– Otra vez la respuesta es no. Ahora serán los zapatos.
Con fatigada respiración, la una le quitó el zapato derecho y la otra el izquierdo. Según las reglas, cada zapato debía ser una prenda distinta, pero, habida cuenta de las circunstancias, monsieur no puso ningún reparo. Estaba verdaderamente preocupado de que su socio y amigo pudiera sorprenderlo, lo cual, por paradójica reacción, parecía excitarlo aún más. Luego Colette le pasó ambas manos por las ingles, circunvalando la abultada bragueta de Pelián que estaba conturbada en un dilatado palpitar.
Impresionadas con el tamaño y los bríos de aquella fiera enjaulada, las mellizas, cada una con una mano, la apretaron y la recorrieron de extremo a extremo. Ya sin orden a regla ni norma, se abalanzaron sobre el maestro de piano. Babette se sentó sobre su boca y lo conminó a que le introdujera la lengua dentro de su ardiente morada. Colette terminó de desabrochar la bragueta, hasta desnudar el grueso marlo de monsieur, cuyo diámetro apenas si podía abarcar con su pequeña boca.
Fue entonces cuando me descolgué de la rejilla de la ventilación y con mis últimas fuerzas me sumé al trío. Babette se aseguró de que la venda estuviera bien sujeta y ocultara por completo los ojos del maestro. En el momento exacto, Colette me ofreció lo que sujetaba entre las manos y entonces bebí hasta la última gota de aquel delicioso elixir de la vida que manaba caliente y abundante. Y conforme bebía, podía sentir cómo mágicamente mi cuerpo volvía a llenarse de vida, de aquella misma vida que llevaba en su torrentoso caudal el germen de la existencia misma.
Para cuando monsieur Pelián se hubo quitado la venda de los ojos, yo estaba, otra vez, en mi anhelada biblioteca. Atónito, el maestro pudo ver que aquellas dos pobres almas que hasta hacía unos momentos desfallecían, presentaban ahora un aspecto rebosante, las mejillas sonrosadas y llenas de vitalidad.
Cuando mi padre entró en el cuarto y vio a sus hijas completamente restablecidas, abrazó a su amigo, besó sus manos ya punto estuvo de hincarse a besarle los pies.
– Ahora estoy seguro de no equivocarme: eres William -dijo enigmático monsieur Pelián, quien, agotado y confundido, no estaba dispuesto a reiniciar el juego.
Durante aquellos lejanos años, Pelián nos procuró el dulce elixir de la existencia ignorando que era el benefactor de nuestras vidas. Así Babette y Colette crecieron en igual proporción a su belleza y pronto fueron dos hermosísimas mujeres.
En la hora de su ocaso viril, mis hermanas supieron también sacar buen provecho del viejo y ya carente de atractivo monsieur Pelián. El maestro de piano tenía muchas y muy buenas amistades en los círculos más selectos del teatro. Bajo su padrinazgo, y viendo que las mellizas tenían mejores dotes histriónicas que musicales, mis hermanas pudieron ingresar sin mayores obstáculos a la compañía Théátre sur le théátre, cuya acogedora sede estaba en los altos de un pequeño teatro sobre la rue Casimir-Delavigne.
Mi padre no veía con buenos ojos la incursión de sus hijas en aquellos ámbitos que sospechaba poco sanctos. Sin embargo, a instancias de su viejo amigo Pelián, acabó por aceptarlo aunque, al principio, a regañadientes. La compañía estaba dirigida por monsieur Laplume, hombre cuyo profesional criterio se veía empañado por su incoercible afición a las mujeres. Y, en efecto, el director no tardó en caer rendido ante las idénticas bellezas de Babette y Colette. Varios años más joven que monsieur Pelián, mis hermanas encontraron de inmediato al sustituto perfecto del ya decrépito maestro de piano.
