aa - La historia comenzó así
Здесь есть возможность читать онлайн «aa - La historia comenzó así» весь текст электронной книги совершенно бесплатно (целиком полную версию без сокращений). В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: Старинная литература, на английском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.
- Название:La historia comenzó así
- Автор:
- Жанр:
- Год:неизвестен
- ISBN:нет данных
- Рейтинг книги:4 / 5. Голосов: 1
-
Избранное:Добавить в избранное
- Отзывы:
-
Ваша оценка:
- 80
- 1
- 2
- 3
- 4
- 5
La historia comenzó así: краткое содержание, описание и аннотация
Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «La historia comenzó así»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.
La historia comenzó así — читать онлайн бесплатно полную книгу (весь текст) целиком
Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «La historia comenzó así», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.
Интервал:
Закладка:
había tenido gran respeto por mi habilidad. Le encantaría trabajar conmigo
en la subcomisión de las chinches, siempre me había tenido presente y, en
general, siempre tenía presente a nuestra maravillosa, bien dotada
juventud. Su corazón estaba eternamente con los jóvenes, aunque no
cerraba los ojos a sus fallas fundamentales. La juventud de hoy no lucha
bastante, no presta bastante atención a la lucha, no tiene voluntad de
luchar más, de luchar para que la lucha sea la verdadera, la primordial meta
de la lucha, y si nuestra maravillosa y bien dotada juventud lucha tan poco,
entonces tendremos muy poca oportunidad de convertirnos en una
verdadera juventud luchadora, siempre comprometida en la lucha para
convertirse en un verdadero luchador que lucha para que la lucha sea...
Vimos el plesiosaurio desde lejos; era algo así como un mango de
paraguas que sobresalía del agua a un kilómetro y medio de la costa. Llevé
el coche hasta la playa y allí estacioné. Farfurkis seguía luchando con las
permutaciones gramaticales en nombre de la juventud luchadora, pero
Khlebovvodov saltó enseguida del coche y abrió la puerta para que bajara
Lavr Fedotovich. Éste no tenía ganas de bajar. Miró a Khlebovvodov con
expresión benévola y anunció que había agua en el lago, que la sesión
estaba oficialmente abierta y que el camarada Zubo tenía la palabra.
La comisión se instaló en el pasto, en torno del auto. El humor había
cambiado un poco. Farfurkis se desabotonó la camisa y yo me la quité, para
no perder la oportunidad de acentuar mi bronceado. El comandante,
quebrando todas las reglas, leyó la ficha correspondiente al plesiosaurio
llamado Liza, pero nadie lo escuchó. Lavr Fedotovich contemplaba
soñadoramente el lago, como si se tratara de decidir si el pueblo lo
necesitaba o no, mientras Khlebovvodov contaba a Farfurkis, sotto voce ,
que una vez había sido presidente del Teatro Kolkhoz de Comedia Musical,
donde solía sacar quince lechones por año de cada cerda. La avena se
68
agitaba a cinco o seis metros de nosotros, las vacas pastaban a la distancia,
y era comprensible que la conversación se inclinara hacia temas agrícolas.
Cuando el comandante hubo terminado de leer el breve resumen de
lo inexplicado, Khlebovvodov hizo un nuevo comentario: que la pleuresía
era una enfermedad peligrosa; le asombraba que se le permitiera andar
suelta por ahí. Farfurkis y yo pasamos largo rato tratando de explicarle que
pleuresía y plesiosaurio eran dos cosas totalmente distintas. De cualquier
modo Khlebovvodov no abandonó su posición, citando como referencia la
revista Ogonek, donde había descripciones numerosas y precisas de
plesiosaurios fosilizados.
—No me van a confundir —dijo—. Soy buen lector, aunque no tenga
educación universitaria.
Farfurkis renunció, pero yo seguí discutiendo hasta que Khlebovvodov
sugirió que llamáramos al plesiosaurio para preguntárselo.
—No sabe hablar —dijo el comandante, arrodillándose a nuestro lado.
—No importa —replicó Khlebovvodov—. Nos daremos cuenta.
Después de todo tenemos que verlo, sea como sea. Al menos así servirá de
algo.
—Ejemmm —dijo Lavr Fedotovich— ¿Alguna pregunta para el orador?
¿No? Haga pasar el caso, camarada Zubo.
El comandante se levantó de un salto y echó a correr por la costa. Al
principio gritó ásperamente:
—¡Liza, Liza!
