Federico Andahazi - Las Piadosas

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El verano de 1816 en Villa Diodati parece promisorio. Los personajes no pueden ser más ilustres: Lord Byron, Percy y Mary Shelley, Claire Clairmont y el Dr. Polidori, secretario privado de Byron. Polidori es quien resulta clave para Las Piadosas. ¿Por qué? Alguien se ha fijado en él para confiarle un terrible secreto. El enigma quedará revelado por la prosa envolvente y seductora de Federico Andahazi, el autor de El Anatomista. Andahazi descubre regiones insospechadas, turbadoras de la sexualidad y construye la intriga de una verdadera novela gótica moderna en torno a personajes y situaciones que difícilmente se olvidarán

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10

Ham salió al encuentro del visitante que, ya en tierra, avanzaba bajo la lluvia hacia el camino que conducía a la residencia. Al cabo de unos minutos, Ham reapareció en el salón y anunció:

– El prefecto Michel Didier desea cambiar unas palabras con Milord.

– Que pase -ordenó Byron con impaciente curiosidad.

Didier era un hombre perfectamente redondo de mejillas rojas; la caminata le había provocado una leve agitación asmática, y un agudo silbido se le adosaba a la voz como una rémora pertinaz y monocorde. Primero, el prefecto le hizo saber a Byron y a sus acompañantes que cumplía en darles la más calurosa de las bienvenidas y que, desde ya, les deseaba la más feliz de las estadías aunque el tiempo, lamentablemente y como ya habían podido comprobar, era un verdadero incordio. Fue un largo y ampuloso monólogo. Aunque sabía -dijo- que la ilustre visita era un eximio nadador y un excelente remero, tenía la obligación de prevenirlo acerca del peligro que, bajo las actuales condiciones climáticas, presentaba aventurarse en el lago. No quería ser homérico, pero tampoco podía dejar de advertirle que tres embarcaciones habían desaparecido en las fauces del lago. Imprevistamente cambió la expresión circunspecta, sonrió y comentó divertido que estaba enterado del revuelo que había provocado la presencia de Lord en el Hótel d'Angleterre y que, personalmente, estaba convencido de que había sido una sabia decisión instalarse en Villa Diodati, fuente de inspiración de otro poeta cuyo nombre ahora no podía recordar pero que, seguramente, empalidecería en comparación con el talento de Byron, de quien -aseguró- tenía un ejemplar de una obra cuyo título tampoco recordaba, pero los versos eran de una magnificencia inigualable, según le habían comentado, porque en rigor -confesó- aún no había tenido tiempo de leerlo, pero que aun así no se perdonaría que Lord abandonara Ginebra sin antes autografiarle el libro que, para su desgracia, se había dejado olvidado antes de salir. Byron tenía la impresión de que el prefecto estaba dando un enredado circunloquio del cual no sabía cómo salir y que, mientras más se empeñaba en no sembrar preocupación, tanta más intriga estaba provocando con su enigmático prólogo. Byron aprovechó la andanada de elogios para interrumpir al prefecto y conminarlo amablemente a ir al grano. Nada para alarmarse, pero dos hermanos habían desaparecido hacía tres días. Se trataba de dos pescadores, hombres jóvenes de veintitrés y veinticuatro años que vivían en un paraje vecino a la Villa. Nada se sabía de ellos y, lo más curioso, no se habían embarcado ya que el pequeño pesquero estaba amarrado frente a la finca donde vivían, de modo que si llegaran a tener alguna noticia, si vieran "algo", cualquier cosa, les agradecería infinitamente su colaboración. No tenía la menor intención de inquietarlos y mucho menos de interrumpir la tranquilidad de la estadía, de modo que, habiendo cumplido en tenerlos informados, el prefecto Didier se puso de pie, saludó amablemente y, aunque nadie mostró la menor disposición para acompañarlo hasta la puerta, pidió que nadie se molestara, que conocía la salida. Sin embargo Ham creyó oportuno señalarle que la puerta por la que pretendía egresar era la que conducía hacia el sótano.

En ese preciso momento Polidori, la mirada perdida más allá de la veranda, pálido y tembloroso, musitó como un autómata:

– En los alrededores del Castillo de Chillón.

Lo dijo en voz muy baja pero perfectamente audible. Didier quedó petrificado en el vano de la puerta. Había hablado con una certidumbre tal, que parecía la confesión de un asesino. El prefecto volvió sobre sus pasos.

– ¿Perdón…? -preguntó tratando de interponerse entre la mirada del secretario de Byron y la nada.

