aa - La historia comenzó así

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efectiva cercana al cero absoluto. El viejo Cristóbal Joséevich Junta, director

del departamento del Significado de la Vida y doctor en las ciencias más

inconcebibles, se moría por conseguir el único ejemplar sobreviviente del

Sueño Sin Alas con destino a la Tierra, para disecarlo; el los últimos

veinticinco años había intentado cuanto menos seis veces quebrar las

barreras que lo separaban del piso setenta y seis, utilizando sus formidables

poderes de translación vertical. Pero ni siquiera él había tenido éxito: de

acuerdo con los proyectos astutos de los antiguos arquitectos, todos los

pisos, por encima del trece, estaban sólidamente bloqueados contra

cualquier tipo de translación.

De ahí que un lanzamiento efectivo del ascensor hubiera significado

una nueva época en la vida de nuestra comunidad.

Nos detuvimos ante la oficina de Fedor Simeonovich; el viejo espíritu

doméstico Thikon, limpio y presentable, nos abrió alegremente la puerta.

Entramos. Fedor Simeonovich Kivrin no estaba solo. El oliváceo Cristóbal

Joseévich Junta estaba cómodamente tirado en la suave silla, tras la gran

mesa de trabajo, chupando un aromático habano. Fedor Simeonovich en

persona, con los lardos dedos metidos en sus coloridos tiradores, se

paseaba por la oficina con la cabeza inclinada; estaba tratando de caminar a

lo largo del borde exacto de la alfombra persa. En la mesa había vasos de

cristal con las Frutas del Paraíso: las grandes, rosadas manzanas del

Conocimiento del Mal, las manzanas de aspecto incomible, pero a pesar de

todo perforadas por los gusanos, del Conocimiento del Bien. Junto al codo

de Cristóbal Joseévich había un plato de porcelana lleno de tallos y

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corazones. Al detectar nuestra presencia, Fedor Simeonovich se detuvo en

seco.

—Aquí están, en persona —dijo, sin su habitual sonrisa—. S-s-

siéntense, p-p-por favor. Estamos escasos de t-t-tiempo. K-K-K-Kamnoedoy

es un tiro al aire, pero llegará pronto. C-Cristo, por qué no les explicas las

circunstancias. A mí siempre me s-s-sale mal.

Nos sentamos. Cristóbal Joséevich, guiñando el ojo derecho a causa

del humo, nos miró con ojo crítico.

—Yo les explicaré, si quieres —dijo a Fedor Simeonovich—. Dadas las

circunstancias, jóvenes, los primeros en llegar al piso setenta y seis

deberían ser aquellos que, entre nosotros, demuestren la mayor experiencia

y sabiduría. Lamentablemente la administración piensa que somos

demasiado viejos y venerables para ir en el primer lanzamiento

experimental. Por lo tanto irán ustedes, y les prevengo desde ya que éste

no será un viaje sencillo, sino una excursión de reconocimiento, y tal vez de

reconocimiento bajo fuego. Necesitarán resistencia, coraje y la mayor

discreción. Personalmente no veo en ustedes esas cualidades, pero me

atengo a la recomendación de Fedor Simeonovich. Y en todo caso deben

ustedes saber que, muy probablemente, se encontrarán en territorio

enemigo: un enemigo despiadado y cruel, que no se detendrá ante nada.

Ese prefacio me hizo empezar a sudar, pero enseguida Cristóbal

Joséevich inició la explicación de cómo habían sido las cosas.

Resultó que en el piso setenta y seis estaba la antigua ciudad de

Tmuskorpion, tomada como trofeo de guerra por el vengativo príncipe Oleg,

el Profético. Desde tiempos inmemoriales, Tmuskorpion era el centro de

fenómenos extraños y la sede de sucesos desacostumbrados. Por qué,

nadie lo sabía, pero cualquier cosa que no pudiera ser racionalmente

explicada, en cualquier etapa del progreso científico y tecnológico, era

enviada allí para que la preservaran hasta mejor oportunidad.

