un término a esto, también —afirmaba, con voz
ligeramente áspera. Porque, ante todo, el ascensor salvaguarda nuestras
vidas. Éste es el punto uno. Y ahorra horas de trabajo. El ascensor cuesta
dinero, prohibiremos categóricamente fumar en él.
Enseguida se volvió hacia la multitud y preguntó inesperadamente:
—¿Quienes son los voluntarios?
Varias voces respondieron, pero Modesto Matveevich rechazó a todos
los candidatos.
—Son demasiado jóvenes para andar por ahí en ascensor —anunció
—. Esto no es un espectroscopio, ya saben.
Edi y yo nos abrimos paso, silenciosamente, hasta pasar al frente de
la multitud.
—Queremos ir al setenta y seis —dijo Edi, tranquilamente.
Hubo un respetuoso silencio. Modesto Matveevich nos miró de la
cabeza a los pies con grandes dudas.
—Los veo débiles. Muy verdes. ¿Fuman?.
8
—No —dijo Edi.
—De vez en cuando —dije yo.
Tikhon, el espíritu doméstico, salió corriendo de entre la multitud y
susurró algo al oído de Modesto Matveevich. Éste frunció los labios.
—Tendremos que verificar eso —dijo, tomando su cuaderno—. ¿Qué
lo lleva allá arriba, Amperian?
—La chinche parlante.
—¿Y a usted, Privalov?
—La Caja Negra.
—Hummm.
Modesto Matveevich hojeó su cuaderno. Al fin dijo:
—Correcto, están ubicados allá: la Colonia de Fenómenos
Inexplicados. A ver sus solicitudes.
Se las mostramos.
—Muy bien, vayan. No serán los primeros ni los últimos.
Nos hizo la venia. Se oyó una música triste. La multitud guardó
silencio mientras subíamos al ascensor. Yo estaba triste y asustado; recordé
entonces que no me había despedido de Estela.
—Allá los van a hacer puré —decía Modesto Matveevich a alguien—.
Lástima, son buenos tipos. Amperian ni siquiera fuma; los cigarrillos no
tocan sus labios.
La puerta metálica se cerró con estruendo. Edi apretó el botón del
piso setenta y seis sin mirarme siquiera. La puerta se cerró
automáticamente y se encendió un cartel que decía:
—"¡No fumar! ¡Ajustarse los cinturones!". Y partimos.
Al principio subió lenta y perezosamente, como una trucha
desganada. Se veía que no le gustaba ir a ninguna parte. Pasillos familiares,
las caras tristes de nuestros amigos y los carteles hechos a mano que
decían: "¡Héroe!". "¡No los olvidaremos!"; todo pasaba flotando hacia abajo.
En el piso trece nos saludaron por última vez. Enseguida el ascensor se
encaminó hacia territorios fuera del mapa.
Aparecieron y desaparecieron cuartos aparentemente deshabitados.
Los saltos se hicieron menos frecuentes y más débiles; era como si el
Читать дальшеИнтервал:
Закладка:
Похожие книги на «La historia comenzó así»
Представляем Вашему вниманию похожие книги на «La historia comenzó así» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.
Обсуждение, отзывы о книге «La historia comenzó así» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.