aa - La historia comenzó así

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—¡Trabajando! ¡Aquí todo el mundo trabaja! Mire a esa criatura.

Tendría que estar cargando troncos o transportando piedras en una cantera

¡O me va a decir que tiene arterias débiles? Yo sé mucho de cocodrilos; los

he visto de todas clases, con alas y todo.

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—¿Cómo puede ser? —exclamó el comandante, preocupado—. No es

humano, ¿me entiende? Es un animal. Tiene una dieta especial.

—¡Y qué! Aquí también trabajan los animales. Los caballos, por

ejemplo. ¡Que vaya a trabajar de caballo! Con que tiene una dieta... Bueno,

yo también, y me estoy perdiendo el almuerzo por culpa de él.

Pero Khlebovvodov comprendió que había ido un poco demasiado

lejos. Fafurkis lo miraba con cara burlona y la postura de Lavr Fedotovich

daba que pensar. Tomando en cuenta las circunstancias antedichas,

Khlebovvodov giró en redondo.

—¡Esperen, esperen! —chilló. ¿Qué Kuzma es éste? ¿No será el que

se comió las lamparitas de club? !Vaya, si es el mismo! Bueno, ¿qué me

dicen de eso? ¿Significa eso que la ley vale también para él? ¡No trate de

escapar por la tangente, Zubo! Dígame, ¿se tomó alguna medida al

respecto?

—Claro que sí —respondió enérgicamente el comandante.

—¿Cuál fue?

—Se le suministró un laxante.

Era evidente que defendería a Kuzma hasta la muerte.

Khlebovvodov golpeó la meza con el puño. Un pequeño charco

apareció debajo del aterrorizado Kuzma. Entonces perdí la paciencia y grité

directamente a Lavr Fedotovich que eso era burlarse de un ejemplar

científico valioso. Farfurkis objetó que Khlebovvodov trataba de endosar

más tareas a la Troika. En cuanto a Lavr Fedotovich, se chupó el dedo

índice y hojeó bruscamente sus anotaciones, síntoma seguro de extremada

irritación. Había presagios de tormenta.

—Edi —supliqué.

Edi, que seguía cautelosamente el curso de las cosas, apuntó el

humanizador hacia Lavr Fedotovich. Éste se levantó y tomó la palabra.

Habló de las metas que la Troika le había confiado, expresadas en su

autoridad y en sus responsabilidades. Exhortó a quienes lo escuchaban a

intensificar la lucha por una mayor disciplina laboral, contra la burocracia, a

favor de un alto nivel moral para uno y para todos, por una crítica y una

autocrítica saludables, contra la deshumanización, por un aumento de la

protección contra incendios, por la responsabilidad personal de cada

individuo, por una exactitud ejemplar entre la teneduría de libros y contra la

subevaluación de la energía personal. El pueblo nos agradecería el

cumplimiento de esas metas, aún más activamente que antes. El pueblo no

nos perdonaría el que no las cumpliéramos aún más activamente que antes.

¿Qué mociones concretas querían presentar los miembros para organizar el

trabajo de la Troika en vista de los cambios de condiciones?

Hallé un malévolo placer en la falta de mociones concretas.

Khlebovvodov atacó por pura costumbre; ofreció tomar más

responsabilidades sobre sí; por ejemplo, asegurarse de que, , dado el

aumento de autoridad de la Troika, el camarada comandante Zubo

58

prolongara su jornada de trabajo a catorce horas y de que el camarada

asesor científico Vybegallo se salteara el almuerzo. Sin embargo, esta

decisión partisana no fue recibida con mucho entusiasmo; por el contrario,

desató una calurosa repulsa por parte de los nombrados. Siguió una breve

discusión, en el curso de la cual se descubrió que ya era sobradamente la

hora de almorzar.

—Una opinión —resumió Lavr Fedotovich— afirma que es hora de

descansar y almorzar. Se declara cerrada la sesión de la Troika hasta las

dieciocho horas.

