aa - La historia comenzó así
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metros; tenía las ropas destrozadas y estaba muy sorprendido. Después
descubrí que, sospechando una conspiración entre el comandante y yo e
impelido por su sentido del deber, había decidido bajar a ver si el coche no
estaba puesto sobre pilones. El comandante y yo lo llevamos a la rastra
hasta el coche y lo acostamos allí para que viera con sus propios ojos si
había algo bajo las ruedas. Después fuimos a ayudar a Farfurkis, que
buscaba sus anteojos y su dentadura superior. El comandante los encontró,
no en el coche, sino en la ruta.
Una vez resuelta por completo la confusión, los argumentos de
Khlebovvodov resultaron ser bastante superficiales. Lavr Fedotovich,
comprendiendo finalmente que no habría leche, propuso que no gastáramos
la nafta perteneciente al pueblo y que prosiguiéramos con nuestras
responsabilidades primordiales.
—Camarada Zubo —dijo—, lea el informe.
El caso 29, como cabía esperar, no tenía apellido, nombre ni
patronímico. Se lo llamaba provisoriamente, Encantamientos. La fecha de
nacimiento estaba perdida en las nieblas del tiempo, pero el lugar se daba
con muy precisas coordenadas. Encantamientos era de nacionalidad rusa,
no tenía instrucción, no hablaba idiomas extranjeros, su profesión consistía
en ser una colina y su lugar de trabajo se establecía nuevamente según las
mismas coordenadas. Encantamientos nunca había viajado al extranjero, su
pariente más cercano era la Madre Tierra y su lugar de residencia, otra vez,
las mismas coordenadas. En cuanto al breve resumen de su inexplicabilidad,
Vybegallo no había malgastado palabras: "En primer lugar no se puede ir en
coche; en segundo lugar no se puede ir a pie".
El comandante estaba radiante. El caso requería definitivamente una
racionalización. Khlebovvodov se mostró complacido con el formulario de
solicitud. Farfurkis disfrutaba con aquel factor inexplicable que, además de
ser evidente por sí, no amenazaba al pueblo con ningún peligro; en cuanto
a Lavr Fedotovich, parecía no tener objeciones. Al menos nos reveló que el
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pueblo necesitaba colinas, así como necesitaba valles, barrancos,
quebradas, montañas Elbrus y cordilleras Kazbek.
Pero en ese momento se abrió la puerta del cobertizo y por ella salió
un viejo, vestido con una larga camisa atada a la cintura; se detuvo en el
porche, apoyándose en un bastón, y miró hacia el sol protegiéndose los ojos
con una mano; amenazó a la cabra con un bastón para que se bajara del
techo y finalmente se sentó en los peldaños.
—¡Un testigo! —dijo Farfurkis— ¿No convendría llamar al testigo?
—Así que hay un testigo —comentó tristemente el comandante—. ¿No
está todo bastante claro? Si tienen alguna pregunta que hacer, puedo...
—¡No! —exclamó Farfurkis, mirándolo con suspicacia—. ¿Por qué no
podemos llamarlo? Recuerde que usted no vive aquí; él en cambio, es de la
zona.
—Llámelo, llámelo —dijo Khlebovvodov—. A lo mejor puede traernos
leche.
—Ejemmm —dijo Lavr Fedotovich—. Camarada Zubo, llame al testigo
del caso 29.
—¡Ah! —exclamó el comandante, arrojando el sombrero al suelo al
ver que el caso se le venía abajo ante sus mismas narices—. Si él pudiera
venir hasta aquí , ¿cree que estaría sentado allá? Es un prisionero,
¿entienden? ¡No puede salir! ¡Está allí varado y allí quedará!
