Federico Andahazi - Las Piadosas
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5
Por un momento, John Polidori consideró la posibilidad de que, súbitamente, hubiese perdido la razón y que todo aquello -la inexplicable aparición de la carta que ahora creía sostener entre los dedos, el insólito diálogo de luces, las negras amenazas que suponía haber leído- no fuera sino producto de un vívido delirio. Entonces se preguntó para qué alimentar su tormento en la lectura de aquella siniestra carta, nacida de su propio y turbado juicio, si aquel tétrico despliegue que se presentaba ante sus ojos no tenía otro origen que el de su repentina demencia. Claro que esa hipótesis no lo tranquilizaba; al contrario, la sola idea de haber caído víctima de la locura lo aterró todavía más. Por eso, volvió a la lectura albergando ahora la esperanza de encontrar una explicación que lo disuadiera de la pavorosa idea de haber perdido la cordura.
Os lo advierto desde ahora: no os hagáis ilusiones respecto de mi belleza si estáis pensando en mis hermanas. Sois el primero en saber que las Legrand no son mellizas, sino que, en realidad, somos trillizas. Y sobran motivos para que nadie lo sepa. Escuchad:
Pude haber sido la espina bífida de alguna de mis hermanas, un teratoma crecido al cobijo de un glúteo fraterno, uno de aquellos tumores que, cuando se extirpan, presentan el horroroso aspecto de una persona a medio hacer: un manojo de pelos, uñas y dientes. En vuestra profesión, sin duda debéis haber visto más de uno.
John Polidori levantó la vista de la carta. Sus manos sudaban y el papel se agitaba al ritmo de su tembloroso pulso. Aquellas palabras parecían haberse adelantado a su propio pensamiento. En efecto, no había terminado de leer el vocablo "teratoma" cuando se impuso en su memoria, y contra su voluntad, un recuerdo de sus años de estudiante. Por mucho que lo intentaba, no podía desembarazarse de la temida imagen de un frasco en cuyo interior flotaba en alcohol un monstruoso quiste del tamaño de un puño que había sido extraído de la espalda de una anciana. Polidori siempre se había considerado un medroso hipocondríaco, incapaz de ejercer su profesión con el temple de espíritu que debe tener un médico. Esa carta venía para atormentarlo. Como una exasperante presencia, podía ver aquella cosa inciertamente antropomorfa, desde cuyo centro brotaban unos huesecillos como dientes, esa suerte de feto anciano envuelto en una pelambre ya canosa del mismo gris que los cabellos de Miss Winona Orwel, la enferma de la cual había sido extirpado. Todavía podía ver a su maestro, el siniestro Dr. Green, sosteniendo el teratoma en la palma de su mano y, como si fuese hoy, recordaba su mirada maliciosa y su voz cavernosa que repetía:
– Mr. Polidori, déme su mano.
Pálido y al borde de la lipotimia, el joven estudiante Polidori apretaba sus manos detrás de la espalda como un niño.
– Mr. Polidori -repetía sonriente y calmo el Dr. Green-, extienda su mano o salga de aquí y no regrese jamás.
Entonces, cerrando los ojos con toda la fuerza de los párpados, había extendido la mano e inmediatamente pudo sentir que aquella entidad viscosa se resbalaba inerte por su palma con la consistencia de un gusano muerto.
– Mr. Polidori, le presento a Mr. Orwell, su primer paciente. Queda en sus manos -dijo el profesor Green ante las carcajadas hechas de nervios y malicia de sus compañeros.
El profesor Green giró sobre sus talones y, dirigiéndose a la enferma que yacía en la cama de la sala, le dijo con tono protocolar:
– Miss Orwell, le presento a su hermano menor -sonreía mientras señalaba hacia aquella cosa que yacía en la temblorosa mano del estudiante Polidori.
Miss Orwell, una anciana viuda y sin familia que vivía sola en un pensionado de indigentes en Liverpool, se enderezó apoyándose sobre los codos, miró con unos ojos húmedos y candorosamente preguntó:
– ¿Está vivo?
El profesor Green rió con una carcajada medieval que fue seguida por la de todos los alumnos. El estudiante Polidori no pudo evitar una profunda náusea antes de caer de espaldas al suelo.
6
Sin embargo, mi querido doctor, para compasión de algunos y espanto de otros, quiso el azar que aquella malformación enquistada en las fetales nalgas de Babette tomara un curso súbitamente independiente, se separara y, finalmente, se convirtiera en esto que ahora soy. Dr. Polidori, no puedo dejar de reconocerme, si no en el fenómeno, al menos en la etimología del teratoma: teratos, monstruo.
Soy, en efecto y dicho esto sin apelara ninguna metáfora, un monstruo. Ni siquiera puedo arrogarme la inclusión dentro de la clasificación que agrupa a aquellos adefesios cuyos padres abandonan en las puertas de las iglesias o en los atrios de los cotolengos. Padezco de una cierta idiotez química, de un desconocido capricho fisiológico que hizo de mí un fenómeno inciertamente amorfo. Soy una suerte de formación residual de mis hermanas. Los animales, Dr. Polidori, al menos tienen el decoro de matar a las crías enfermas.
