aa - La historia comenzó así
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—Babkin murió —repuso Khlebovvodov con autoridad—. Eso lo puedo
asegurar. En 1956. Claro, tenía un hijo varón. Pavel, creo. Eso significa que
su nombre era Pavel Eduardovich. Tiene un depósito de restos textiles en
Golitsyn, que está al sur de Moscú. Es buen comerciante, pero no creo que
se llame Pavel, después de todo.
Farfurkis sirvió un vaso de agua y se lo tendió al comandante. En el
silencio que siguió, sus tragos resonaron con fuerza. Lavr Fedotovich armó
un cigarrillo.
—Nadie es olvidado, nada se pasa por algo. Eso es bueno, Camarada
Farfurkis, le solicito anote en las minutas, en la sección Verificaciones, que
la Troika considera de interés tomar medidas para ubicar al hijo de Babkin,
Eduard Petrovich, a fin de determinar su nombre. El pueblo no necesita
héroes anónimos. No los queremos.
Farfurquis asintió y se apresuró a tomar nota.
—¿Ya ha bebido bastante? —preguntó Lavr Fedotovich observando al
comandante con sus prismáticos—. Continúe con su informe.
Lugar de trabajo y profesión al presente: Inventor jubilado —leyó el
comandante, con voz insegura—, Viajes al exterior: ninguno. Breve
descripción de lo inexplicado: una máquina heurística, es decir, un aparato
electrónico y mecánico que resuelve problemas de ingeniería, ciencia,
sociología o de otras especies. Parientes más cercanos: huérfano, sin
hermanos. Domicilio permanente: Novosibirsk, calle Shchukinskaia nº 23,
departamento 88. Eso es todo.
—¿Alguna moción? —preguntó Lavr Fedotovich, entornando sus
pesados párpados.
—Propongo que lo dejemos entrar —dijo Khlevovvodov—. ¿Por qué
sugiero esto? Porque ¿y si es Pavel?
—¿Alguna otra moción? —preguntó Lavr Fedotovich. Palpó la mesa en
busca del botón y no lo pudo encontrar; optó por dirigirse al comandante:
—Que entre el caso, camarada Zubo.
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El comandante se lanzó hacia la puerta, sacó la cabeza y volvió
inmediatamente, caminando de espaldas hasta su asiento. Detrás de él,
encorvado por el peso de una enorme caja negra, venía un viejecito
arrugado, de blusa larga con cinturón y pantalón militar de montar con
galones anaranjados. En el trayecto hacia la mesa intentó varias veces
detenerse para hacer una digna reverencia, pero la poderosa inercia de la
caja lo impulsaba siempre hacia delante. Quizá se habría producido alguna
desgracia si Edi y yo no hubiéramos atrapado al viejecito a pocos
centímetros del tembloroso Farfurkis. Yo reconocí al hombre, había ido
muchas veces al instituto, y a muchos otros institutos; una vez lo había
visto en la recepción del ministros suplente de Construcción de Máquinas
Pesadas, donde estaba primero en la cola, paciente, limpio y radiante de
entusiasmo. Era un viejecito bueno e inofensivo, pero desgraciadamente se
consideraba un puro instrumento de progreso científico y tecnológico.
Tomé la pesada carga y cargué con su invento hasta la mesa de
demostraciones. El anciano, libre al fin, se inclinó y dijo con voz temblorosa:
—Mis respetos, Edelweiss Zakharovich Mashkin, inventor.
—No es el mismo —dijo Khlebovvodov en voz baja—. No es el mismo
y ni siquiera se le parece. Ha de ser otro Babkin, alguien con el mismo
nombre, supongo.
—Si, señor —concordó el hombrecito, sonriendo—. He traído esto
para que lo juzgue el publico. El profesor Vybegallo, aquí presente, que Dios
le conceda larga vida, lo ha recomendado. Estoy listo para hacer una
demostración, cuando ustedes gusten, porque sin duda he abusado ya de la
bienvenida que me dieron en esta Colonia.