En los días de Pedro el Grande, al tiempo que se fundaba en San

Petersburgo el Kinstkamera, su famoso museo, las autoridades locales de

Solovetsk (representadas por el teniente Bombadier Ptakha y su compañía

de granaderos) instaló en la ciudad de Tmuskorpion la "Cámara de Su

Majestad Imperial para Conocimientos Maravillosos y Sorprendentes, con

una Prisión y Dos Baños de Vapor". En aquellos días el piso setenta y seis

era el segundo; por lo tanto resultaba mucho más fácil entrar a la Cámara

de Conocimientos de Su Majestad Imperial que a los baños. Pero más tarde,

a medida que crecía el Edificio del Conocimiento, el acceso a él se fue

tornando más y más difícil. Al aparecer el ascensor se imposibilitó por

completo. Mientras tanto la Cámara de Conocimientos, seguía creciendo,

enriquecida por nuevos ejemplares. Bajo el gobierno de Catalina la Grande

se convirtió en Museo Imperial de Maravillas Naturales, Zoológicas y de

otras Clases; Alejandro II lo transformó en Reserva Imperial Rusa de

Fenómenos Mágicos, Espirituales y Ocultistas; finalmente acabó en Colonia

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Estatal de Fenómenos No Explicados, dependiente del Instituto de

Investigación de Magia y Hechicería de la Academia de Ciencias.

Las destructivas consecuencias de la invención del ascensor

impidieron la explotación de aquel tesoro para la investigación científica. La

correspondencia comercial con la administración resultaba extremadamente

difícil e inevitablemente demorada: los cables que se bajaban con

correspondencia se rompían por su propio peso, las palomas mensajeras se

rehusaban a volar tan alto, las comunicaciones radiales eran inestables

debido al atraso de la tecnología de Tmuskorpion y el uso de artefactos más

livianos que el aire sólo resultaron en innecesario desperdicio de las

limitadas reservas de helio. Pero todo eso ya es historia.

Hace unos veinte años, el condenado ascensor dejó en el piso setenta

y seis a la Comisión Inspectora del Comité de Solovetsk sobre Economía

Municipal. Habían ido simplemente a analizar una tubería obstruida en los

Laboratorios del Profesor Vybegallo, del cuarto piso. Lo que en verdad

ocurrió no se sabe. Vybegallo, que aguardaba a la comisión en el cuarto

piso, cuenta que el ascensor pasó frente a él con un rugido aterrorizante; la

puerta de vidrio le permitió ver por un instante varias caras distorsionadas,

y en seguida la horripilante visión desapareció.. Exactamente una hora

después, la caja del ascensor fue descubierta en el piso trece, cubierta de

espuma, resoplando y aún temblorosa de excitación. La comisión no estaba

allí; había una nota pegada a la pared, redactada al dorso de un formulario

para informar sobre condiciones insatisfactorias. Decía: "Salgo a examinar.

Veo una roca extraña. El camarada Farfurkis ha sido reprendido por

meterse en el monte. L. Vunikiov, presidente de la Comisión".

Por largo tiempo nadie supo en qué piso habían bajado L. Vunikiov y

sus subordinados. Vino la policía e hizo muchas preguntas incómodas. Un

mes más tarde se encontraron sobre el techo del ascensor dos paquetes

lacrados dirigidos al jefe del Comité de Economía Municipal; uno contenía

una serie de decretos escritos en papel de cigarrillo, registrando

reprimendas al camarada Farfurkis o al camarada Khlebovvodov, en su

mayoría por dar muestras de individualismo y por cierto inexplicable

"zuboísmo". El segundo paquete contenía el material para un informe de la

cañería en Tmuskorpion (se afirmaba que las condiciones eran

insatisfactorias) y un pedido de pago adicional dirigido a Contaduría en

virtud de trabajos a gran altura.

Después de esto la correspondencia proveniente de arriba se tornó

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