aa - La historia comenzó así

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—¡El plesiosaurio!

Khlebovvodov disparó una pistola y falló.

70

Resultó entonces que el pueblo necesitaba desesperadamente

plesiosaurios, que ciertos miembros de la Troika habían perdido la noción de

la perspectiva, que ciertos comandantes habían olvidado de quién era el

pan que comían, que ciertos representantes de nuestra gloriosa

intelectualidad científica revelaban cierta tendencia a ver el mundo a través

de un vidrio oscuro y que, finalmente el caso 8 debía ser postergado hasta

algún mes invernal, cuando pudiera llegarse hasta él caminando sobre el

hielo. No hubo más mociones y, por cierto, ninguna pregunta para el

orador. Ésa fue la decisión final.

—Pasemos al próximo asunto —anunció Lavr Fedotovich.

Los miembros de la Troika se instalaron nuevamente, a fuerza de

empujones, en el asiento trasero. El comandante se vistió a toda prisa,

murmurando:

—Ya pagarás por esto. Te di las mejores presas... mi propia hija, por

ejemplo, cerdo flotante.

Enseguida tomamos la ruta que corría junto a la costa del lago. Era

espantosa: di gracias al cielo porque el verano fuera seco, pues de lo

contrario aquél habría sido nuestro fin. Sin embargo ese agradecimiento fue

demasiado prematuro, pues cuanto más nos acercábamos al pantano, más

tendía la ruta a desaparecer, convirtiéndose en dos huellas acuosas entre

las cuales crecía el pasto. Puse la primera y traté de estimar la fuerza física

de mis pasajeros. Era evidente que el gordo fofo de Farfurkis no sería de

gran ayuda. Khlebovvodov parecía corpulento, pero tal vez no se había

recobrado lo suficiente de su ataque estomacal. Lavr Fedotovich

probablemente no se bajaría siquiera del coche. Eso significaba que si algo

andaba mal sólo podría contar con el comandante para que me ayudara,

pues Edi no se pondría al descubierto sólo para empujar un coche de una

tonelada.

Mis pesimistas pensamientos fueron interrumpidos por un gigantesco

charco negro en mitad de la ruta. No se trataba de uno de esos charcos

bucólicos y patriarcales, de un charco pueblerino por el que todo el mundo

pasa y que está acostumbrado a cualquier cosa. Tampoco era uno de esos

barrosos charcos urbanos perezosamente tendidos en algún terreno en

construcción. Era un charco tranquilo, de sangre fría, perverso en su

mórbida apariencia , extendido como por casualidad entre las dos huellas de

la ruta, tan misterioso como la mirada de la esfinge, tan pérfido como una

bruja, evocando pensamientos de pesadilla de camiones ahogados. Frené

violentamente.

—Aquí está. Hemos llegado.

—Ejemm —dijo Lavr Fedotovich—. Camarada Zubo, lea la ficha.

Noté que el comandante vacilaba en el silencio. Faltaba mucho aún

para llegar al pantano, pero él también comprendía que el charco bloqueaba

nuestro único camino— Manoseó sus papeles con un suspiro.

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—Caso 38 —leyó—. Apellido: en blanco. Nombre: en blanco.

Patronímico: en blanco. Apodo: Pantano de la Boñiga.

—¡Un momento! —interrumpió Farfurkis, ansioso—. ¡Escuchen!

Levantó un dedo. Todos escuchamos. Y oímos.

En algún punto de la distancia hubo un cantar victorioso de cuernos

de plata. El sonido palpitó, creció y pareció acercarse. La sangre se me heló

en las venas. Eran clarinadas de mosquitos; ni siquiera eran todos ellos que

llamaban a la batalla: sólo los comandantes de las compañías, o quizá

apenas los comandantes de batallón y los grados superiores. Con la

misteriosa visión interior de los animales atrapados, divisamos a nuestro

alrededor kilómetros y kilómetros de pantanos en donde crecían frágiles

juncos, cubiertos por muchas capas de hojas en descomposición, con

troncos podridos que asomaban aquí y allá, todos bajo la marquesina de los

álamos empobrecidos. Y en cada centímetro cuadrado de todos esos

kilómetros había un destacamento de aquellos caníbales rojizos,

inexorables, frustrados y muertos de hambre.