Lavr Fedotovich, que lo escrutaba atentamente, dejó sus prismáticos
y torció la cabeza. El viejo, yendo y viniendo, quitó la cubierta a la caja,
dejando al descubierto una voluminosa y antigua máquina de escribir. En
seguida sacó un rollo de cables de su bolsillo, sujetó un extremo en las
entrañas de la máquina, desenrolló el cable y lo enchufó.
—Allí está la máquina heurística, a su disposición —dijo el viejo—. Un
aparato electromecánico muy preciso para responder a cualquier pregunta,
específicamente sobre temas científicos y económicos. ¿Cómo funciona?
Como estoy escaso de fondos y me he visto frenado por mucho papeleo,
aún no me ha sido posible hacerlo totalmente automático. Las preguntas se
plantean verbalmente; yo las escribo a máquina y las hago entrar, las
someto a su atención, por así decirlo. Su respuesta, debido nuevamente a
la automatización incompleta, vuelve a ser escrita a máquina por mi. Vengo
a ser una especie de intermediario. ¡Ji Ji!. Si les parece podemos comenzar.
Se acercó a la máquina y la encendió con un gesto grandilocuente. En
el interior brilló una luz de neón.
—Por favor —repitió el anciano.
—¿Qué es esa luz? —preguntó Farfurkis, curioso.
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El anciano golpeó inmediatamente las teclas, arrancó el papel del
rodillo y corrió hasta Farfurkis. Éste leyó en voz alta:
—Pregunta: ¿Qué es esa...hum...esa...ñi... ñiz? ¿O ñix? ¿Qué
significa ñiz?
—Esa "luz" —explicó el viejo, entre risitas, frotándose las manos. Es
código.
Arrebató el papel a Farfurkis y volvió junto a la máquina, siempre
corriendo.
—Esa era la pregunta —explicó, mientras volvía a poner la hoja en el
rodillo—. Ahora veremos que contesta.
Los miembros de la Troika observaban con interés. El profesor
Vybegallo resplandecía de paternal orgullo; con movimientos elegantes y
refinados, se quitaban la basura de la barba. Edi se había hundido en una
apática tristeza. Mientras tanto, el viejo escribía a máquina. Al cabo volvió a
sacar el papel.
—Aquí está la respuesta, si quieren verla.
Farfurkis leyó:
—En mi intedior tengo una... hum... una neoneta. ¿Qué es una
neoneta?
—Eine Sekunde! —gritó el inventor.
Le arrebató la hoja y corrió nuevamente a la máquina de escribir.
Así prosiguieron las cosas. La máquina dio una iletrada explicación de
lo que es una lámpara de neón; después respondió a Farfurkis explicándole
que escribía "intedior", según las reglas de la gramática, tras lo cual:
Farfurkis: ¿Qué gramática?
Máquina: Caramba, su propia gram. rusa.
Khlebovvodob: ¿Conoce usted a Eduard Petrovich Babkin?
Máquina: Pues no.
Lavr Fedotovich: ¡Ejem! ¿Hay alguna moción?
Máquina: Reconocerme como un hecho científico
El viejo corría de aquí para allá, escribiendo con increíble celeridad. El
comandante saltaba de entusiasmo en la silla, repitiendo el signo de la
victoria. Edi recobraba lentamente su equilibrio psíquico.
Khlebovvodov (irritado): No puedo trabajar en estas condiciones. ¿A qué
viene tanto correr de aquí para allá, como una lata en el viento?
Máquina: Se debe a mi ansiedad.
Khlebovvodov: ¿Quiere sacarme ese papel de aquí? ¿No ve que no le estoy
preguntando nada?
Máquina: Si, veo.
Finalmente la Troika comprendió que si deseaba poner fin en algún
momento a la reunión de ese día, era necesario dejar de hacer preguntas,
aunque fueran retóricas. Reinó el silencio. El viejo, que a esta altura estaba
bastante cansado, se acomodó en el borde de una silla, jadeante, para
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secarse la frente con el pañuelo. Vybegallo miró orgullosamente a su
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