Si bien las mellizas hallaron en la nueva amistad un amante fogoso y atractivo con quien se sentían a gusto, no era menos cierto el carácter utilitario de la relación: no solamente tenían asegurada con frecuente regularidad la dosis vital, sino que muy pronto habían ascendido los casi siempre arduos peldaños de la dramaturgia hasta ocupar los lugares de las primeras actrices. Y ciertamente, el tiempo que habían demorado en transitar el camino desde el llano hasta la cúspide había sido breve aunque mayor que sus respectivos talentos. Mis hermanas no tardaron en ganarse la indignada antipatía del resto de las integrantes de la compañía y, en proporción inversa, la fascinada admiración del sector masculino. Como quiera que fuere, siendo extremadamente jóvenes, las mellizas Legrand ya se habían convertido en actrices famosas. Seducir hombres no representaba para ellas ninguna dificultad; por el contrario, eran numerosísimos los galanes que las cortejaban y, por cierto, hasta formaban largas filas en las puertas de los camarines o se agolpaban bajo las marquesinas a la salida de los teatros. Y, como ya habréis de imaginar, habría de llegar también, lo inevitable.
Sucedió, como era de esperarse ante la súbita fama, que empezaron a llegarles numerosas propuestas de matrimonio. Monsieur Laplume llegó a expulsar a puntapiés a los pretendientes que, cargando ramos de flores y regalos, formaban fila frente a la puerta del camarín de mis hermanas. Pero por mucho que se esforzó, el irascible director no pudo evitar que, finalmente y casi al mismo tiempo, sendos galanes robaran sus corazones. Las Legrand se habían enamorado de dos jóvenes hermanos.
De pronto me había convertido yo en el más odioso de los obstáculos. No solamente porque no se mostraban en absoluto dispuestas a compartir conmigo el líquido producto del amor de sus enamorados, sino que, además, el anhelado matrimonio se convertía, en los hechos, en una ilusión de imposible cumplimiento. Por fuerza, y muy a nuestro pesar, estábamos obligadas a permanecer unidas. ¿Cómo pensar en formar hogares separados? Mis hermanas consideraron seriamente la posibilidad de confesar a sus respectivos pretendientes todo acerca de mi monstruosa existencia. Pero, ¿cómo estar seguras de que no huirían espantados frente ala horrible revelación de que, en realidad, ellas mismas eran parte de una monstruosa trinidad? Y aun superando este último escollo, ¿cómo saber qué clase de descendencia serían capaces de darles a sus futuros maridos? ¿Y si, acaso, perpetuaran en la Tierra una nueva raza de monstruos iguales a nosotras? El odio hacia mi persona se hizo tan intenso que, no lo dudo, de no significar su propio fin, me hubiesen matado sin más ni más. Y no las culpo.
Dr. Polidori, no tengo palabras para explicar el tormento y el sentimiento de culpa que esto me produjo. Y, lo digo sin espíritu de mártir, si mi muerte no tuviese consecuencias, yo misma me habría quitado la vida. Pero no es mi intención dramatizar.
Mis hermanas tomaron la más cruel de las decisiones. No tenían otra alternativa que renunciar definitivamente al amor. Pero, por la misma razón, no podían renunciar al sexo. Así rompieron intempestivamente sus compromisos sin dar explicaciones, condenándose a un eterno calvario. Es mi obligación, entonces, decir en favor de mis hermanas frente a las murmuraciones que deshonran su fama pública, que su vida injustamente tildada de “ligera” es, en realidad, la cara visible del más puro y difícil acto de renunciamiento: la resignación al amor. En este acto de paradójico ascetismo se explican la fugacidad, ligereza y falta de compromiso en sus relaciones sentimentales. De modo que si mis hermanas se veían obligadas a trabar amistad con hombres de baja calaña y carentes de cualquier adorno espiritual u otro atractivo que no fuera el meramente camal, lo hacían con el único propósito de huir del amor.
Dr. Polidori, si me permito revelaros algunas intimidades de la vida de mis hermanas, lo hago con el solo propósito de lavar su mancillada reputación. Dicho esto y salvado su buen nombre y honor, me abstendré de ventilar otros episodios. Solamente me detendré en aquellos que hacen a lo que a nuestros asuntos -los vuestros y los míos, Dr. Polidori- concierne.
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