Enseguida, volviéndose hacia el comandante en el mejor humor

posible, agregó:

—En cuanto a su cocodrilo, camarada Zubo, lo pondremos en el

parque zoológico. ¿Qué le parece?

—¡Oh, Lavr Fedotovich! —exclamó el heroico comandante—.

¡Camarada Vuniukov! Por Cristo nuestro Señor, que me está mirando, la

ciudad no tiene parque zoológico.

—¡Lo tendrá! —prometió Lavr Fedotovich, agregando un chiste con

pretensiones de popular—. Tenemos un parque común, un parque de niños

y ahora tendremos también un parque zoológico. A la Troika le gustan las

trinidades.

El tronar de risas sicofánticas hizo que Kuzma cometiera otra

descortesía. Lavr Fedotovich recogió sus atributos de presidente y los

guardó en el portafolios; se levantó y avanzó serenamente hacia la salida.

Khlebovvodov y Vybegallo, tumbando en su prisa al desprevenido Farfurkis,

corrieron a abrirle la puerta, empujándose en el trayecto.

—¡Ahora, un bife! ¡Carne! —les explicó Lavr Fedotovich,

condescendiente.

—¡Semicrudo! —gritó Khlebovvodov, leal.

—¿Por qué semicrudo? —dijo la voz de Lavr Fedotovich en la sala de

recepción.

Edi y yo abrimos todas las ventanas. Desde las escaleras nos llegó la

respuesta:

—Por favor, Lavr Fedotovich. Permítame decirle que un bife

demasiado cocido es peor que beber con el estómago vacío.

—La ciencia supone... c'est , c'est , con cebollas, por supuesto.

—Al pueblo le encanta la carne sabrosa; un bife, por ejemplo.

El comandante dijo:

—Me van a llevar a la tumba. Son mi muerte, mis siete plagas de

Egipto.

CASO 15 Y SESIONES SOBRE EL TERRENO

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No hubo sesión vespertina. Se nos informó oficialmente que Lavr

Fedotovich, al igual que los camaradas Khlebovvodov y Vybegallo, se habían

envenenado con hongos durante el almuerzo, por lo que el médico les había

recomendado descansar toda la noche. Sin embargo, el meticuloso

comandante no se sintió satisfecho con esa versión oficial y llamó a su

amigo, el maitre d'hotel. Así se enteró que durante el almuerzo Lavr

Fedotovich y el profesor Vybegallo se habían puesto de acuerdo contra el

camarada Khlebovvodov sobre los méritos relativos de la carne cocida

contra la medio cruda. Con el fin de determinar cuál de estos dos tipos de

bife era el preferido del pueblo, y con la ayuda y el apoyo de coñac y de

aterciopelado Pilsner, cada uno comió cuatro porciones experimentales de

las reservas del chef. En ese momento estaban bastante descompuestos,

sin poder levantarse, y no podrían reaparecer a la vista del público hasta la

mañana siguiente.

El comandante se alegró como un chico al saber que su maestra

favorita acababa de caer enferma. Nos despedimos de él, compramos dos

cucuruchos de helado y volvimos a nuestro hotel. Pasamos la tarde en

nuestro cuarto, analizando nuestra situación. Edi admitió que Cristóbal

Joséevich tenía razón: la Troika era un hueso duro de roer, mucho más duro

de lo que él esperaba. La parte racional de su psiquis resultaba

sobrenaturalmente conservadora y sobremanera rígida. Claro que cedía al

enérgico campo del humanizador, pero de inmediato volvía a la tozudez

inicial, apenas retirado el aparato. Sugería a Edi que dejara el campo en

marcha, pero él rechazó mi propuesta. La Troika tenía reservas limitadas,

muy limitadas, de lo racional, lo bueno y lo eterno; Edi temía que se

agotaran con una larga exposición a los efectos del humanizador.

—Nuestra misión —decía— es enseñarles a pensar, no pensar por

ellos. Pero no aprenden. Estos ex plomeros han olvidado cómo se hace. Sin

embargo no todo está perdido. Todavía hay un factor emotivo en su psiquis.

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