aa - La historia comenzó así
Здесь есть возможность читать онлайн «aa - La historia comenzó así» весь текст электронной книги совершенно бесплатно (целиком полную версию без сокращений). В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: Старинная литература, на английском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.
- Название:La historia comenzó así
- Автор:
- Жанр:
- Год:неизвестен
- ISBN:нет данных
- Рейтинг книги:4 / 5. Голосов: 1
-
Избранное:Добавить в избранное
- Отзывы:
-
Ваша оценка:
- 80
- 1
- 2
- 3
- 4
- 5
La historia comenzó así: краткое содержание, описание и аннотация
Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «La historia comenzó así»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.
La historia comenzó así — читать онлайн бесплатно полную книгу (весь текст) целиком
Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «La historia comenzó así», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.
Интервал:
Закладка:
una mesa baja, con una carpeta abierta, y parpadeaba con una excitación
apenas contenida. Era muy flaco y tenía los labios en constante
movimiento; sus ojos eran blancos como los de una estatua. Al principio no
reparó en nosotros. Sin decir nada, buscamos asientos bajo el letrero mural
que decía "Representantes". La sala tenía tres ventanas; junto a la puerta
había una desnuda mesa de demostración. Contra la pared opuesta, otra,
enorme, cubierta con un tapete verde. En un rincón se erguía una
detestable caja fuerte pintada de marrón; a su lado, la mesa del
comandante, llena de sobres de papel madera. Y había una mesa más en la
habitación, bajo el cartel de "Asesor Científico", así como un gigantesco
estandarte de paño que cubría una pared y media, que decía: "El pueble no
necesita sensacionalismo insano. El pueblo necesita sensacionalismo sano".
Miré a Edi. Tenía los ojos clavados en el estandarte y estaba completamente
atónito.
De pronto el comandante levantó la vista, aspiró con fuerza por la
enorme nariz y descubrió nuestra presencia.
—¡Forasteros!
12
Nos levantamos y le hicimos una reverencia. El comandante, sin
quitarnos los ojos de encima, abandonó su mesita y se acercó a nosotros
con unos pocos pasos firmes. Se detuvo ante Edi y le tendió la mano. Edi el
cortés, con una débil sonrisa, se la estrechó y se presentó. Después,
retrocediendo un paso, repitió la reverencia. El comandante parecía
conmovido. Por unos cuantos segundos permaneció en posición de firme;
después acercó la mano a la cara y la examinó suspicazmente. Algo andaba
mal. Parpadeó con rapidez y revisó el piso junto a sus pies, como si buscara
algo que había dejado caer. En esos momentos comprendí.
—¿Los documentos! ¿Muéstrale los documentos!
El comandante, con una sonrisa nerviosa, no dejaba de mirar a su
alrededor. Edi se apresuró a mostrarle la cédula de identidad y su nota de
pedido; después la fotografía del documento; como postre la cara de Edi. El
parecido entre la foto y el original lo llenó de obvia alegría.
—¿Encantadísimo! —exclamó—. Me llamo Zubo. Comandante. Es un
placer darle la bienvenida. Póngase cómodo, camarada Privalov, como si
estuviera en su casa.
—¿Y algún hotel? —pregunté, en tono práctico.
Se me ocurrió que sería la mejor forma de hablar con él, pero estaba
equivocado. Mi pregunta cayó en oídos sordos. Estaba examinando la nota
de pedido.
—Caja, Negra, Ideal —murmuró—... Si, tenemos una que todavía no
ha sido examinada, camarada Amperian. No sé, no sé. Todo depende de
Lavr Fedotovich. Yo que usted no estaría muy tranquilo.
De pronto cerró el pico, prestó atención y salió volando hacia su
asiento. Desde el vestíbulo llegó ruido de pasos, voces y alguna tos. Se
abrió la puerta, empujada por mano enérgica, y la Troika, aquel poderoso
triunvirato, hizo su aparición con todo su complemento: los cuatro
miembros.
Lavr Fedotovich Vuniukov, que respondía perfectamente a su
descripción (blanco, delgado y fuerte) avanzó hacia su asiento sin mirar a
nadie. Se sentó, puso ante sí el gran portafolios y lo abrió con garboso
ademán; enseguida empezó a acomodar sobre el tapete verde todos los
objetos necesarios para una presidencia eficaz: un papel secante
enmarcado en cuero de cocodrilo, una colección de lapiceras en estuche
forrado de cuero de ternerito, un atado de cigarrillos Herzegovina—Flor, un
encendedor cuya forma imitaba el Arco de Triunfo y un par de prismáticos
para el teatro.