Totalmente desesperado, bajo el atento escrutinio de la Troika, el
comandante, que al prever nuevas dificultades se había vuelto muy
parlanchín, nos contó la leyenda de Kitezhgrad sobre el guardabosques
Feofil. Éste, joven aún y lleno de bríos, vivía allí pacíficamente con su
mujer; un día un relámpago verde cayó sobre la colina y desde entonces
comenzaron a pasar cosas horribles. Por entonces su mujer estaba en la
ciudad, y al volver le fue imposible trepar la colina hasta la casa. Feofil trató
entonces de reunirse con ella. Corrió sin detenerse durante dos días... sin
resultado. Por eso se quedó allí. Él en la colina, ella en la ciudad..
Naturalmente, con el tiempo acabó por acostumbrarse. Hay que vivir, como
sea. Y eso hizo él: se acostumbró.
Khlebovvodov, después de escuchar aquella horrible historia y de
plantear varias preguntas de doble filo, hizo un súbito descubrimiento:
Feofil se había zafado de los censos, nunca había sido sometido a ninguna
actividad educativa y, por lo que sabíamos, bien podría ser un explotador,
un kulak.
—Tiene dos vacas —dijo— y también un ternero. Y una cabra. Y no
paga impuestos.
De pronto se le encendieron los ojos.
—¡Y si tiene un ternero es porque también ha de tener un toro, por
allí escondido!
—Es cierto, tiene un toro —admitió el comandante, ceñudo—. Ha de
estar pastando en otro lado.
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—Bueno, hermano, ¡qué bien hacen las cosas aquí! —exclamó
Khlebovvodov—. Ya sabía que usted era un farsante, pero no esperaba algo
así ni siquiera de usted. Secuaz de un kulak, cómplice de un kulak.
El comandante tomó aliento y gimió:
—Santa Madre de Dios. En el nombre de los doce Apóstoles...
—¡Atención! —susurró el invisible Edi.
Feofil, el guardabosques, levantó súbitamente la vista y miré en
nuestra dirección, con una mano a modo de visera. Después arrojó el
bastón a un lado y echó a andar lentamente por la colina, resbalando en el
pasto crecido. La sucia cabra blanca trotaba tras él como un cachorro. Feofil
llegó hasta donde estábamos, se sentó y se frotó la barbilla con la mano
morena y huesuda, intrigado. La cabra se sentó junto a él y nos miró con
ojos amarillos, demoníacos.
—Ustedes son gente común —dijo Feofil—. Sorprendente.
La cabra nos miró uno a uno y fijó los ojos en Khlebovvodov.
—Éste es Khlebovvodov —dijo—. Rudolf Arkipovich. Nacido en
Kokloma en 1910. Sus padres sacaron el nombre de una novela romántica.
Instrucción: séptimo grado. Se avergüenza del medio en que nacieron sus
padres, estudió varios idiomas, no habla ninguno.
— Oui —confirmó Khlebovvodov, con una risita confundida—.
Naturalichjawohl !
— No tiene profesión fija. Al presente es administrador público. Ha
viajado a Italia, Francia, Alemania Occidental y Oriental, Hungría,
Inglaterra, etcétera: un total de cuarenta y cuatro países. En todos ha
mentido y se ha dado aires. Su característica más notable es un alto grado
de tenacidad y adaptabilidad, basado en su estupidez fundamental, y una
inflexible tendencia a la ortodoxia hiperortodoxa.
—Bueno —dijo Feofil—, quiere agregar algo a eso, Rudolf Arkipovich?
—¡Nada! —exclamó alegremente Khlebovvodov—. Excepto, tal vez,
que eso de la orto... orto... doro... orxia no está muy claro.
—Ser más ortodoxo que la ortodoxia es más o menos así —explicó la
cabra—. Si las autoridades se muestran disgustadas con algunos científicos,
usted declara ser enemigo de la ciencia en general. Si las autoridades se
muestran disgustadas con algún extranjero, usted está listo para declarar la
guerra a cualquiera que viva del otro lado de la frontera. ¿Está claro?
—Por completo —dijo Khlebovvodov—. ¿Y qué otra cosa se puede
hacer? Nuestra educación es terriblemente limitada. De lo contrario podría
cometer algún error.
—¿Roba? —preguntó Feofil, indiferente.
—No —respondió la cabra—. Le gusta la plata fácil.
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