Era de esperarse que la brutalidad química que animaba mi fisonomía modelara mi espíritu a imagen del cuerpo en el cual habitaba. Además de mis rústicos modales naturales -más cercanos a los de una bestezuela que a los de una dama-, carezco de cualquier atributo que pudiera adjetivarse como delicado. Cualesquiera de los sentimientos que, en la mayoría de los mortales, se desatan de manera cadente, pudorosa, nocturna o inconfesable, en mi espíritu se desenlazan de un modo brutal e incontrolable, súbita e indecorosamente, sin el menor reparo en las formas sociales: actúo según el arbitrio que me imponen mis impulsos arcaicos. Yen esto último, Dr. Polidori, quizá nos parezcamos. Soy un ser desmesurado, lascivo y jamás mido las consecuencias de aquello que deseo o, más bien, de aquello que necesito conseguir. Pero soy, apenas, la tercera parte de un monstruo que ninguna razón -ni humana ni divina- podría haber concebido. Ignoro qué oscura inteligencia gobierna la naturaleza; no dejéis que os engañen con los bucólicos encantos de los pedestres poetas. La belleza no es más que la apariencia del horror e, invariablemente, necesita de la muerte: la más hermosa de las flores hunde sus raíces en la fétida materia descompuesta. No me detendré en intentar una humillante descripción de mi persona; basta con que imaginéis al ser más horroroso que os fue dado ver y luego multipliquéis por cien aquel quantum de fealdad.
No hizo falta que John Polidori hurgara demasiado en su memoria para recordar al ser más espantoso que jamás hubiera visto. Como si aquella desconocida supiera de sus recuerdos más ingratos, Polidori no pudo evitar que se le impusiera uno de los episodios más atroces de su corta existencia. Evocaba ahora el pestilente Abnormal Circus , en cuyos sórdidos subsuelos había tenido el macabro privilegio de presenciar el más espantoso desfile: estaturas mínimas, gibas como montañas, garras en lugar de uñas, cuencas de ojos vacías, brazos y piernas amputados o simplemente faltantes, gruñidos de fiera, risas enloquecidas, lamentos sordos, llantos desgarradores, pestilencias desconocidas, cabezas inconmensurables, súplicas de piedad. Así, a medio domesticar, obedientes unos a los látigos y los correajes, rebeldes otros a las cadenas y los grilletes, avanzaban ante los gritos brutales y los golpes furiosos de los "domadores" ataviados con libreas y botones dorados. Iban en tumultuosa fila por el estrecho y nauseabundo corredor hacia los sótanos. Esos veinticinco freaks traídos desde los cuatro puntos cardinales, embarcados en las hediondas bodegas de los barcos más pestilentes y enjaulados después en los subsuelos del Abnormal Circus , habrían de ser exhibidos y vendidos en subasta pública al mejor postor. Con el propósito de despojarlos de todo rasgo que denunciara algún vestigio de humanidad, les habían prodigado los más extravagantes afeites y maquillajes. El Dr. Green había concertado allí, en carácter de "práctica obligatoria", la última clase de Patología. Según había afirmado el sombrío catedrático, la esperada subasta anual del Abnormal Circus ofrecía un incomparable catálogo viviente, un encuentro privilegiado con la esencia del pathos , imposible de aprehender en la práctica clínica cotidiana. John Polidori recordaba de qué forma, antes de la subasta, el Dr. Green, con la "científica" complicidad del martillero, había sujetado a la camilla a una aterrada mujercita que no superaba el medio metro de estatura. Los ojos eran dos esferas blancas e inertes por donde jamás había entrado la luz. Para demostrarles que "la enferma" era completamente ciega, extrajo un fósforo y lo encendió delante de sus ojos. La mujer no presentó reflejos hasta que se le acercó la llama a la piel. Entonces, retorciéndose del dolor, emitió un sonido gutural, un alarido mudo que parecía provenir del fondo de una caverna. El Dr. Green explicó que, si bien "la enferma" no veía, presentaba reflejos táctiles. Acto seguido, tomó la pluma, que aún conservaba restos de tinta, y la clavó en el pulpejo de uno de los dedos de "la enferma", que arqueó la espalda al tiempo que su pie izquierdo temblaba sísmicamente. El maestro explicó el recorrido nervioso que une la yema de los dedos de las manos con las de los pies. La tinta de la pluma empezaba a mezclarse con la sangre. La mujer, moviendo la cabeza a izquierda y a derecha, parecía preguntarse -como si tuviese noción del pecado y la piedad- qué mal había cometido para merecer aquel castigo y, a juzgar por la aterrada expresión, parecía suplicar clemencia. El Dr. Green se preguntó por las secretas impresiones que podía albergar "la enferma", habida cuenta de que era ciega, sorda y muda. Un interesante enigma acerca del cual aconsejó reflexionar a sus espantados alumnos. En ese preciso momento, una voz subterránea, cavernosa, cuyo origen no se distinguía a causa de la penumbra que reinaba en el subsuelo, preguntó:
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