aa - La historia comenzó así
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febrilmente la manera mejor de apoderarse de ella. Se imaginaba ya
escribiendo un amplio y detallado manual de instrucciones; ya veía los
parágrafos, capítulos, apéndices y notas al pie; en su fantasía consultaba
con las chinches , organizaba cursos en ruso para insectos dotados, se veía
nombrado jefe de la Comisión Estatal de Propaganda a favor del
Vegetarianismo entre los Parásitos, cuya esfera de actividad se extendería a
los mosquitos, jejenes, tábanos y sanguijuelas.
—Las chinches de tierra no son tampoco muy simpáticas —observó el
conservador Khlebovvodov.
Ya había capitulado, pero no quería admitirlo y se aferraba a detalles
sin importancia. Yo me encogí de hombros , expresivamente.
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—El camarada Khlebovvodov piensa dentro de márgenes rígidos y
estrechos —respondió Farfurkis, ganándole por medio cuerpo.
—No tienen nada de estrechos —replicó débilmente Khlebovvodov—.
Son bastante amplios, esos... como se llamen. ¡No me digan que no
apestan! Bueno, supongo que eso también puede arreglarse en el proceso.
Quiero decir, si ustedes creen que podemos confiar en este comienzo. Ésta
no parece muy seria... Y no tienen ningún buen antecedente.
—Quiero hacer una moción —dijo Edi—. Tal vez debiéramos formar
una subcomisión , encabezada por el camarada Farfurkis, para estudiar este
asunto. Yo sugeriría al camarada Privalov, que es un hombre imparcial,
como asesor interino.
Lavr Fedotovich se levantó. Se veía a las claras que el almuerzo del
día anterior lo había dañado seriamente; su pétrea expresión dejaba
traslucir una común debilidad humana. Ahí, había una grieta en el granito;
el bastión estaba violado, pero aún se mantenía firme y poderoso, a pesar
de todo.
—El pueblo —comenzó el bastión, revoleando los ojos doloridos—, el
pueblo no quiere estar encerrado entre cuatro paredes. El pueblo necesita
espacio. El pueblo necesita campos y ríos. El pueblo necesita viento y sol.
—Y luna —agregó Khlebovvodov, mirando lealmente al bastión.
—Y luna —confirmó Lavr Fedotovich—. La salud del pueblo pertenece
al pueblo y debe ser salvaguardada. El pueblo necesita trabajar en los
grandes exteriores. El pueblo no puede respirar sino al aire libre.
Nosotros no comprendimos. Hasta Khlebovvodov parecía estar
tratando de entender, pero el receptivo Farfurkis ya había juntado sus
papeles y guardado su cuaderno; susurró algo al oído del comandante y
éste asintió, preguntando respetuosamente:
—¿Prefiere el pueblo caminar o ir en coche?
—El pueblo, —anunció Lavr Fedotovich— prefiere ir en convertible.
Expresando el consenso general, propongo que posterguemos la presente
reunión y que llevemos a cabo de inmediato la sesión sobre el terreno
programada para esta tarde. Camarada Zubo, encárguese de los detalles.
Y con estas palabras Lavr Fedotovich se dejó caer pesadamente en su
asiento.
Todo el mundo empezó a correr de aquí para allá. El comandante
pidió el coche. Khlebovvodov sirvió agua mineral a Fedotovich y Farfurkis
buscó entre los papeles los documentos necesarios. Yo saqué ventaja de
aquel ajetreo; tomé a Gabi por una pata y la arrojé afuera. Ella no protestó:
la experiencia la había sacudido profundamente, cambiando su forma de
actuar por mucho tiempo.
Llegó el coche. Llevaron a Lavr Fedotovich afuera, sosteniéndolo por
ambos brazos, y lo sentaron en el asiento delantero. Khlebovvodov,
Farfurkis y el comandante, entre lucha y arañazos, ocuparon el asiento
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trasero, compartiéndolo con la caja fuerte en la cual viajaba el Gran Sello
Redondo.
