Poco le importaban a Polidori las destrezas físicas. Pero aquel libro que acababa de escribir hacía apenas unas horas habría de sobrevivir -no lo dudaba- a la efímera fama de su Lord. Los críticos no se equivocaban. Byron era un escritor mediocre, cuya celebridad no tenía otra razón que la de los escandaletes que generaba en torno de sí. En cambio, para los hombres de la talla de John William Polidori -se dijo el secretario-, para ellos estaba hecho el marmóreo pedestal de la gloria. Aquel libro que acababa de concluir iba a vender, no catorce mil ejemplares, sino veintiocho y hasta treinta mil en sólo un día. Animado en esa convicción, feliz y riente, se despertó.
En el mismo lapso que separa un abrir y cerrar de ojos, John Polidori descubrió su propia farsa, aquel grato pero efímero engaño con el que a menudo nos ilusionan los sueños.
Desesperado, caminaba de un rincón a otro de su habitación. Furioso y aterrado apretaba la carta de Annette Legrand, empeñado en olvidar los negros augurios epistolares y, sobre todo, en recordar el contenido del relato que había soñado. Pero cuanto más se obstinaba en asir los difusos vestigios del cuento, en la misma proporción se esfumaban de su memoria. Creyó conservar un trazo, un brevísimo rastro que habría de ponerlo en la senda. Pero para cuando hubo hallado una pluma y un papel, descubrió que aquel pequeño resto era como la volátil estela de una estrella fugaz. Nada. La historia que había soñado se le había escurrido como el agua entre las manos. Nada. Polidori se sumió en una angustia inédita, inconsolable. Si la pérdida de un objeto preciado o, más aún, de una persona amada eran hechos ciertamente irremediables, al menos podían ser parcial y deficientemente sustituidos por la añoranza, por la incompleta aunque dulce sustancia de la nostalgia; pero aquello que acababa de extraviar Polidori, que era, además, su más profundo anhelo, no tenía ni siquiera el consuelo del recuerdo.
En ese estado de ánimo dejó su habitación.
Byron había amanecido de un pésimo humor. Tenía una expresión descompuesta y una temible arruga en el entrecejo. No pronunció palabra cuando se cruzó con su secretario en el salón. Ni siquiera había contestado al saludo de Ham. Caminó hasta la veranda y se sentó a contemplar la lluvia. Desayunó solo y de espaldas al salón.
Polidori, enfurecido consigo mismo, intentaba vanamente recordar el relato que había soñado. Creía percibir un leve destello del sueño cuando, a sus espaldas, tronó un alegre "buenos días". Con la ligereza de una gacela, Percy Shelley atravesó el salón y fue al encuentro de Byron. Acercó una silla y se sentó junto a su amigo. Polidori ignoraba qué extraño magnetismo ejercía sobre su Lord aquel joven desinhibido, de costumbres y modos más próximos a la espontaneidad del vulgo que al protocolo al cual Byron era tan apegado. Bajo las mismas circunstancias y habida cuenta del ánimo con el que había amanecido, si cualquier otra persona hubiese osado interrumpir el íntimo e inexpugnable ensimismamiento de su Lord, se hubiera expuesto al más hiriente de los desaires. Sin embargo, desde el salón, pudo ver cómo el semblante de Byron se iba distendiendo hasta la sonrisa mientras conversaba con Shelley. Polidori odió al intruso con toda la fuerza de su alma y con el agravante, desde luego, de que había sido el responsable de la interrupción del recuerdo del sueño, justo en el momento en que estaba por acudir a su memoria.