Pero puesto que el plesiosaurio parecía ser sordo, se quitó la
chaqueta y comenzó a agitarla como un náufrago que viera una vela en el
horizonte. Liza seguía sin dar señales de vida.
—Está dormida —dijo el comandante, fastidiado—. Apuesto a que se
ha llenado la panza y está dormida.
Corrió por allí y repitió las señales. Después me pidió que tocara un
bocinazo. Lo hice. Lavr Fedotovich, recostándose sobre la capota, examinó
al plesiosaurio con sus prismáticos. Yo seguí haciendo sonar la bocina
durante cosa de dos minutos, pero al cabo informé que si seguía nos
quedaríamos sin batería. El problema no parecía tener solución.
—Camarada Zubo —dijo Lavr Fedotovich, sin bajar los prismáticos—,
¿por qué no responde el caso?
El comandante palideció y no pudo responder.
—Es un caso de autoridad minada —observó Farfurkis—. Uno debería
dormir de noche y trabajar durante el día.
El comandante empezó a desvestirse, desesperado. No quedaba
alternativa. Le pregunté si sabía nadar; respondió que no sabía, pero que
no le importaba.
—No importa —dijo Khlebovvodov, sediento de sangre—. Cuenta con
el apoyo de la autoridad.
69
Cautelosamente, expresé mis dudas sobre la prudencia del curso de
acción a seguir. Dije que el comandante, se ahogaría, sin duda, y pregunté
si era necesario que la Troika se hiciera cargo de tareas completamente
ajenas a su función, como la de convertirse en salvavidas. Les recordé
también que si el comandante se ahogaba el caso quedaría sin resolver y
algún otro, Farfurkis o Khlebovvodov, tendría que nadar para ir a buscarlo.
Farfurkis respondió que la función de llamar a los casos correspondía al
representante de la autoridad local o, en su ausencia, del asesor científico.
Por lo tanto, mis palabras podían ser consideradas como un ataque o un
intento de esquivar mi responsabilidad. Anuncié que en el caso presente yo
no era tanto asesor científico como conductor de un coche oficial, del que
no podía alejarme más de seis metros.
—Ustedes deben conocer el apéndice de los Estatutos de Conducción
en Calles y Rutas —dije, acusador, sin arriesgar nada—, parágrafo 27.
Hubo un tenso silencio. El negro mango de paraguas seguía erguido
como un faro contra el horizonte. Todos miramos ansiosos a Lavr
Fedotovich, que volvió lentamente la cabeza, como la torrecilla de un
destructor. Todos estábamos en la línea de fuego y nadie quería recibir el
disparo.
—Por Dios que me está mirando —dijo el comandante, el primero en
ceder, arrodillándose sobre su ropa interior—, por Jesucristo nuestro Señor,
no tengo miedo de nadar ni de ahogarme. Pero a esa Liza ¡qué le importa!
Tiene un garguero que parece un subterráneo. Puede tragar una vaca
entera. Y ha de estar soñolienta.
—En realidad —dijo Farfurkis, nervioso—, ¿para qué llamarla? Desde
aquí se ve claramente que no presenta nada digno de interés. Sugiero que
la racionalicemos y la eliminemos por no ser necesaria.
—¡Eliminémosla ahora mismo! —agregó Khlebovvodov—. ¡Así que
puede tragar una vaca entera! ¡Vaya! Yo también podría tragar una, pero a
ver si se anima a sacar quince lechones de una cerda. ¡Eso es trabajar!
Lavr Fedotovich apartó finalmente la artillería. Sin embargo no se
encontró con una horda de individuos revoltosos, ni con un nido de pasiones
numerosas y contradictorias, ni con arañas indisciplinadas que desmentían
la autoridad de la Troika. Se encontró con un grupo de trabajadores llenos
de solidaridad, celo y entusiasmo, que ardían con un solo deseo: eliminar a
esa puerca de Liza y pasar al problema siguiente. No hubo disparos. La
torrecilla describió un giro de ciento ochenta grados y las aterrorizantes
miras apuntaron hacia el confiado mango de paraguas erguido contra el
horizonte.
—El pueblo —le oímos decir desde la torreta—, el pueblo mira a la
distancia. El pueblo ve un plesiosaurio. El pueblo no necesita...
Читать дальшеИнтервал:
Закладка:
Похожие книги на «La historia comenzó así»
Представляем Вашему вниманию похожие книги на «La historia comenzó así» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.
Обсуждение, отзывы о книге «La historia comenzó así» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.