—El coche tiene lugar para cinco —dijo Edi, preocupado—. No nos
llevarán.
Respondí que por mi no había inconvenientes, que ya había hablado
como para un mes entero. Todo era una pérdida de tiempo: no los
cambiaríamos ni en cien años. Ya habíamos salvado a esa chinche estúpida;
muy bien, podíamos ir a nadar. Sin embargo Edi replicó que no deseaba ir a
nadar. Nos seguiría en estado invisible y volvería a probar, esta vez al aire
libre. Tal vez así fuera más efectivo.
En el auto había gritos. Farfurkis y Khlebovvodov se habían trenzado.
Khlebovvodov, a quien el olor a nafta descomponía más aún, pedía que
partiéramos de inmediato y gritaba que al pueblo le encanta ir a mucha
velocidad. Farfurkis, consciente de que era el único práctico a borde del
coche, el responsable de todo, aseveraba que la presencia de un conductor
extraño y sin experiencia convertía la sesión cerrada en sesión abierta;
además, según los reglamentos, en ausencia del asesor científico era
imposible realizar una reunión, de modo que aunque se la mantuviera sería
nula.
—¿Alguna dificultad? —preguntó Lavr Fedotovich con voz algo más
firme—, camarada Farfurkis, deshágase de ella.
Farfurkis, envalentonado, se dedicó a deshacerse de ella con todo
celo. Antes de que yo pudiera parpadear me encontré contratado como
reemplazante interino del asesor científico y ocupando el lugar del
conductor, a quien se había dejado ir.
—Anda, ve —me dijo el invisible Edi al oído—. Tal vez así puedas
ayudarme.
Yo, muy nervioso, no podía dejar de mirar a mi alrededor. El coche
estaba rodeado por una multitud de niños. Compartir con la Troika un
cuarto cerrado era una cosa; otra muy distinta exponerme a la vista del
público en compañía de ellos.
—¿No podemos partir? —preguntó Khlebovvodov con voz de
moribundo—. Con una buena brisa...
—Ejemmmm —dijo Lavr Fedotovich—. Hay una moción para que
partamos. ¿Alguna otra? Conductor, adelante.
Al principio, Farfurkis me volvió loco dándome instrucciones desde el
asiento trasero. Quería que me detuviera en lugares donde estaba prohibido
detenerse; que no manejara a tanta velocidad, recordándome lo mucho que
valía la vida de Lavr Fedotovich; o que manejara a mayor velocidad, porque
la brisa no refrescaba bastante a Lavr Fedotovich; que no prestara atención
a las luces de tránsito, pues eso minaba la autoridad de la Troika. Al fin,
cuando salimos de los blancos suburbios de Tmuskorpion y llegamos al
campo, cuando los verdes prados se extendieron ante nosotros y pudimos
ver las aguas azules de un lago a la distancia, cuando el auto se bamboleó
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sobre la grava, entonces la paz descendió hasta nosotros. Todo el mundo
presentó la cara a la brisa, todo el mundo entrecerró los ojos al sol y todo
el mundo se sintió mejor. Lavr Fedotovich encendió su primer Herzegovina
—Flor del día. Khlebovvodov tarareó una vieja canción popular y el
comandante se adormeció con los ficheros apretados contra el pecho. Sólo
Farfurkis logró, con un pequeño esfuerzo, superar la relajación que había
invadido a los otros. Desenrolló un mapa de Tmuskorpion y alrededores y
marcó diligentemente nuestro itinerario, cosa que no sirvió de nada, pues
Farfurkis olvidaba que no viajábamos en helicóptero, sino en automóvil.
Presenté mi propia sugerencia: el lago, el pantano, la colina. En el lago
debíamos revisar el caso del plesiosaurio; en el pantano racionalizar y
utilizar los misteriosos sonidos; y en la colina, examinar lo que llamaban
lugar encantado.
Farfurkis, para mi sorpresa, no presentó objeciones. Resultó que
tenía una total confianza en mi intuición de conductor; más aún, siempre
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