Federico Andahazi - Las Piadosas

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El verano de 1816 en Villa Diodati parece promisorio. Los personajes no pueden ser más ilustres: Lord Byron, Percy y Mary Shelley, Claire Clairmont y el Dr. Polidori, secretario privado de Byron. Polidori es quien resulta clave para Las Piadosas. ¿Por qué? Alguien se ha fijado en él para confiarle un terrible secreto. El enigma quedará revelado por la prosa envolvente y seductora de Federico Andahazi, el autor de El Anatomista. Andahazi descubre regiones insospechadas, turbadoras de la sexualidad y construye la intriga de una verdadera novela gótica moderna en torno a personajes y situaciones que difícilmente se olvidarán

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Ahora que ya os he revelado qué es aquello que vos poseéis, se impone que os hable de la historia de mi familia.

Desciendo de una antigua familia protestante. Quisieron los raros avatares del azar que mis lejanos ancestros emigraran de Francia a Inglaterra y, más tarde, de Inglaterra hacia América. Mi padre, William Legrand, hombre de un frágil equilibrio espiritual, dilapidó tantas veces como rehizo la fortuna que había heredado. Nació en Nueva Orleáns y allí creció sin más preocupaciones que las que puede tener un joven de acomodada posición.

Al morir mi abuelo, mi padre, presa de una de las pestes más devastadoras que sufriera América -me refiero a la letal fiebre del oro-, dilapidó hasta la última moneda que había heredado detrás de sus quiméricas ilusiones. Sin otra compañía que la de su fiel criado -que, por otra parte, era lo único que lo mantenía con los pies en la tierra-, se instaló en la solitaria isla de Sullivan cercana a Charleston, en Carolina del Sur. Dios sabe cómo, al cabo de dos años, volvió a Nueva Orleáns convertido en uno de los hombres más ricos de América. Pero su fortuna duró tanto como el tiempo que separa el relámpago del trueno: entusiasmado por su buena estrella, invirtió la totalidad de su capital en una descabellada expedición al inhóspito Yukon, donde, por añadidura, cerca estuvo de perder la vida.

Pero como si su destino hubiese estado signado por la misma suerte de Lázaro, milagrosamente habría de levantarse, otra vez, de la más paupérrima miseria. Cuando todo parecía indicar que aquél era el fin definitivo de la ancestral fortuna de los Legrand, una mañana llamaron a su puerta. Un lacónico caballero de aspecto medieval y cara de pájaro que se presentó como notario cumplió en notificarle que, no habiendo descendientes directos ni testamento, él, William Legrand, sobrino nieto de un desconocido André Paul Legrand recientemente fallecido en Francia, era el único heredero de todos los bienes del ignoto difunto, a saber: una discreta mansión en el corazón de París con todas sus piezas de arte, joyas y mobiliario, y una suma de dinero suficiente para que pudieran vivir holgadamente, por lo menos, las tres generaciones siguientes.

Habida cuenta de que ya nada lo ataba a la ciudad de Nueva Orleáns -no tenía familia y su entrañable criado, Júpiter, que ni en las peores circunstancias lo habría abandonado, estaba muerto-, mi padre decidió que su nuevo destino habrían de serlas tierras de sus ancestros. La decisión no tardó más que el tiempo que le llevó estampar su firma en el documento que acababa de leerle el notario. Al mes siguiente mi padre llegaba a París. Durante la primavera de 17…, conoció a quien sería mi madre, Marguerite, con la que se casó en la primavera siguiente. No es mucho lo que puedo decir sobre mi madre pues no la conocí. Poco tiempo después -a un año exactamente de su casamiento-, la vida de mi padre habría de convertirse en una pesadilla.

Pero dejaré que el relato corra por su cuenta: os transcribo aquí una carta que mi padre le escribiera a cierto médico en la cual, con desesperada amargura, le relata el comienzo de mi monstruosa biografía.

