aa - La historia comenzó así
Здесь есть возможность читать онлайн «aa - La historia comenzó así» весь текст электронной книги совершенно бесплатно (целиком полную версию без сокращений). В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: Старинная литература, на английском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.
- Название:La historia comenzó así
- Автор:
- Жанр:
- Год:неизвестен
- ISBN:нет данных
- Рейтинг книги:4 / 5. Голосов: 1
-
Избранное:Добавить в избранное
- Отзывы:
-
Ваша оценка:
- 80
- 1
- 2
- 3
- 4
- 5
La historia comenzó así: краткое содержание, описание и аннотация
Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «La historia comenzó así»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.
La historia comenzó así — читать онлайн бесплатно полную книгу (весь текст) целиком
Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «La historia comenzó así», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.
Интервал:
Закладка:
—¡El plesiosaurio!
Khlebovvodov disparó una pistola y falló.
70
Resultó entonces que el pueblo necesitaba desesperadamente
plesiosaurios, que ciertos miembros de la Troika habían perdido la noción de
la perspectiva, que ciertos comandantes habían olvidado de quién era el
pan que comían, que ciertos representantes de nuestra gloriosa
intelectualidad científica revelaban cierta tendencia a ver el mundo a través
de un vidrio oscuro y que, finalmente el caso 8 debía ser postergado hasta
algún mes invernal, cuando pudiera llegarse hasta él caminando sobre el
hielo. No hubo más mociones y, por cierto, ninguna pregunta para el
orador. Ésa fue la decisión final.
—Pasemos al próximo asunto —anunció Lavr Fedotovich.
Los miembros de la Troika se instalaron nuevamente, a fuerza de
empujones, en el asiento trasero. El comandante se vistió a toda prisa,
murmurando:
—Ya pagarás por esto. Te di las mejores presas... mi propia hija, por
ejemplo, cerdo flotante.
Enseguida tomamos la ruta que corría junto a la costa del lago. Era
espantosa: di gracias al cielo porque el verano fuera seco, pues de lo
contrario aquél habría sido nuestro fin. Sin embargo ese agradecimiento fue
demasiado prematuro, pues cuanto más nos acercábamos al pantano, más
tendía la ruta a desaparecer, convirtiéndose en dos huellas acuosas entre
las cuales crecía el pasto. Puse la primera y traté de estimar la fuerza física
de mis pasajeros. Era evidente que el gordo fofo de Farfurkis no sería de
gran ayuda. Khlebovvodov parecía corpulento, pero tal vez no se había
recobrado lo suficiente de su ataque estomacal. Lavr Fedotovich
probablemente no se bajaría siquiera del coche. Eso significaba que si algo
andaba mal sólo podría contar con el comandante para que me ayudara,
pues Edi no se pondría al descubierto sólo para empujar un coche de una
tonelada.
Mis pesimistas pensamientos fueron interrumpidos por un gigantesco
charco negro en mitad de la ruta. No se trataba de uno de esos charcos
bucólicos y patriarcales, de un charco pueblerino por el que todo el mundo
pasa y que está acostumbrado a cualquier cosa. Tampoco era uno de esos
barrosos charcos urbanos perezosamente tendidos en algún terreno en
construcción. Era un charco tranquilo, de sangre fría, perverso en su
mórbida apariencia , extendido como por casualidad entre las dos huellas de
la ruta, tan misterioso como la mirada de la esfinge, tan pérfido como una
bruja, evocando pensamientos de pesadilla de camiones ahogados. Frené
violentamente.
—Aquí está. Hemos llegado.
—Ejemm —dijo Lavr Fedotovich—. Camarada Zubo, lea la ficha.
Noté que el comandante vacilaba en el silencio. Faltaba mucho aún
para llegar al pantano, pero él también comprendía que el charco bloqueaba
nuestro único camino— Manoseó sus papeles con un suspiro.
71
—Caso 38 —leyó—. Apellido: en blanco. Nombre: en blanco.
Patronímico: en blanco. Apodo: Pantano de la Boñiga.
—¡Un momento! —interrumpió Farfurkis, ansioso—. ¡Escuchen!
Levantó un dedo. Todos escuchamos. Y oímos.