Polidori acababa de caer en la cuenta de que había hablado y, lo que era peor, de que, como siempre, había hablado de más. En escasos segundos pensó que no había forma de retractarse. Podía decir cualquier cosa, completar la frase con alguna nimiedad, pero si, efectivamente y tal como decía la carta, los cadáveres fueran hallados en aquel sitio, quedaría de manifiesto no solamente que sabía del lugar exacto, sino que además había tratado de ocultarlo. Por un momento pensó en subir a su cuarto y mostrarle la carta al prefecto, pero un terror supersticioso lo disuadió de la idea.

– En los alrededores del Castillo de Chillon; he visto que las aves volaban en aquella dirección -se limitó a responder enigmático y sin dar precisiones.

Percy Shelley aprovechó que casualmente la mirada del prefecto se detenía en su persona para hacerle un gesto imperceptible pero significativo: cerró los ojos, negó levemente con la cabeza y se llevó el índice a la sien. El prefecto Didier hizo un leve asentimiento. En realidad, se dijo, el hombre que acababa de aventurar tan insólita premonición no presentaba un aspecto de saludable cordura.

– Bien -dijo-, consideraré la sugerencia.

Cuando el prefecto se hubo retirado, John Polidori saltó de su silla y, sorpresivamente, se abalanzó sobre el cuello de Percy Shelley.

– Miserable, vi el gesto, miserable lunático…

Shelley se lo sacó de encima con la misma facilidad con que se hubiese desembarazado de una mosca y, en un momento, lo tenía tomado por las muñecas. Byron intercedió en favor de su secretario, liberándolo de las manos del poeta, lo cual enfureció todavía más a Polidori. Se sentía como un niño: no había conseguido turbar siquiera la sonrisa de Shelley y la defensa de su Lord parecía más bien un acto de piedad. Enceguecido, Polidori corrió a lo largo del salón y con ese mismo impulso se arrojó desde la veranda hacia el vacío.

11

Byron y Shelley se asomaron a la balaustrada y, bajo la lluvia, vieron el cuerpo exánime de Polidori tendido sobre el pasto. Como exhalaciones, corrieron escaleras abajo. Cuando llegaron al jardín vieron que respiraba con un ritmo tumultuoso. Polidori lloraba con llanto amargo, agudo, un llanto hecho del odio más profundo. Había caído sobre los suaves arbustos que circundaban la casa y el espeso barro del jardín terminó de amortiguar la caída. Lo único que había conseguido era torcerse un tobillo. Lo levantaron por las axilas y lo entraron a la casa.

Polidori, recostado sobre el sillón, un poco magullado y cubierto con una manta cerca del fuego, se sentía ahora profundamente feliz. Byron, que le había preparado un té, estaba sentado a su lado y le acariciaba la frente. Shelley se había disculpado francamente y Mary le había leído, en un dulce susurro, buena parte de La Nouvelle Heloise de Rousseau.

Polidori rememoraba íntimamente su reciente proeza atlética y, sobre todo, espiritual. Byron jamás podría jactarse de semejante hazaña. Paladeaba por adelantado la dulce y demorada respuesta que, cuando llegara el momento oportuno, lanzaría como una daga al centro de la petulancia de su Lord: "Puedo saltar desde las alturas sin sentir el más leve temor por mi vida". Por estúpido que pudiera resultar, éstas eran las pequeñas gestas que, paradójicamente, alimentaban el orgullo de John William Polidori y, a la vez, las que manifestaban su recóndita devoción por Byron: procedía como una novia despechada. Otra vez, y no hacía mucho tiempo, había intentado envenenarse con cianuro en una proporción tal que habría resultado insuficiente para matar a un ratón. Pero estas epopeyas lo acercaban a las alturas de los héroes románticos. Y, desde luego, la condición del héroe no era otra que la del martirio. Le había escuchado decir a Shelley que Occidente necesitaba construir sus ídolos con el estiércol de la conmiseración. Aquella frase se le había revelado tan cierta como iluminadora. Era, después de todo, la historia de su propia vida. Y ahora, mientras todos le prodigaban el merecido consuelo, no podía evitar sentirse un verdadero Cristo, lastimero, dolorido y expiatorio. Y todos se inclinaban a los pies sufrientes de su redentora figura. Por añadidura, su pequeña épica había restablecido su decreciente prestigio: Byron le había suplicado que, en cuanto pudiera, revisara a Claire, cuya salud lo tenía seriamente preocupado. Por primera vez se dirigía a su secretario en su condición de médico.

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