Cerca de la noche, antes de la cena, la pictórica imagen que presentaba el salón, comparable a los frescos alusivos al martirio, se vio intempestivamente disuelta por la ya recurrente visita del prefecto Didier.
Se lo veía absorto. Byron, no sin dejar de hacer visible cierto fastidio, le hizo saber que no tenían novedades sobre el asunto que lo ocupaba; en rigor, le dijo, ni siquiera habían salido de la casa. No quería que el prefecto tomara conocimiento de la breve excursión de Polidori por el jardín -ya podía imaginar los comentarios que suscitaría la noticia en Inglaterra-, de modo que no hizo ningún esfuerzo por disimular que su presencia ya empezaba a molestarlo. Pero el prefecto estaba tan ensimismado en su sorpresa, que ni siquiera había reparado en las indirectas de Byron.
– Encontramos los dos cuerpos en los alrededores del Castillo de Chillon -dijo lacónico, en disonancia con la locuacidad que lo había caracterizado en su visita anterior.
Todas las miradas cayeron sobre Polidori. El secretario de Byron, recostado en el sillón junto al fuego, se limitó a arquear las cejas, torcer mínimamente la boca y mover la cabeza para un costado con una mezcla de asentimiento y rechazo, de certeza y resignación, como si así dijera: "Lo sabía. Era obvio. Es una pena, pero ¿cuál es el motivo de la sorpresa?" De pronto, Polidori había descubierto que aquella ominosa carta no dejaba de presentar un costado benéfico. Se sentía infinitamente importante, una pieza fundamental e insustituible en la marcha del mundo. El prefecto Didier, con unos ojos hechos de pleitesía, miraba a aquel hombre iluminado por el fuego. Sin la menor intención de importunarlo en su contemplación, le suplicó que le revelara cómo había hecho para establecer el lugar exacto. Polidori suspiró, entrecerró los ojos y después de un enigmático silencio se dignó a hablar. En realidad, cómo explicarlo, se trataba de aquella equilibrada mezcla de médico y poeta; el instinto propio del galeno y el ilimitado vuelo espiritual del literato le proporcionaban una suerte de olfato lírico, ese especial perfume de la muerte, en fin, el vuelo de las gaviotas y las corrientes del lago; era obvio, no podía ser de otra manera, pobres muchachos, él mismo se negaba a dar crédito al dictado de sus deducciones pero, por desgracia, los hechos le demostraban que, otra vez, él tenía razón. Polidori se perdió en un intrincado y solemne monólogo en el cual se lamentaba de su insoportable inteligencia y de su insufrible capacidad deductivo-inductiva, de aquella sensibilidad poética; ¿por qué no podía ser como el resto de los hombres, un poco menos complejo, un poco más -cómo decirlo sin ofender- simple? Pero ¿qué podía él hacer? Ésa era su naturaleza y debía aceptarla con resignación. Hablaba en un tono grave y calmo, mirando el fuego. Estaba envuelto en una frazada que le confería el aspecto de un sabio de la antigüedad. Shelley y Mary intercambiaban miradas atónitas, mezcla de asombro e incredulidad. Conocían poco al secretario de Byron, pero lo suficiente para saberlo incapaz de cualquier atisbo no ya de clarividencia, sino del más elemental y rudimentario proceso lógico. Por su parte, Claire no había prestado la menor atención al monólogo de Polidori, aunque no podía disimular el hartazgo que le provocaba su voz monocorde y áspera, cuya profusión verbal terminaría por hacerle estallar la cabeza, ya bastante maltratada por una jaqueca que amenazaba con hacerse crónica.
– Che sará, sará -concluyó enigmático, se disculpó y se retiró a su cuarto con el cansancio de los profetas después de un trance clarividente.
El prefecto Didier lo despidió con un respetuoso silencio. Byron terminó de convencerse de que su secretario estaba definitivamente loco.
Entró en su habitación absolutamente convencido de la veracidad del discurso que acababa de pronunciar. Admitía que la noticia sobre la aparición de los cadáveres la había obtenido de la carta. Sin embargo, no era menos cierto que él y no otro, por razones obvias, había sido elegido confidente de aquel misterioso espíritu de las tinieblas. Repentinamente el miedo se había convertido en una grata inquietud. Intuía que podría sacar algún provecho de aquella misteriosa correspondencia. Encendió el candil y miró hacia los montes al otro lado del lago. La pequeña luz en la cima volvió a brillar. Sonrió nerviosamente y, no sin alguna ansiedad, bajó la vista hacia su escritorio. Con la respiración agitada y un amable temor, pudo comprobar que allí mismo, junto al candil, había un nuevo sobre negro con un idéntico lacrado púrpura.
