aa - La historia comenzó así

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hacia los bosques con provisión de mercaderías para un mes. Los turistas

ofrecían sus servicios para capturar al monstruo, siempre que nos

hiciéramos cargo de sus gastos de viaje.

Un habitante de Tmuskorpion, P. P. Zaiadlyi, expresaba su disgusto

porque el parque municipal estaba sembrado de monstruos en abundancia

tal que era imposible dar un simple paseo. Todo era culpa del comandante

Zubo, que utilizaba los sobrantes de la cocina de la Colonia para alimentar a

tres cerdos de su propiedad y a su cuñado, un parásito inútil.

Un médico rural, de la aldea de Bubnovo, escribía para comunicar que

durante una operación de estómago practicada al ciudadano Pantsermanov,

de ciento quince años de edad, había descubierto una antigua moneda

sogdiana en su apéndice. El facultativo llamaba la atención sobre el hecho

de que el difunto Pantsermanov nunca había estado en Asia Central ni había

visto hasta entonces la moneda descubierta. Las cuarenta y dos páginas

restantes de la carta revelaban la alta erudición del médico con respecto a

la telepatía, la telekinesis y la cuarta dimensión. Adjuntaba tablas, gráficos

y fotografías de la moneda de tamaño natural, del anverso y del reverso.

Se actuó pensativamente y con calma. Tras la lectura de cada carta

había una larga pausa, llena de profundas interjecciones. Después Lavr

Fedotovich encendía un Herzegovina—Flor, volvía la mirada hacia Vybegallo

y pedía al camarada asesor científico que redactara el borrador de una

respuesta en nombre de la Troika. Vybegallo sonreía ampliamente con sus

labios rojos, se alisaba la barba con las dos manos y, pidiendo permiso para

no levantarse, leía la respuesta. Éstas no estaban contaminadas jamás por

la variedad; la respuesta común era; "Estimado señor (o señora, o

señores): Hemos recibido y leído su interesante carta. Los hechos que usted

describe son bien conocidos para la ciencia y no resultan de su interés. Sin

embargo, le agradecemos calurosamente su buena voluntad y le deseamos

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éxito en su trabajo y en su vida privada". Firma. Eso era todo. En mi

opinión, era la mejor invención de Vybegallo. Uno no podía dejar de sentirse

satisfecho al enviar esa carta como respuesta a alguna declaración que

dijera: "El señor Shchin ha perforado un agujero en mi pared y está

lanzando por él gases venenosos".

La máquina prosiguió con mortífera monotonía. El comandante

zumbaba nasalmente. Lavr Fedotovich eructaba. Vybegallo chasqueaba los

labios. Me atacó una mortal apatía; sabía que esto era la perdición, que

estaba cayendo en un pantano de entropía espiritual, pero ya no quería

seguir luchando. "De acuerdo", pensaba. "¿Y qué? Hay gente que vive así.

Todo ser racional es verdadero, y todo ser verdadero es racional. Y en tanto

sea racional debe ser bueno. Y puesto que es bueno, es probablemente

eterno. Y en realidad, ¿qué diferencia hay entre Lavr Fedotovich y Fedor

Simeonovich Kivrin? Los dos son inmortales, los dos son omnipotentes.

¿Para qué discutir? No comprendo. ¿Qué necesita el hombre? ¿Misterios? Yo

no los necesito. ¿Conocimientos? ¿Para qué saber cosas si el sueldo es

bueno de cualquier modo? Y Lavr Fedotovich tiene sus cosas buenas. No

piensa por si mismo y tampoco permite que los demás lo hagan. No permite

que sus compañeros de trabajo se esfuercen demasiado. Es un buen

hombre, y atento. Y será fácil adelantar bajo su mando. Será fácil

deshacerse de Farfurkis y Khlebovvodov. Después de todo son tontos; no

hacen más que minar la autoridad de la jefatura. Y la autoridad debe ser

apuntalada. Si Dios no ha dado un buen cerebro al jefe, al menos debe

dársele autoridad. Uno le da autoridad y el da todo lo demás. Lo importante

es ser útil para él, convertirse en su mano derecha, o al menos en la

izquierda.

