aa - La historia comenzó así
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qué nos trajo hasta aquí, terrorista? ¿Para qué hemos derramado nuestra
sangre? ¡A ver, míreme! ¿Le parece que podemos presentarnos en el hotel
en estas condiciones? ¡Usted ha minado mi autoridad para toda la vida!
¡Cuando termine con usted no podrá siquiera suspirar ni lamentarse!
—Ejemmm —dijo Lavr Fedotovich.
Khlebovvodov cerró la boca.
—Hay una moción —continuó Lavr Fedotovich—. Considerando el
extremo peligro que el caso 38 presenta para el pueblo, debería ser
racionalizado en el grado máximo, es decir, debería ser clasificado como
irracional y trascendente, y por lo tanto como no existente en la realidad,
para así eliminarlo de la memoria del pueblo, o sea, de los mapas
geográficos y topográficos.
Khlebovvodov y Farfurkis aplaudieron como enloquecidos. Lavr
Fedotovich sacó el portafolios de bajo el asiento y se lo puso en el regazo.
—¡El decreto! —pidió.
El decreto del grado máximo cayó sobre el portafolios.
—¡Firmas!
Las firmas cayeron sobre el decreto.
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—¡¡¡Sello!!!
Se abrió con grandes ruidos la puerta de la caja fuerte: nos envolvió
una oleada de hedor a oficina cerrada, y el Gran Sello Redondo quedó
suspendido ante Lavr Fedotovich. Lavr Fedotovich lo tomó con ambas
manos, lo ubicó sobre el decreto y lo bajó con toda su fuerza. Una sombra
oscura cruzó el cielo, el coche estremecido volvió a aquietarse y Lavr
Fedotovich guardó nuevamente su portafolios bajo el asiento, prosiguiendo:
—Al comandante de la Colonia, camarada Zubo, por
irresponsabilidad, por dar asilo al irracional, trascendente, y por lo tanto no
existente Pantano de la Boñiga, por no garantizar la seguridad de la Troika
en su trabajo, y también por actuar con heroísmo en el pantano, le
expresamos nuestra gratitud. Que consta en actas. ¿Hay alguna otra
moción? El próximo. ¿Qué más tenemos en la agenda, camarada Zubo?
—El lugar encantado —respondió el comandante, con alivio—. No
queda lejos de aquí; a tres kilómetros más o menos.
—¿Hay mosquitos? —preguntó Lavr Fedotovich.
—Por Cristo que me está mirando —juró el comandante—, no hay
ninguno. Algunas hormigas, tal vez.
—Bueno... —vaciló Lavr Fedotovich—, ¿Avispas, abejas? (Lo cual
revelaba gran perspicacia y una vigilante atención hacia el bienestar del
pueblo.)
—Nada de eso.
Lavr Fedotovich guardó silencio por largo rato. Al cabo preguntó:
—¿Toros salvajes?
El comandante le aseguró que los toros eran totalmente desconocidos
en esa zona.
—¿Y los lobos? —preguntó Khlebovvodov, suspicaz.
Pero la zona no tenía lobos ni tampoco osos, mencionados éstos por
Farfurkis. Mientras ellos hacían ejercicios de zoología, yo estudiaba el mapa,
tratando de descubrir la ruta más corta para llegar al lugar encantado. El
decreto del grado máximo había surtido efecto: en el mapa figuraba
Tmuskorpion, el río Skarpionka, el lago Zverinoe y Lopukhi, pero el Pantano
de la Boñiga, que antes estaba entre el lago y Lopukhi, había desaparecido.
En su lugar quedaba sólo una anónima mancha blanca, como las que
indicaban la Antártida en los mapas antiguos. Se me ordenó seguir
adelante, y así lo hice. Pasamos por entre sembrados de avena y hatos de
vacas, circundamos el bosquecillo Kruglaia, cruzamos el arroyo Studenyi y
media hora después nos encontramos en el lugar encantado.
Era una colina, cubierta por un bosque en una de sus laderas.
