aa - La historia comenzó así

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desalentada.

—Ejem —dijo Lavr Fedotovich , patéticamente—. ¿Alguien más quiere

hacer uso de la palabra?

—Permítame —dijo Farfurkis.

Comprendí que la máquina se estaba poniendo en funcionamiento.

—El anuncio de la ciudadana Gabi ha creado una impresión sin igual

en mi persona. Estoy sincera y categóricamente indignado. Y no sólo porque

la ciudadana Gabi haya presentado una historia desvirtuada de la raza

humana, como historia de los sufrimientos de individuos excepcionales.

Estoy asimismo dispuesto a dejar por cuenta de la oradora sus nada

modestos pronunciamientos con respecto a su propia persona. Pero su idea,

su ofrecimiento de unión... La mera idea de tal unión me parece al mismo

tiempo insultante y blasfema. ¿Por qué nos toma, ciudadana Gabi? ¿O tal

vez su insulto fue intencional? Personalmente me inclino a considerarlo

intencional. Y por si eso fuera poco he revisado las minutas de nuestra

anterior reunión sobre el caso de la ciudadana Gabi, y noto con pena que,

en lo que a mí concierne, hay una falta total del necesario decreto de

interlocución. Ha sido un error de nuestra parte, camaradas; lo hemos

pasado por alto y debemos solucionarlo cuanto antes. ¿A qué me refiero?

Me refiero a que en la persona de la ciudadana Gabi nos enfrentamos pura y

simplemente con un típico parásito parlante; en otras palabras, con un

gandul gorrón, cuyos medios de vida pueden clasificarse, en el mejor de los

casos, como ilegales.

En ese momento apareció en la puerta el exhausto Khlebovvodov.

Mientras pasaba junto a Gabi blandió el puño, murmurando:

—Canalla sin cola y llena de patas...

Gabi agachó la cabeza. Al fin había comprendido que las cosas

marchaban mal.

—Alejo... —me susurró Edi, asustado—, Alejo, piensa algo.

Mientras yo buscaba desesperadamente una salida, Farfurkis

prosiguió con su zumbido:

—Insultan a la humanidad, insultan a un cuerpo autorizado. Es típico

parasitismo, y a ese pecado corresponde un castigo de rejas. ¿No les parece

excesivo, camaradas? ¿No es esto una exhibición de liberalismo burgués

indefenso y sumiso de nuestra parte? ¿De humanismo abstracto? No

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conozco los sentimientos de mis respetados colegas sobre este asunto y no

sé a qué decisión se llegará en este caso. Sin embargo en mi condición de

hombre nada malévolo por naturaleza, pero atento a sus principios, me

permito dirigirme a usted, ciudadana Gabi, con una palabra de advertencia.

El hecho de que usted haya aprendido a hablar, mejor dicho, a cotorrear en

ruso, puede ser un factor de benignidad en nuestra actitud con respecto a

usted. ¡Pero tenga cuidado! ¡No tire demasiado de la cuerda!

—¡Que aplasten a ese parásito! —barbotó Khlebovvodov—. A ver,

aquí tengo un palito de fósforos.

Y empezó a palparse los bolsillos. Gabi estaba palidísima. También

Edi, que maniobraba febrilmente con el humanizador. Y yo seguía sin

encontrar una escapatoria.

—No, no, camarada Khlebovvodov —dijo Farfurkis, con una mueca de

disgusto—. Me opongo a cualquier acto ilegal. ¿Por qué lincharla? No

estamos en América, ¿sabe? Todo debe hacerse de acuerdo con la ley. En

primer lugar, si Lavr Fedotovich no tiene objeciones que presentar,

debemos racionalizar a la ciudadana Gabi como fenómeno inexplicado, con

lo cual quedará bajo nuestra autoridad.

Gabi, la muy tonta, se alegró al oír aquello. ¡Oh, la vanidad!

—Luego —prosiguió Farfurkis— clasificaremos al fenómeno

inexplicado racionalizado como peligroso, y por lo tanto como eliminable

durante el proceso de utilización. El resto será ridículamente simple.