Dr. Polidory
Lo que habéis hecho esta tarde fue una verdadera estupidez. De milagro habéis salido ileso. Y no puedo evitar sentirme responsable. Quizás en mi carta anterior debí haberos hablado de ciertos asuntos que os darían buenos motivos para permanecer con vida. Ya os he dicho que hay "algo" que tenéis que me es de vital importancia. Y, voy a hablaros sin rodeos, lo que quiero proponeros es un negocio, pues hay otra cosa que yo poseo que, lo sé, es aquello que vos más anheláis. Pero la condición del éxito es, en primer lugar, que ambos permanezcamos con vida y, en segundo lugar, el más absoluto secreto. Lo que habéis hablado con el prefecto Didier pudo, también, haberos costado la vida. Mi querido Dr. Polidori, esto no es un juego. Ya no tengo dudas sobre mi responsabilidad en la muerte de esos dos pobres inocentes. Por momentos temo no poder seguir cargando con el peso del remordimiento. Pero vayamos a lo nuestro.
Es tiempo de que os revele qué es "aquello" que preciso para poder seguir viviendo. Al igual que el agua y el aire, necesito de la simiente que produce la vida y la perpetúa a través del tiempo, aquella semilla vital que pervive a los muertos en virtud de su descendencia y lleva en sí el torrente animal de los instintos, pero también la intangible levedad del alma, los caracteres de nuestros antecesores y el potencial temperamento de los que nos sucederán, aquello que está escrito en la materia del primero de los hombres y que habrá de estarlo también en el último y por los siglos de los siglos, la herencia que nos condena hasta el fin de nuestros días a serlo que fatalmente somos, el irrevocable legado que nos da la vida con la misma insondable predeterminación con que nos la quita. Aquello, en fin, que transporta en su dulce caudal el germen de todo cuanto somos. Aquel fluido germinal que solamente vosotros, los hombres, poseéis. Habréis descubierto ya, mi querido doctor, a qué elemento me refiero. Pues sí, necesito del claro elixir de la vida lo mismo que cualquier mortal necesita del alimento. Con igual intensidad con la que cualquiera de vosotros necesita del agua para no perecer, así preciso yo beber del vital fluido. Ignoro por qué monstruosa razón la única sustancia que puede mantenerme con vida es, justamente, el más puro germen de la vida. Dr. Polidori, habréis de imaginar a qué terrible destino estoy condenada. Ya os he dicho que soy el ser más espantoso que haya existido jamás en la faz de la tierra. De más estaría deciros que no me adorna la gracia de la seducción y que, por el contrario, el solo hecho de someterme a la mirada de un hombre -cosa que afortunadamente jamás ocurrió- provocaría en él la más profunda repugnancia. Os preguntaréis de qué manera me he podido procurar la vital sustancia hasta ahora. Sois un hombre inteligente; de seguro ya lo habréis imaginado. También os he dicho que mi extrema fealdad es inversamente proporcional a la belleza de mis hermanas. Huelga deciros que, desde luego, Babette y Colette me han proporcionado, a expensas de su idéntica hermosura, aquello que mi monstruosidad me impedía procurarme por mis propios medios. Pero me adelanto a deciros que, si durante toda la vida se han tomado este -según se mire- "ingrato" trabajo, no lo han hecho movidas por el amor fraterno ni por el placer que, eventualmente, tal tarea pudiera provocarles. En rigor, sí del deseo de mis hermanas dependiera, ya hubiese muerto hace mucho tiempo. Me reservo para más adelante el revelaros el motivo de la “humanitaria" vocación de Babette y Colette. Es casi pública la fama de mis hermanas. Tal vez, vos mismo habéis escuchado las murmuraciones que sobre ellas corren: rameruelas, cantoneras, zorronas, corta faldas, pencurias, casquivanas, esquifadas y hasta, lisa y llanamente, putas, son algunos de los calificativos que les han endilgado. Quizás hayáis leído con vuestros propios ojos alguno de estos epítetos escrito en la puerta de algún retrete público de París. Y poco hay de cierto. No podría decir que exista en ellas una natural inclinación a la promiscuidad. Sin embargo, es probable que, a causa de la tarea casi cotidiana que las obligaba a salir a conseguir el elixir de la vida, hayan terminado por tomarle gusto o hacerse a la afición. Pero ésos son efectos y no causas.
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