Federico Andahazi - Las Piadosas

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El verano de 1816 en Villa Diodati parece promisorio. Los personajes no pueden ser más ilustres: Lord Byron, Percy y Mary Shelley, Claire Clairmont y el Dr. Polidori, secretario privado de Byron. Polidori es quien resulta clave para Las Piadosas. ¿Por qué? Alguien se ha fijado en él para confiarle un terrible secreto. El enigma quedará revelado por la prosa envolvente y seductora de Federico Andahazi, el autor de El Anatomista. Andahazi descubre regiones insospechadas, turbadoras de la sexualidad y construye la intriga de una verdadera novela gótica moderna en torno a personajes y situaciones que difícilmente se olvidarán

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– ¿Cuáles son los mudos arcanos que los muertos intentan comunicarnos desde lo profundo de la tierra?

El Dr. Green giró la cabeza y, como no viera a nadie, caminó unos pasos elevando el candil.

Entonces se hizo visible la figura de un hombre inconmensurable. Tenía la forma y la complexión de una montaña, una cabeza de dimensiones increíblemente pequeñas y una expresión de pacífica e infinita tristeza. Sujeta al tobillo, llevaba una gruesa cadena en cuyo extremo había una bola de hierro.

Sin prestarle atención, el profesor Green comenzó a describir el característico pathos de la reciente visita, cuando, imprevistamente, aquella mole extendió un brazo y una mano gigantesca abarcó la totalidad del diámetro de la cabeza del profesor Green. Los aterrados alumnos vieron cómo lo elevaba en el aire y lo apartaba de su camino. Cuando lo hubo soltado, el maestro cayó vertical sobre sí mismo. El visitante se abrió paso entre los discípulos paralizados de horror, liberó a la mujercita, la tomó entre sus brazos con la delicadeza de una madre, pasó por sobre el cuerpo espasmódico del Dr. Green y se volvió a perder en las tinieblas.

7

Como os lo dije antes, soy apenas la tercera parte de una monstruosidad. Pareciera ser que todo en nosotras está repartido en forma inversamente proporcional. Ala fama pública de mis hermanas se opone mi absoluto anonimato. A su belleza incomparable se opone mi desmesurada fealdad. A su frívola estupidez se contrapone -y no toméis esto último como una muestra de soberbia, pues no lo presento como una virtud sino, más bien, como todo lo contrario-, mi insufrible inteligencia que me atormenta y me acosa como una enfermedad. A su locuacidad exasperante -rayana en la grosería, pues pareciera que no pudieran sustraerse a la tentación de interrumpir compulsivamente a sus eventuales interlocutores- se opone mi obligado mutismo. A su falta de escrúpulos, mi excesiva inclinación al remordimiento, como si estuviera yo condenada a cargar con todo el peso de sus atroces crímenes y ya os estoy haciendo una confesión, pues tampoco me declaro inocente sobre mi propia conciencia.

Mi querido doctor, sois el primero en saber de mi existencia; si me conocierais y compararais mi persona con las de mis hermanas, quizás os veríais inclinado a suponer que, al igual que las riquezas, exista en el universo una determinada cantidad de belleza que, como todo, está injustamente repartida. Por cada ápice de la piel tersa, suave y perfumada de mis hermanas, por cada uno de sus recatados poros, puedo contar, sobre la superficie de la mía, el mismo número de pústulas crónicas y quistes sebáceos, de forúnculos en flor y de llagas malolientes. Por cada uno de sus cabellos rubios y ondulados, puedo contar la mitad en la escasa pelambre arratonada y mustia que deja traslucir mi cuero cabelludo seborreico y salpicado de costras de piel muerta. Desde que aprendimos a hablar, era notable en ellas una cierta tendencia a pronunciarse al unísono, lo cual, por cierto, conduciría a suponer una consecuente unicidad de pensamiento, por llamar de algún modo a aquello que gobierna el movimiento de sus lenguas.

Lo que estoy a punto de revelaros -quizá lo más escabroso que habréis de escuchar- no tiene otro propósito que el de protegeros. En este punto tal vez os estaréis preguntando de quién. Pues ya mismo os lo contestaré: de mis hermanas y, consecuentemente, de mí. Y la siguiente pregunta que de seguro os formularéis es de qué deberíais cuidaros.