Probablemente en otros tiempos los bosques densos se habían prolongado
hasta Kitezhgrad, pero los habían talado; sólo quedaban árboles en la
colina. En la cima había un cobertizo ennegrecido; dos vacas con un ternero
pastaban en la cuesta, frente a nosotros, custodiadas por un gran ovejero
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alemán. Los pollos rascaban la tierra frente al porche y había una cabra
sobre el techo.
—¿Por qué se detiene? —preguntó Farfurkis?—. Tiene que ir hacia
arriba. No pretenderá que caminemos.
—Da la impresión de que tienen leche —agregó Khlebovvodov—. Me
vendría bien un vaso de leche. Ya se sabe que cuando uno se ha
envenenado con hongos es muy bueno tomar leche. Vamos, vamos,
adelante.
El comandante trató de explicar que era imposible ir en coche hasta
la colina, pero sus explicaciones fueron recibidas con gélida extrañeza por
parte de Lavr Fedotovich, contagiado por las ganas de tomar leche
humeante, y por los gemidos de Farfurkis:
—¡Crema agria! ¡Del sótano!
Zubo descartó toda discusión. A decir verdad, yo tampoco
comprendía, pero sentía mucha curiosidad. Puse el coche en marcha y
aceleré alegremente hacia la colina. El odómetro iba señalando las millas;
las ruedas zumbaban en el pasto. Lavr Fedotovich miraba directamente
hacia delante, mientras en el asiento trasero, como anticipación de la leche
y de la crema agria, se iniciaba una discusión acerca de qué comían los
mosquitos en los pantanos. Khlebovvodov basaba sus argumentos en la
experiencia y sostenía que se alimentaban exclusivamente de los
trabajadores responsables que componían las expediciones. Farfurkis,
cediendo a sus propios deseos, opinaba que vivían en canibalismo. El
comandante balbuceó algo sobre la bondad de Dios, algo llamado rocío de
Dios, langostas fritas y miel silvestre. Así viajamos por unos veinte minutos.
Cuando el odómetro indicó las ocho millas, Khlebovvodov soltó una
exclamación ahogada:
—Pero ¿Qué pasa? Nosotros avanzamos, pero la colina sigue en el
mismo lugar. Acelere, conductor. ¿Qué nos detiene?
—No llegaremos jamás a la colina —dijo blandamente el comandante
—. Está encantada. No se puede llegar ni en auto ni caminando. Estamos
gastando nafta inútilmente.
Ante eso todo el mundo dejó de hablar. El odómetro indicó otras
cuatro millas, pero la colina no estaba siquiera un centímetro más próxima.
Las vacas, atraídas por el ruido del motor, miraron por un rato en nuestra
dirección, pero pronto perdieron todo interés y volvieron a sus pasturas. En
el asiento trasero la indignación iba en aumento. Khlebovvodov y Farfurkis
intercambiaron algunos comentarios maliciosamente concisos.
—Sabotaje —dijo Khlebovvodov.
—Sabotaje —confirmó Farfurkis—, sabotaje premeditado. Después se
pusieron a conversar en susurros. Algo pude oír:
—...puesto sobre pilotes. Así las ruedas giran, pero el coche no se
mueve. ¿El comandante? Tal vez, y también el asesor científico interino...
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nafta...arruinar la economía... después descartarán el coche por estar muy
usado, cuando es prácticamente nuevo.
No presté atención a esos malévolos parloteos, pero de pronto la
puerta trasera se cerró con un golpe y el apasionado aullido de
Khlebovvodov se perdió a la distancia. Frené bruscamente. Lavr Fedotovich,
que aún se estaba moviendo, se estrelló contra el parabrisas. El golpe me
dejó viendo estrellas, mientras los dientes postizos de Farfurkis
matraqueaban junto a mi oreja. El coche viró con brusquedad. Cuando el
polvo se hubo asentado vi que el camarada Khlebovvodov estaba muy
atrás; venía corriendo y agitando los brazos.
—¿Dificultades? —preguntó Lavr Fedotovich—. Deshágase de ellas,
camarada Khlebovvodov.
Nos habíamos deshecho de todas las dificultades hacía largo rato ya.
Tuve que ir a buscar a Khlebovvodov, que cayó en la ruta a unos treinta
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