aa - La historia comenzó así

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coche.)

Khlebovvodov (impaciente): La sesión está cerrada.

Edi (ceñudo): Me gustaría saber cuándo darán cumplimiento a

nuestras notas de pedido.

Lavr Fedotovich (a Farfurkis): La cerveza es una buena bebida.

Khlebovvodov (celoso): ¡Muy cierto! Al pueblo le encanta la cerveza.

(Mutis todos del auto)

Comandante (a Edi): No se preocupe, nos ocuparemos de sus notas

de pedido este mismo año que viene.

Edi (súbitamente satánico): ¡Exijo que acabe toda esa burocracia! (Se

pone en el camino bloqueándoles el paso).

Lavr Fedotovich : Ejemmm. ¿Dificultades? Camarada Khlebovvodov,

deshágase de ellas.

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Edi (explotando): ¡Exijo la inmediata consideración de nuestros

pedidos!

Yo (sombrío): Deja, es inútil.

Comandante (asustado): Jesucristo, en el Nombre de nuestra Señora

de Tmuskorpion, les ruego...

Escena tumultuosa: Khlebovvodov se pone frente a Edi y lo mide de

pies a cabeza con los ojos. Edi libera rápidamente su exceso de furia en la

forma de pequeños relámpagos. Se reúnen los curiosos. Alguien grita desde

una ventana: "¡Denle! ¿Qué están esperando? ¡Dénsela bien en la trompa!.

(Farfurkis habla en susurros con Lavr Fedotovich.)

Lavr Fedotovich: Ejemm. Hay una moción para que nuestros

talentosos jóvenes sean ascendidos. Se propone establecer al camarada

Privalov como chofer de la Troika y nombrar al camarada Amperian como

reemplazante oficial de nuestro camarada Vybegallo, enfermo, con pago

total de la diferencia de sueldos. Camarada Farfurkis, por favor, redacte un

borrador del decreto. Que envíen copia abajo. (Camina directamente hacia

Edi; la cortesía innata de éste se impone, haciendo que deje pasar al

anciano y hasta le abra la puerta. Yo estoy atónito; apenas veo y oigo.)

Comandante (sacudiéndome alegremente la mano): ¡Felicitaciones

por su ascenso, camarada Privalov! ¿Ve que todo va saliendo bien?

Lavr Fedotovich (deteniéndose en el umbral de la puerta): ¡Camarada

Zubo!

Comandante: Si, señor.

Lavr Fedotovich (bromeando): Hoy ha tenido que sudar mucho,

camarada Zubo. ¿Por qué no va a los baños de vapor?

(Horrible carcajada de la Troika, que se retira. Telón.)

Al recordar esta escena, al recordar que desde ese momento en

adelante mi destino era ser el chofer de la Troika, aplasté mi cigarrillo y

tartajeé:

—Tendremos que poner pies en polvorosa.

—No podemos —dijo Edi—. Sería una desgracia.

—¿Y quedarnos qué es?

También es una desgracia, pero somos exploradores. Nadie nos ha

relevado de nuestros deberes. Tenemos que soportar lo insoportable.

¡Tenemos que hacerlo, Alejo! Vayamos a la sesión.

No se me ocurrió otra respuesta que un gruñido.

Nos lavamos, nos vestimos, hasta tomamos el desayuno. Cuando

salimos a la ciudad todo el mundo estaba ocupado en algún trabajo útil y

necesario. Soportamos estoicamente nuestro dolor. Dábamos pena.

Al entrar a la Colonia me vi atacado nuevamente por el viejo

Edelweiss. Edi sacó un rublo, pero eso no surtió el efecto acostumbrado. El

viejo ya no tenía interés en los bienes materiales: buscaba las riquezas del

espíritu. Quería que yo lo apoyara en su proyecto para perfeccionar su

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agregado heurístico, empezando por trazar un plan para cubrir el período

que el viejo pasaría en la escuela de perfeccionamiento.

