Derek Talbot la examinaba no sin cierta aprobación. Colette se sintió súbitamente bella. Sabía, íntimamente, que siempre había sido más hermosa que Babette. Sólo un idiota o un ciego podría confundirla con su melliza. Miró a Babette, que trataba de recuperarla compostura, con sincera compasión. De hecho, el casero ni siquiera había vuelto a reparar en Babette y, en cambio, recorría con sus ojos las piernas desnudas que le ofrecía Colette. Mi hermana separó las rodillas y, mirando a los ojos de Derek Talbot, primero se acarició los muslos y después extendió un brazo hasta alcanzar el rifle que descansaba apoyado vertical contra la pared. Acarició el caño del arma desplazando ahora su mirada al miembro del casero -que se diría que empezaba a resucitar- e inmediatamente bajó el mango del rifle hasta su pubis, apretándolo entre las piernas mientras pasaba su lengua por la boca del caño. En esa posición se contoneaba como si montara un caballo al trote, suave y morosamente. Derek Talbot había recobrado algo de su expresión, cuando, momentos antes, contemplaba la antigua acuarela. Mi hermana Colette, viendo que el "socio" del casero regresaba al reino de los vivos, se incorporó, caminó hasta la cama, se hincó de rodillas y, como si rindiese una profana pleitesía, lo tomó entre sus manos y pasó su lengua desde el nacimiento hasta el glande y desde el glande al nacimiento. Babette, que empezaba a componerse, miró la escena, atónita y descreída. Colette, sin soltar su presa, levantó la vista y miró a nuestra hermana no sin alguna malicia, como si así le dijera: "Yo, Colette Legrand, he conseguido lo que tú, vieja e insulsa hermana, jamás podrías lograr".
Colette sintió entre sus manos una convulsión que se diría sísmica. Rápida y puntual, envolvió el trofeo en el pañuelo que llevaba consigo y sólo entonces, como un volcán furioso, manó la blanca y anhelada lava. Cuando hubieron cesado los estertores, Colette presionó aun más para extraer hasta la última gota. Cuando el fluido de la vida quedó depositado en la concavidad del pañuelo, Colette hizo un nudo en las puntas y guardó la virtual talega entre sus ropas. Derek Talbot temblaba todavía como una hoja cuando, súbitamente, abrió los ojos. Como si acabara de pasar del más grato de los sueños a la más atroz de las pesadillas, vio a aquel dúo de ancianas decrépitas, voraces y rapiñeras que se reían satisfechas como hienas. Derek Talbot sintió un profundo asco que se manifestó en una náusea incontenible. Primero rogó que lo liberaran, después maldijo con toda la fuerza de sus pulmones, juró denunciarlas y propalar a los cuatro vientos que las Legrand eran unas rameras de siete suelas.
Me trajeron presurosas el néctar robado. Bebí hasta la saciedad y conforme el fluido de la vida bajaba por mi garganta, en la misma proporción el alma nos volvía al cuerpo hasta restablecernos por completo. Desde la pequeña casa al otro lado de la residencia llegaban los gritos y las maldiciones de Derek Talbot.
Entonces mis hermanas repararon en el hecho incontestable de que si, efectivamente, el joven casero hablaba de lo sucedido, los rumores que sobre ellas corrían iban a quedar definitivamente confirmados.
Ahora, llenas de vitalidad y animadas por una única convicción, rifle en mano, volvieron sobre sus pasos hasta la pequeña casa de Derek Talbot. Cuando el casero volvió a verlas, irrumpió en nuevas y más terribles maldiciones.
Babette levantó el rifle hasta la altura de sus ojos, apuntó al centro de la frente del joven casero y disparó.
Aquél iba a ser el inicio de una demencial serie de crímenes.
Me inclino a suponer que mis hermanas jamás se consideraron a sí mismas como un dúo de asesinas. Mataban con la misma insita naturalidad con la que el tigre hunde sus colmillos en la médula de la gacela. Mataban sin odio, sin ensañamiento. Mataban sin piedad ni espíritu de redención. Mataban sin método ni cuidado. No sentían remordimiento ni placer. Mataban conforme a las leyes de la naturaleza: sencillamente porque tenían que vivir. De pronto nos convertimos al nomadismo. Llegábamos a una ciudad o a un pueblo, mis hermanas elegían a las víctimas, obtenían el botín, mataban, volvían a matar y entonces partíamos hacia un nuevo destino. Ya os he contado el tormento que para mí significaban los desplazamientos. Se diría, en cambio, que mis hermanas estaban felices con su nueva vida.