En algún punto de la distancia hubo un cantar victorioso de cuernos
de plata. El sonido palpitó, creció y pareció acercarse. La sangre se me heló
en las venas. Eran clarinadas de mosquitos; ni siquiera eran todos ellos que
llamaban a la batalla: sólo los comandantes de las compañías, o quizá
apenas los comandantes de batallón y los grados superiores. Con la
misteriosa visión interior de los animales atrapados, divisamos a nuestro
alrededor kilómetros y kilómetros de pantanos en donde crecían frágiles
juncos, cubiertos por muchas capas de hojas en descomposición, con
troncos podridos que asomaban aquí y allá, todos bajo la marquesina de los
álamos empobrecidos. Y en cada centímetro cuadrado de todos esos
kilómetros había un destacamento de aquellos caníbales rojizos,
inexorables, frustrados y muertos de hambre.
—¡Lavr Fedotovich! —balbuceó Khlebovvodov —. ¡Mosquitos!
—¡Hay una moción! —gritó Farfurkis—. ¡Que pospongamos el examen
de este caso hasta octubre... o noviembre!
—Ejemmm —dijo Lavr Fedotovich, sorprendido—. El pueblo no
comprende.
De pronto el aire, a nuestro alrededor, se llenó de movimiento.
Khlebovvodov soltó un grito y se abofeteó la mejilla con toda su fuerza.
Farfurkis hizo otro tanto. Lavr Fedotovich iba a volverse lentamente,
sorprendido, cuando sucedió lo imposible: un enorme pirata de cabeza roja
aterrizó blandamente sobre su frente y clavó su espada justo entre los ojos
del pobre hombre. Lavr Fedotovich se tambaleó. Estaba atónito, no
comprendía nada, no podía creerlo. Fue entonces cuando empezó todo.
Sacudiendo la cabeza como un caballo, espantando a los mosquitos
con los codos, traté de poner el coche en dirección contraria, maniobrando
en el angosto espacio que me dejaban los bosquecillos de álamos. Lavr
Fedotovich rugía y chillaba a mi derecha. Desde el asiento trasero llegaba
tal salva de cachetadas que era como si toda una compañía de ulanos y
húsares estuviera disfrutando la habitual velada de insultos mutuos. Cuando
terminé de maniobrar estaba ya completamente hinchado; mis orejas
parecían buñuelos calientes; mis mejillas, tortas de manteca; en la frente
tenía millones de cuernos.
—¡Adelante! —gritaban desde todos lados—. ¡Atrás! ¡Acelere!
¡Vamos! Le entablaré juicio, camarada Privalov.
El motor rugía, los terrones de barro volaban en todas direcciones y
el coche se bamboleaba como un canguro; pero nuestra velocidad seguía
siendo poca, desagradablemente escasa. Entretanto, desde innumerables
aeropuertos despegaban nuevos escuadrones, nuevos ejércitos. El enemigo
gozaba de una superioridad indiscutible estando en el aire. Todo el mundo,
72
salvo yo, estaba enfrascado en una furiosa autocrítica y hasta en el
autocastigo. Yo no podía apartar las manos del volante; ni siquiera podía
luchar con las piernas. Me quedaba un pie libre, y con él rascaba todo lo
que tenía al alcance. Al fin llegamos al lago. La ruta estaba en mejores
condiciones y en terreno elevado. Sentí una brisa en la cara. Entonces
detuve el coche, tomé aliento y empecé a rascarme. Me aboqué
intensamente a las rascadas. Cuando logré reaccionar noté que la Troika
estaba acabando con el comandante.
Lo acusaban de planear y ejecutar un acto terrorista. Le pedían
cuentas por cada gota de sangre perdida por la Troika y se las estaban
haciendo pagar caras. Cuando estuve en condiciones de ver, oír y pensar
nuevamente, lo que quedaba del comandante no merecía ser llamado
comandante: unos cuantos huesos, una mirada vacía y un débil murmullo:
—Por Dios que me... En el nombre de Jesucristo...
—Camarada Zubo —dijo al fin Lavr Fedotovich—, ¿por qué
interrumpió la lectura del informe? Continúe, por favor.
El comandante empezó a reunir los papeles esparcidos de sus
ficheros.
—Vaya directamente a la breve descripción de lo inexplicado —exigió
Lavr Fedotovich.
El comandante, con un último sollozo, leyó con voz tembleque:
—Un gran pantano del que suelen provenir suspiros y lamentos.
—¿Y? —preguntó Khlebovvodov— ¿Qué más?
—Nada. Eso es todo.
—¿Cómo que es todo? —relinchó Khlebovvodov—. ¡Me ha matado!
¡Me ha destrozado! ¿Y para qué? ¿Para aclarar unos malditos suspiros? ¿Por
Читать дальшеИнтервал:
Закладка:
Похожие книги на «La historia comenzó así»
Представляем Вашему вниманию похожие книги на «La historia comenzó así» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.
Обсуждение, отзывы о книге «La historia comenzó así» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.