Y así habría perecido yo, envenenado por las horribles emanaciones

de Gran Sello Redondo y la banda de plomeros; cuanto más, habría

acabado mis días como un ejemplar más en el vivarium de nuestro

Instituto. También Edi habría perecido. Aún se movía, aún tomaba posturas

y actitudes, pero todo era una representación. En realidad, según me

confesó más tarde, estaba tratando de imaginar cómo hacía para

deshacerse de Vybegallo y conseguir un terreno en los suburbios, a fin de

edificar. Sí, seguramente habríamos perecido. Nos habrían arrollado, sacado

ventaja de nuestra depresión y de nuestra falta de esperanzas.

Pero en ese momento un trueno silencioso conmovió nuestro

universo. Recobramos el sentido. La puerta se abrió. Fedor Simeonovich y

Cristóbal Joséevich estaban ante nosotros.

Su furia era indescriptible; su aspecto, aterrador. Bajo sus miradas

humearon las paredes y se fundieron las ventanas. El estandarte que

hablaba del pueblo y del sensacionalismo estalló en llamas. La casa se

estremeció, el piso de parquet quedó combado y las sillas sucumbieron con

las patas debilitadas por el terror. Ni siquiera la Troika logró soportarlos.

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Khlebovvodov y Farfurkis, señalándose mutuamente con dedos

temblorosos, aullaron al unísono:

—¡No fui yo! ¡La culpa es de él!

En seguida se convirtieron en humo amarillo y desaparecieron sin

dejar rastros.

El profesor Vybegallo chilló:

Mon Dieu !

Y se arrojó bajo su mesa. Desde allí alargó su gran portafolios a los

dioses del trueno:

Cést todo el material, o sea, ¡allí tengo todas las pruebas contra

esos pillos!

El comandante se tironeó del cuello de la camisa y cayó arrodillado.

En cuanto a Lavr Fedotovich, percibió cierto malestar en torno a su

persona y volvió ansiosamente la cabeza. Se levantó, apoyándose en el

tapete verde.

Fedor Simeonovich se acercó a nosotros, nos abrazó y nos estrechó

contra su amplio estómago. Caímos contra él, entrechocándonos las

cabezas.

—Ya pasó, ya pasó —dijo—. T-T-todo ha salido b-b-bien, muchachos.

Aguantaron t-t-tres días. Mara-v-villoso.

Vi entre mis lágrimas a Cristóbal Joséevich, que blandía su bastón,

acercarse a Lavr Fedotovich, y decirle entre dientes:

—Salga.

Lavr Fedotovich reveló lentamente su sorpresa.

—El pueblo... —comenzó.

—¡FUERA!

Se miraron por un instante, con ojos desorbitados. Algún resto

humano cruzó brevemente el rostro de Lavr Fedotovich: tal vez vergüenza,

tal vez temor, tal vez enojo. Con lentitud fue guardando en su portafolios

los atributos de la presidencia.

—Hay una moción: en vista de las circunstancias especiales, la sesión

de la Troika quedará pospuesta por período indeterminado.

—Por siempre —dijo Cristóbal Joséevich Junta, apoyando el bastón

sobre la mesa.

—Ejemmm —dijo Lavr Fedotovich, como si dudara.

Salió tras de la mesa a paso majestuoso, sin mirar a nadie, y se

dirigió hacia la puerta. Antes de marcharse anunció:

—Hay una opinión con respecto a que deberíamos encontrarnos

nuevamente en otro sitio y en otro momento.

—Lo dudo —respondió Junta, desdeñoso, mientras despuntaba su

cigarro.

En realidad volvimos a encontrarnos con Lavr Fedotovich en otro sitio

y en otro momento.

Pero ésa, por supuesto, es otra historia.

86

Escaneado por Hugo-h

Marzo 2003

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Leyendas de la Troika1

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