—¡Lavr Fedotovich! —balbuceó Khlebovvodov —. ¡Mosquitos!

—¡Hay una moción! —gritó Farfurkis—. ¡Que pospongamos el examen

de este caso hasta octubre... o noviembre!

—Ejemmm —dijo Lavr Fedotovich, sorprendido—. El pueblo no

comprende.

De pronto el aire, a nuestro alrededor, se llenó de movimiento.

Khlebovvodov soltó un grito y se abofeteó la mejilla con toda su fuerza.

Farfurkis hizo otro tanto. Lavr Fedotovich iba a volverse lentamente,

sorprendido, cuando sucedió lo imposible: un enorme pirata de cabeza roja

aterrizó blandamente sobre su frente y clavó su espada justo entre los ojos

del pobre hombre. Lavr Fedotovich se tambaleó. Estaba atónito, no

comprendía nada, no podía creerlo. Fue entonces cuando empezó todo.

Sacudiendo la cabeza como un caballo, espantando a los mosquitos

con los codos, traté de poner el coche en dirección contraria, maniobrando

en el angosto espacio que me dejaban los bosquecillos de álamos. Lavr

Fedotovich rugía y chillaba a mi derecha. Desde el asiento trasero llegaba

tal salva de cachetadas que era como si toda una compañía de ulanos y

húsares estuviera disfrutando la habitual velada de insultos mutuos. Cuando

terminé de maniobrar estaba ya completamente hinchado; mis orejas

parecían buñuelos calientes; mis mejillas, tortas de manteca; en la frente

tenía millones de cuernos.

—¡Adelante! —gritaban desde todos lados—. ¡Atrás! ¡Acelere!

¡Vamos! Le entablaré juicio, camarada Privalov.

El motor rugía, los terrones de barro volaban en todas direcciones y

el coche se bamboleaba como un canguro; pero nuestra velocidad seguía

siendo poca, desagradablemente escasa. Entretanto, desde innumerables

aeropuertos despegaban nuevos escuadrones, nuevos ejércitos. El enemigo

gozaba de una superioridad indiscutible estando en el aire. Todo el mundo,

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salvo yo, estaba enfrascado en una furiosa autocrítica y hasta en el

autocastigo. Yo no podía apartar las manos del volante; ni siquiera podía

luchar con las piernas. Me quedaba un pie libre, y con él rascaba todo lo

que tenía al alcance. Al fin llegamos al lago. La ruta estaba en mejores

condiciones y en terreno elevado. Sentí una brisa en la cara. Entonces

detuve el coche, tomé aliento y empecé a rascarme. Me aboqué

intensamente a las rascadas. Cuando logré reaccionar noté que la Troika

estaba acabando con el comandante.

Lo acusaban de planear y ejecutar un acto terrorista. Le pedían

cuentas por cada gota de sangre perdida por la Troika y se las estaban

haciendo pagar caras. Cuando estuve en condiciones de ver, oír y pensar

nuevamente, lo que quedaba del comandante no merecía ser llamado

comandante: unos cuantos huesos, una mirada vacía y un débil murmullo:

—Por Dios que me... En el nombre de Jesucristo...

—Camarada Zubo —dijo al fin Lavr Fedotovich—, ¿por qué

interrumpió la lectura del informe? Continúe, por favor.

El comandante empezó a reunir los papeles esparcidos de sus

ficheros.

—Vaya directamente a la breve descripción de lo inexplicado —exigió

Lavr Fedotovich.

El comandante, con un último sollozo, leyó con voz tembleque:

—Un gran pantano del que suelen provenir suspiros y lamentos.

—¿Y? —preguntó Khlebovvodov— ¿Qué más?

—Nada. Eso es todo.

—¿Cómo que es todo? —relinchó Khlebovvodov—. ¡Me ha matado!

¡Me ha destrozado! ¿Y para qué? ¿Para aclarar unos malditos suspiros? ¿Por

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