Viajar les producía una inmensa excitación. En el curso de un año hemos viajado más que vos en toda vuestra existencia. El azar nos llevó desde el extremo occidental hasta el oriental de Europa, de Lisboa hasta San Petersburgo; de norte a sur, desde los reinos nórdicos hasta la isla de Creta. Conocimos las tierras más exóticas a uno y otro lado del Atlántico, desde los confines de los Mares del Sur y las márgenes del oceánico Río de la Plata, hasta los Estados Unidos de Norteamérica. Confieso que no podría contar, ni siquiera por aproximación, el número de muertos que dejamos tras nuestros pasos.
Dr. Polidori, en lo que a mí concierne, debo confesaros que ya no puedo seguir cargando con el peso del remordimiento. Ni del cansancio. Soy ya un monstruo viejo. Si me he resuelto a confesaros mi existencia es porque sé que en lo más recóndito de nuestras almas nos parecemos. Sé que podemos sernos mutuamente útiles. Lo que tengo para ofreceros a cambio de lo que ya sabéis es lo que vuestro corazón siempre anheló. Mañana os lo entregaré. Ahora debo dormir, ya no me quedan demasiadas fuerzas.
Sabréis de mí.
Annette Legrand
La lejana luz de la cima se apagó.
John William Polidori releyó las últimas líneas de la carta. Otra vez lo sobrecogió el pánico. Era, sin embargo, un miedo ambiguo. Se imaginaba los cadáveres hallados en los alrededores del Castillo de Chillon. Contra su voluntad se impuso en su pensamiento la imagen de Derek Talbot atado de pies y manos a la cama, desnudo, con la frente perforada y flotando en su propia sangre. Pero ahora, descubrió, no lo atemorizaba aquella ominosa correspondencia; al contrario, lo único que, supuso, podía salvarlo de la voracidad asesina de las mellizas Legrand era, precisamente, aquella monstruosa entidad. A pesar de la situación, cuanto menos unilateral, que surgía de la última carta, Polidori confiaba en la posibilidad de sacar algún rédito. Pero se preguntó si acaso Annette Legrand sabría qué era aquello que su corazón más anhelaba. Albergaba la supersticiosa esperanza de que lo supiera. No sentía el menor pudor en exhibir sus más recónditas miserias; al contrario, estaba dispuesto a desnudarle todas sus inconfesables ruindades. De pronto, Polidori descubrió que la abominable trilliza no solamente podría preservarlo de la muerte, sino que, aún más, podría cambiar su insignificante existencia.
John Polidori plegó la carta y la guardó en el sobre. Con la ansiedad de los enamorados, esperaba que concluyera el día que todavía no había comenzado para recibir la siguiente carta. Ni siquiera había considerado la posibilidad de dormir. No se imaginaba de qué forma Annette Legrand conseguía que las cartas aparecieran sobre el escritorio aunque sabía, sí, que la condición era la de no ser vista. De modo que, por si se decidía a dejarle correspondencia, John Polidori se dispuso a abandonar el cuarto.
Cuando el secretario bajaba al salón, desde el rellano de la escalera, se encontró con un cuadro aciago: el recinto estaba iluminado por un candelabro mortuorio que brillaba débilmente en el centro de la mesa. La cabecera norte, flanqueada por dos armaduras, estaba ocupada por Lord Byron y la contraria por Percy Shelley, mientras que, a los laterales, una frente a otra, estaban sentadas Mary y Claire. La extraña luz proveniente de las brasas del hogar se combinaba de un modo incierto con la que dimanaba del candelabro, lo que confería a la escena un sino de aquelarre. Los ojos de Byron brillaban con un resplandor malicioso que Polidori desconocía. Claire, la cabeza extrañamente erguida, las palmas sobre la mesa, parecía, alternativamente y según los arbitrios del vaivén de las llamas, tener los ojos en blanco o bien cerrados. Desde su perspectiva en lo alto de la escalera, Polidori no podía ver el rostro de Mary aunque sí percibía su respiración agitada. Percy Shelley había perdido su sempiterna expresión de alegre sarcasmo y, más bien, se lo veía asustado. Delante de Byron había un libro abierto. Con una voz áspera, grave, que su secretario jamás le había escuchado, su Lord leyó:
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