Redactaremos el decreto de este modo: el decreto de eliminación de la

chinche parlante, a la que desde este momento nos referiremos como Gabi.

—¡Muy bien! —gruñó Khlebovvodov—. ¡Se la daremos con el sello!

—¡Esto es arbitrario! —chilló Gabi!

—Disculpe —intervino Farfurkis, listo para atacar—, ¿qué es eso de

arbitrario? La eliminaremos conforme al parágrafo 75 del Apéndice de

Eliminación de Vestigios Sociales, que establece claramente...

—¡De cualquier modo es arbitrario! —gritaba Gabi—. ¡Asesinos!

¡Gendarmes!

Y fue entonces cuando se me ocurrió la idea.

—Un momento —dije—. ¡Lavr Fedotovich! ¡Le ruego que intervenga!

¡Esto es diezmar sus reservas!

Lavr Fedotovich apenas logró pronunciar su "ejem". Estaba tan

descompuesto que no le importó.

—¿Oyó eso? —pregunté a Farfurkis—. ¡Y Lavr Fedotovich tiene toda la

razón del mundo! Hay que prestar menos atención a la forma y observar

mejor el contenido. Nuestro orgullo herido no tiene nada que ver con los

intereses del pueblo y con sus recursos. ¿Por qué este sentimentalismo

administrativo? ¿Qué es esto? ¿Un pensionado para jóvenes princesas? ¿Un

curso para mejorar las clasificaciones? Sí, la ciudadana Gabi es ruda e

impertinente, sus paralelos son cuestionables. Si, la ciudadana Gabi está

muy lejos de ser perfecta. Pero eso no nos autoriza a eliminarla como si

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fuera innecesaria. ¿En qué piensa usted, camarada Farfurkis? ¿Acaso puede

sacar otra chinche parlante del bolsillo? ¿Tal vez cuenta con alguna entre el

círculo de sus relaciones? ¿Por qué esa lesa majestad? "No me gusta la

chinche parlante; deshagámonos de la chinche parlante." ¿Y usted,

camarada Khlebovvodov? Si, ya veo que las chinches le han hecho sufrir

mucho y comparto profundamente sus sentimientos, pero también le

pregunto: ¿no ha encontrado usted un medio de combatir a estos parásitos

chupasangres? ¿A estos piratas de la cama, a estos pistoleros de los sueños

del pueblo, a este vampiro de los hoteles descuidados?

—Es precisamente lo que yo decía —dijo Khlebovvodov—

Aplastémosla sin más ni más. Tantos decretos y tonterías...

—Oh, no, camarada Khlebovvodov, ¡lo prohibimos! No permitiremos

que usted saque ventaja de la ausencia por enfermedad de nuestro asesor

científico para introducir y aplicar métodos administrativos brutales en vez

de los científicos. ¡No permitiremos que vuelvan a reinar el voluntarismo y

el subjetivismo! ¿No comprende usted? La ciudadana Gabi, aquí presente,

es la única oportunidad que se nos presenta de iniciar un programa de

reeducación entre estos frenéticos parásitos. En el pasado, algún genio de

cosecha propia transformó las pacíficas chinches vegetarianas, dándoles su

actual y repulsivo modus vivendi . ¿No le parece que nuestra

contemporánea, la chinche educada, enriquecida con todo el poder de la

teoría y de la práctica, es capaz de revertir el proceso? Armada con

instrucciones cuidadosamente preparadas y con las últimas técnicas de la

pedagogía, sabiendo que la humanidad entera la apoya, podría convertirse

en la palanca de Arquímedes, con la cual podríamos desviar la marea de la

historia chinchesca hacia las praderas y los bosques, hacia el seno de la

naturaleza, hacia una existencia pura, simple e inocente. Ruego a la

comisión que tome en cuenta estos pensamientos y los examine con

cuidado.

Me senté. Edi, pálido de alegría, me hizo la señal de la victoria. Gabi

estaba de rodillas y oraba con fervor. En cuanto a la Troika, había quedado

enmudecida por mi retórica. Farfurkis me contemplaba con asombrado

regocijo. Comprendí que mi idea le parecía un golpe genial y que buscaba

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