SEGUNDA PARTE

1

CARTA DE WILLIAM LEGRAND AL DR. FRANKENSTEIN

París, 15 de marzo de 1747 Mi muy estimado Dr. Frankenstein:

Estas líneas son hijas de la desesperación. Mucho me complacería, habida cuenta del largo tiempo que no mantenemos contacto, hablaros de cuestiones más gratas. Sin embargo, debo confesaros que, si decidí llamarme a silencio durante estos últimos tres años, ha sido, justamente, a causa del desgraciado curso que, inesperadamente, ha tomado mi vida. Os suplico que me ayudéis, pues ya no me quedan fuerzas para seguir cargando con esta cruz. Necesito de vuestro sabio consejo y, sobre todo, de vuestra noble discreción. Esta carta es a la vez una confesión, un intento de expiar culpas y un ruego. Tal vez vuestra sabiduría de médico encuentre una salida al siniestro laberinto en que, durante estos últimos tres años, se ha transformado mi existencia. Lo que habré de relataros es lo más espantoso que podría sucederle a un hombre. No me juzguéis como a un pobre loco; aún, al menos por ahora, no lo estoy. Hago votos para que Dios me anime a enviaros esta carta una vez concluida, aunque mucho me temo que el pudor me impida hacerlo. En la última, os daba la buena nueva de que Marguerite estaba encinta. Recuerdo con qué felicidad os relataba el acontecimiento, pues era un anhelo largamente acariciado por mi mujer y por mí. Todo marchaba a las mil maravillas y no había motivos para suponer otra cosa que el más auspicioso de los desenlaces. Sé que estáis enterado de que mi mujer murió durante el parto a causa de ciertas inesperadas complicaciones y también sé que estáis al tanto de que, mientras su vida se apagaba, con heroico renunciamiento y en el límite de sus fuerzas, pudo dar a luz a dos hermosas mellizas. Pero ésa es sólo una parte de la historia. Existen otros acontecimientos que nadie conoce aún y que jamás me he atrevido a revelar pues son tan terribles e inexplicables que, presa del espanto, no he sabido cómo proceder ni a quién acudir.

Trataré de contároslo con tanto detalle como me lo permita el pudor.

Durante la helada madrugada del 24 de febrero de 1744, minutos antes de que un relámpago cadmio anunciara la proximidad de la tormenta más espantosa de la que este siglo tenga memoria, Marguerite -que acababa de entrar en el séptimo mes de embarazo- se despertó sobresaltada. Recuerdo que, aquella noche -ignoro por qué-, la había pasado yo en vela presa de una indefinible angustia que era -hoy lo sé- la señal de los más negros augurios. Tenía la inexplicable certeza de que algo funesto habría de ocurrir. Como si de pronto los acontecimientos comenzaran a adecuarse a mis oscuros temores, mi esposa se incorporó y, apoyada sobre los codos, creyó morir de dolor. Se llevó la palma de la mano al vientre, tal como hacen las mujeres embarazadas cuando presienten la inminencia del peligro. En ese preciso momento sobrevinieron dos hechos a un mismo tiempo, como si uno fuera la causa ya la vez el efecto del otro. Cuando mi esposa posó su mano por encima del camisón, me comunicó su inquietante impresión de que el volumen de su vientre era incomparablemente mayor que al acostarse, hacía apenas unas horas; en ese mismo instante, la casa entera cimbró a causa de un trueno. Intenté tranquilizarme en la convicción de que todo aquello no era más que una falsa percepción, producto de la angustiosa duermevela. De inmediato encendí las velas del candelabro que estaba sobre la mesa de noche y, espantado, pude comprobar que, efectivamente, el vientre sietemesino, que hasta hacía unas horas apenas si sobrepasaba el perfil del exiguo busto de mi mujer, era ahora un abdomen colosal cuyo volumen le impedía juntar una mano con la otra por delante de él.

Jamás sospeché que el abrupto final del sueño de mi esposa iba a ser el comienzo de la más negra de las pesadillas que habrá de atormentarme hasta el último de mis días.

Del otro lado de la ventana, el cielo se cernía sobre el mundo como un ultimátum; la ciudad era una sombra lejana y endeble que parecía implorar piedad, cercada arriba por la tormenta y abajo por el río; París nunca había visto el Sena tan furioso. Las aguas empezaban a golpear con iracundia las escalinatas que bajan a la ribera hasta alcanzar, con su cresta de monstruo, las balaustradas de los puentes.

Sin embargo, si hubiera imaginado lo más terrible que podía sucederle a una embarazada, hasta la fantasía más tenebrosa habría sido benévola comparada con lo que sucedió aquella noche en la que se desató la tormenta más espantosa de la que este siglo tenga memoria.

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