Cinco minutos de conversación bastaron para oscurecerme la visual y

ponerme palabras amargas en la punta de la lengua. Terribles impulsos

clamaban en mí por la liberación. En mi desesperación comencé a balbucear

algunas idioteces con respecto a las computadoras de autoenseñanza. El

viejo me miraba con la boca abierta, bebiéndose cada una de mis sílabas.

Creo que aprendió todo de memoria, palabra por palabra. Y en ese

momento se me ocurrió una idea. Como si fuera un provocador

experimentado, le pregunté si la máquina era lo bastante compleja. Él

empezó por asegurarme apasionadamente que era compleja hasta lo

increíble, que a veces ni siquiera él mismo sabía qué tenía adentro.

—Magnífico —dije—. Según un concepto bien conocido, las máquinas

electrónicas muy complejas pueden enseñarse a sí mismas y también

reproducirse. Todavía no necesitamos la autopropagación, pero es nuestro

deber enseñar a la máquina de Mashkin a que escriba los textos por sí

misma, sin intervención de un ser humano, a la brevedad posible. ¿Cómo lo

haremos? Utilizaremos el publicitado método del adiestramiento

prolongado.

—El método Montecarlo —agregó Edi.

—Eso es, el método Montecarlo. El mejor rasgo de este método es su

simplicidad. Usted tomará un texto lo bastante largo, como ser La Vida

Animal de Bream. Se sienta ante su agregado y empieza a escribirla palabra

por palabra, línea por línea, página por página. El analizador analizará (Y el

Cerebro pensará, agregó Edi) Es cierto, pensará. Y por lo tanto el agregado

comenzará a aprender. Antes de lo que usted piensa comenzará a escribir

solo. Aquí tiene un rublo para comenzar. Vaya a la biblioteca y retire un

ejemplar de La Vida Animal .

Edelweiss se alejó saltando hacia la biblioteca y nosotros proseguimos

nuestra marcha, alegrados por nuestra pequeña victoria sobre las fuerzas

locales, nuestra primera victoria sobre el piso setenta y seis, y felices

porque Edelweiss dejaría de meterse entre nuestros pies, enloqueciéndonos

con sus tonterías. A esas horas estaría ya sentado ante su Remington,

tecleando con la mayor dedicación. Le llevaría largo tiempo copiar todo

Bream. Y cuando lo hubiera hecho lo daríamos los treinta volúmenes de

Dickens; después, Dios mediante, podría iniciar los noventa volúmenes de

Tolstoi, con todos los prefacios, artículos, notas y comentarios.

Al entrar a la sala de reuniones encontramos al comandante ya

leyendo en voz alta, mientras Vybegallo y los plomeros escuchaban,

asintiendo. Nos sentamos silenciosamente, haciendo esfuerzos por

dominarnos y nos dedicamos a escuchar también. Durante un rato no

comprendimos nada; tampoco intentamos hacerlo. Pero al cabo

comprendimos que se trataba de las quejas, solicitudes y declaraciones

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recibidas del pueblo. Fedia nos había dicho que se las leía una vez por

semana.

Ese día nos tocaba escuchar la lectura de varias cartas.

Los escolares de la aldea de Vuniukhino denunciaban a Zoia, una

bruja de la zona. Todo el mundo dice que es una bruja, que hace fracasar

las cosechas, y que ha convertido a su nieto, antes un excelente estudiante,

en un delincuente juvenil bueno para nada, sólo porque él había llevado la

pierna de su abuela hasta el montón de desperdicios. Los escolares

solicitaban que se investigara a esa bruja, en la cual, siendo buenos

pioneros, no creían, para que los científicos explicaran cómo era posible que

arruinara las cosechas y convirtiera en malos a los buenos estudiantes; y

preguntaban si no se podían cambiar sus perversidades por bondades, a fin

de que convirtiera a los malos estudiantes en buenos.

Un grupo de turistas había visto un escorpión verde del tamaño de

una vaca en los alrededores de Lpukhi. Los misteriosos rayos del escorpión

habían hecho dormir a los guardias, tras lo cual el animal se había retirado

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