Mary se levantó cerca del mediodía. Estaba preocupada -así se lo hizo saber a Shelley por la salud de Claire, quien, hablando en sueños durante la noche, había dicho unas cosas horrorosas. Percy Shelley parecía saber perfectamente de qué se trataba. Mary no se las quiso repetir, pero le manifestó que no estaba dispuesta a seguir compartiendo la habitación con su hermanastra. Hablaba en un susurro como si quisiera evitar que la escuchara Byron. Polidori, que permanecía casualmente del otro lado de la puerta, era testigo invisible de la conversación. Claire no quiso salir de la cama. No había desayunado y se negaba a almorzar. Percy Shelley mostraba más fastidio que preocupación. Por momentos -y cada vez con más frecuencia-, tenía la convicción de que había sido una locura haber incluido a Claire en la fuga. Percy Shelley había pergeñado la huida junto con Mary, la hija de su maestro, William Godwin. Como se resistía a concebir esto último como una traición, se justificaba a sí mismo renegando de su maestro. A sus ojos, Godwin ya no era aquel sabio hereje que había escrito la Investigación sobre la justicia política; no era ya el que se había pronunciado abiertamente contra el matrimonio e incluso contra el concubinato, razón por la que jamás había vivido bajo un mismo techo con la madre de su hija. No, ya no era aquél, sino su propio reverso: un hombre casado, para peor en segundas nupcias y, por añadidura, con una arpía, la horrenda señora Clairmont -madre de Claire-, una mujer sin más horizontes que el de los estrechos límites de la cocina. ¿Cómo había podido ofender de semejante forma la memoria de Mary Wollstonecraft? ¿Cómo comparar a la fervorosa autora de Vindicación de los derechos de la mujer con este esperpento doméstico, cuya sola existencia era una afrenta a la condición femenina? Godwin ya no era aquel de los escritos fragorosos en favor de los cambios sociales, sino un pobre escritor dedicado ahora a los cuentos infantiles y a la literatura para púberes. De modo que, pensaba Shelley, huir con la hija de su viejo maestro no significaba una traición; al contrario, no era sino resucitar las antiguas enseñanzas y, de ese modo, reivindicarlo, redimirlo de su actual postración intelectual. Pero lo que ni Mary ni él habían previsto era el error que habría de significar incluir a Claire en la larga fuga que se había iniciado hacía ya más de dos años en Somers Town. Atrás habían dejado Dover, Calais y París. Ya no eran los tres alegres fugitivos de paso por Troyes, Vendeuvre y Lucerna. Shelley, pese a su infinita juventud, tenía el ánimo de un anciano enfermo; Mary presentaba el aspecto de un alma en pena y Claire hacía ya mucho tiempo que se había convertido en un estorbo para la pareja: carecía de cualesquiera de las virtudes que adornaban a su padrastro y había heredado con creces la malicia de su madre, la señora Clairmont. Claire era una suerte de molesta intrusa: su quebradiza salud y, más aún, su voluble razón que, por momentos, parecía abandonarla, habían convertido el viaje en una pesadilla y, según parecía, la estancia en la Villa no habría de ser más auspiciosa. Por otra parte, Byron no se mostraba en absoluto dispuesto a desembarazarlos de Claire, en cuya compañía parecía sentirse a gusto, aunque no hasta el punto de quedarse con ella. En rigor, se diría que también el propio Byron empezaba a mostrar un progresivo fastidio hacia Claire. El deslumbramiento que le había provocado su belleza comenzaba a opacarse en contraste con el agobio espiritual y, sobre todo, con la aridez intelectual que podía ver ahora con absoluta transparencia en el ánimo de Claire. Por mucho que había intentado engañarse, Byron ya no se podía ocultar que, en realidad, lo único que lo había encandilado de Claire Clairmont era aquella sensualidad rayana en la ninfomanía que ahora parecía haberla abandonado por completo.
Almorzaron en silencio. Por alguna extraña razón nadie parecía ser el mismo después de la llegada a Villa Diodati. Polidori no podía evitar la impresión de que se le estaba ocultando algo aunque, en rigor, nunca -y bajo cualquier circunstancia y compañía- había podido sustraerse a esa certidumbre. Quizá su parecer no fuese sino el producto de atribuir a sus acompañantes sus íntimos propósitos, ya que era el propio Polidori quien sí estaba ocultando algo. Un observador imparcial, en cambio, hubiera dicho que todos se estaban escondiendo algo entre sí. El tenso silencio de la sobremesa fue interrumpido por la llegada de una embarcación. Desde la mesa vieron cómo una pequeña lancha amarraba en la escollera. Los cuatro comensales apenas pudieron disimular una inconfesable inquietud. Polidori empalideció.
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