Mi querido Dr. Polidori, no habréis de suponer que mi monstruosidad consiste únicamente en mi extrema fealdad. No. No ignoro vuestra vastísima erudición. Sabéis que existen personas cuya supervivencia depende de la apropiación de "algo" de sus semejantes, aun cuando en la consecución de este "algo" pudiera irla vida del ocasional semejante. Conocéis la negra leyenda de la condesa Bátory, que -según se dice- necesitaba de la sangre de sus víctimas para conservar su juventud. Probablemente, mediante este supuesto, justificara la condesa el morboso placer que le provocaba ver la sangre brotar de sus bellas sirvientas, como presenciar el espectáculo de la muerte en el curso de los inhumanos tormentos a los cuales las sometía.

Sucede, mi querido Dr. Polidori, que mi propia supervivencia y, consecuentemente, la de mis hermanas, depende de la obtención de "algo" que vos poseéis. No sabéis cuánto debo resistir a la tentación, pues, desde ya os lo digo, en poco tiempo mis hermanas y yo estaremos agonizando si nos falta "aquello" de lo que sois dueño.

Pero me parece prudente concluir por hoy mis confesiones. Ya os he dicho demasiado y estoy extenuada. Este verano será bastante largo. Me despido hasta muy pronto con una súplica: cuidaos.

Annette Legrand

Al borde de la desesperación, John Polidori hizo un rápido inventario de todo cuanto le pertenecía. Su patrimonio no superaba los magros excedentes del salario que, puntualmente, recibía de su Lord. No tenía propiedades: de su padre no había heredado más que la congénita sumisión y el pobre destino de estar irremediablemente condenado a la servidumbre. Al igual que a su padre, Gaetano Polidori, el fiel secretario del poeta Vittorio Alfieri, no lo adornaba el don de la escritura, no podía esperar el dulce dictado de las musas, sino el de la grave voz de su Lord, cuya inspiración parecía ir más rápido que su mano.

Era dueño, sí, de una sorda y corrosiva envidia. Cuántas veces, mientras transcribía las obras todavía inéditas de Byron, lo había asaltado la idea del plagio. ¿Qué era lo que él podía tener? No era dueño de nada, ni material ni espiritual, que no tuviera el más simple de los mortales.

8

Un crepúsculo gris amarillento se alzaba tras el Mont Blanc, cuya corona de nieve se perdía más allá de las nubes. El Leman presentaba la apariencia de una pradera devastada. El sol, una mancha difusa y apenas visible, irradiaba una luz fría que igualaba, en un incierto color otoñal, el rojo de los tejados con el verde de los álamos, el gris de las rocas con el ocre de la arena. Caía una lluvia furiosa. Había llovido sin pausa durante toda la noche.

John Polidori despertaba de un sueño frágil y quebradizo. Volvía de aquella frontera difusa que separa la duermevela de la vigilia. Transitaba ese umbral en el cual los anhelos tienen la materialidad de la concreción y la realidad es apenas una vaga incertidumbre. Conforme al raro concierto de percepciones y ensoñaciones, el secretario tenía dos certezas. La primera, que durante la noche, antes de dormirse, había escrito un relato de principio a fin, cuyo contenido no recordaba con claridad, aunque lo tranquilizaba la irrebatible evidencia -bastaba con abrir los ojos- de que los manuscritos descansaban sobre el escritorio. La segunda, que había tenido una horrenda pesadilla en torno a una carta, cuyo macabro contenido sí podía recordar. Un mal sueño. Nada más. Y se alegró profundamente de ambas convicciones. Se desperezó extendiendo los brazos y arqueando la espalda. Con unas deliciosas y merecidas caricias, se rascó la cabeza haciendo un remolino de pelo en torno al índice. Una levísima, imperceptible sonrisa se insinuaba en las comisuras de sus labios. Había escrito el relato perfecto. Recordó la discusión que había mantenido con su Lord hacía unos pocos días, en el curso de la cual Polidori le hiciera saber a Byron que entre ambos no existía diferencia alguna. Y recordó, ahora sí con una sonrisa franca, la hiriente respuesta de su Lord:

– Yo puedo hacer tres cosas que tú nunca lograrías: atravesar un río a nado, apagar de un balazo una candela a veinte pasos de distancia y escribir un libro del que se vendan catorce mil ejemplares en un día.

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