Rudolf Arkhipovich Khlebovvodov, despeinado y amarillento, se sentó
a su izquierda y empezó inmediatamente a susurrarle algo al oído, mientras
paseaba los ojos sin rumbo fijo, de rincón a rincón.
Farfukis, pelirrojo y mofletudo, no tomó asiento a la mesa. En un
gesto democrático, se sentó en una silla de madera frente al comandante,
13
abrió un grueso cuaderno de tapas gastadas e hizo enseguida alguna
anotación.
El asesor científico, profesor Vybegallo, a quien reconocimos sin
necesidad de descripción, nos miró con indiferencia, frunció el ceño y dirigió
la vista al cielo raso, como si tratara de recordar dónde nos había visto. Tal
vez lo recordó, tal vez no, pero se sentó a la mesa y se preparó para sus
importantes funciones: empezó a acomodar la Pequeña Enciclopedia
Soviética volumen por volumen, sobre su escritorio.
—¡Ejem! —dijo Lavr Fedotovich.
Echó a su alrededor una mirad capaz de penetrar las paredes. Todos
estaban listos: Khlebovvodov susurraba; Farfurkis hacía una segunda
anotación; el comandante, como un escolar en sus preparativos de último
momento, hojeaba histéricamente sus papeles; Vybegallo acomodaba ya el
volumen seis. En cuanto a los representantes (es decir nosotros) no
parecíamos tener importancia. Miré a Edi y aparté rápidamente los ojos;
estaba próximo a la desmoralización total; la aparición de Vybegallo había
sido la última gota.
—Se declara abierta la sesión vespertina de la Troika —dijo Lavr
Fedotovich—, ¡A continuación! Su informe, por favor, camarada Zubo.
El comandante se levantó de un salto, con la carpeta abierta, y
pronunció en voz muy aguda;
—"Caso 42; Apellido: Mashkin. Nombre: Edelweiss. Patronímico:
Zakharovich.
—¿Desde cuándo se convirtió en Mashkin? —preguntó Khlebovvodov,
desdeñoso—. ¡Babkin, no Mashkin! Babkin, Edelweiss Zakharovich. Trabajé
con él hace tiempo, en la Comisión de Asuntos Granjeros. Edi Babkin, un
tipo recio; le encantaba la crema espesa. Y por otra parte no se llama
tampoco Edelweiss. Es Eduard. Eduard Petrovich Babkin.
Lavr Fedotovich volvió lentamente hacia él una cara pétrea.
—¿Babkin? —dijo—. No recuerdo. Continúe, camarada Zubo.
—Patronímico: Zakharovich — prosiguió el comandante, con la mejilla
retorcida por un tic nervioso—. Fecha y lugar de nacimiento: 1942, ciudad
de Smolensk. Nacionalidad...
—¿E—dul—weiss o E—dol—weiss? —preguntó Farfukis.
—E—delweiss —aclaró el comandante—. Nacionalidad: bielorruso.
Educación: Secundario general incompleto, secundario técnico incompleto.
Conocimiento de idiomas extranjeros: ruso, con fluidez; ucraniano y
bielorruso, con diccionario. Lugar de trabajo...
Klebovvodov se dio una súbita palmada en la frente, con gran ruido.
—¡Claro que no! —gritó—. ¡Ha muerto!
—¿Quién ha muerto? preguntó Lavr Fedotovich, secamente.
¡Ese Babkin! Lo recuerdo como si hubiera sido ayer: murió de un
ataque al corazón en 1956. Había llegado a director financiero de la
14
Sociedad Rusa de Experimentadores Naturales. Y murió. Así que debe haber
algún error.
Lavr Fedotovich tomó los prismáticos para estudiar al comandante, que
había perdido el habla.
—¿Incluye su informe el hecho de su muerte? —preguntó.
—Por Dios que me... —balbuceó el comandante— ¿Qué muerte? Está
vivo ahí, en la sala de espera.
—Un momento —interrumpió Farfurkis—. Permítame, Lavr Fedotovich
camarada Zubo, ¿quién es el que está esperando ahí afuera? Pero sea
exacto. Apellido, nombre y patronímico.
—¡Babkin! —exclamó el comandante desesperado—. No, no ¿qué
estoy diciendo? Babkin no, ¡Mashkin! Es Mashkin el que está esperando.
Edelweiss Zakharovich.
—Comprendo —dijo Farfurkis—. ¿Y dónde está Babkin?
Читать дальшеИнтервал:
Закладка:
Похожие книги на «La historia comenzó así»
Представляем Вашему вниманию похожие книги на «La historia comenzó así» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.
Обсуждение, отзывы о книге «La historia comenzó así» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.