Nunca más, hasta el día de su temprana muerte, habría de recuperar la razón.
Pocos son los datos ciertos que se conocen sobre John William Polidori durante el curso de los cuatro años que sobrevivió a aquel verano que cambió el curso de la literatura universal. De su propio diario se desprende que el joven médico -según Byron, "más apto para producir enfermedades que para curarlas"- marchaba irremediablemente hacia un desequilibrio definitivo. Aprovechando la ausencia de su Lord, el secretario entregó los manuscritos de The Vampyre en 1819. La obra se publicó y, contrariando los pronósticos del propio Lord, la edición se agotó el mismo día de su salida. Sin embargo, la obra no había aparecido con la firma de su presunto autor, John Polidori, sino con la de Byron. Desde Venecia, indignado y furioso, Lord Byron hizo llegar al editor una categórica desmentida. Mary Shelley fue aún más lapidaria: en la advertencia que precede a su novela Frankenstein , en la que relata las circunstancias en las que concibió a su criatura durante el curso de aquel lluvioso verano de 1816 en Villa Diodati, hace mención al pacto según el cual "cada uno de nosotros debía escribir un cuento fundado en alguna manifestación sobrenatural". Hacia el final del pequeño prólogo, Mary Shelley afirma falsamente que "el tiempo mejoró de improviso y mis amigos me abandonaron para dedicarse a explorar los Alpes, entre cuyos magníficos parajes olvidaron nuestro compromiso con las evocaciones espectrales. Por ello, el relato que se ofrece a continuación es el único que llegó a concluirse". Por alguna extraña razón, la autora de Frankenstein decidió omitir el nacimiento de The Vampyre e ignorar con el más cruel de los silencios a John William Polidori.
Fue justamente en su derrotero italiano, durante su estadía en Pisa, en 1821, cuando Byron fue notificado del suicidio de su secretario. Y lo lamentó profunda y sinceramente. Quizás hubiese sido un consuelo saber que el pobre Polly Dolly había sido capaz de las tres proezas de las que ni él mismo fue consciente.
La historia ha dejado suficientes evidencias de la existencia de las mellizas Legrand. En los libros del Hótel d'Angleterre de Ginebra existe aún el registro de su hospedaje. Sin embargo, es absolutamente improbable que haya existido la supuesta trilliza oculta. Al menos, en lo que a mí concierne, no he conseguido hallar ninguna evidencia.
Me resisto a tomar como prueba el sobre negro -lacrado con un sello púrpura en cuyo centro se sospecha una presunta, casi ilegible, letra L- que apareciera, inopinadamente, sobre mi mesa de trabajo y que aún no me he resuelto a abrir.
Fin