Lee.
¿Qué lee?
La historia de Emma Bovary.
La historia de una joven que había leído mucho:
"Emma había leído Pablo y Virginia y había soñado con la casita de bambú, con el negro Domingo, con el perro Fiel, pero sobre todo con la dulce amistad de algún hermanito, que subiera a buscar para ella frutas rojas a los grandes árboles, más altos que campanarios, o que corriera descalzo por la arena, llevándole un nido de pájaros.»
Lo mejor es telefonear a Thierry, o a Stéphanie, para que mañana por la mañana le pasen su ficha de lectura, y la copia en un periquete, antes de entrar en clase, dicho y hecho, se lo deben de sobras.
"Cuando cumplió trece años, su padre la llevó a la ciudad para meterla en un internado. Se alojaron en una fonda del barrio de Saint Gervais, donde les pusieron para la cena unos platos pintados que representaban la historia de la señorita de La Valliere. Las leyendas explicativas, cortadas aquí y allí por los rasguños de los cuchillos, glorificaban todas ellas la religión, las delicadezas del corazón y las pompas de la Corte.»
La fórmula: "Les pusieron para la cena unos platos pintados…» le arranca una sonrisa fatigada:…¿Les dieron para cenar unos platos vacíos? ¿Les hicieron papear la historia de esa La Valliere?» Se las da de listo. Se cree al margen de su lectura. Error, su ironía ha dado en el clavo. Porque sus desdichas simétricas proceden de ahí: Emma es capaz de ver su plato como un libro, y él su libro como un plato.
Mientras tanto, en el instituto (como decían en cursiva los tebeos belgas de su generación), los padres:
– Sabe, mi hijo…, mi hija…, los libros…
El profesor de lengua ha entendido: al alumno en cuestión «no le gusta leer».
– Y lo más extraño es que de niño leía mucho…, devoraba incluso, ¿verdad, cariño, que se puede decir que devoraba?
Cariño opina: devoraba.
– ¡Hay que decir que le hemos prohibido la televisión! (Otra versión posible: la prohibición absoluta de la tele. Resolver el problema suprimiendo su enunciado, ¡un conocido truco pedagógico!)
– Es verdad, nada de televisión durante el año escolar, ¡es un principio sobre el que jamás hemos transigido!
Nada de televisión, pero piano de cinco a seis, guitarra de seis a siete, danza el miércoles, judo, tenis, esgrima el sábado, esquí de fondo desde los primeros copos, curso de vela desde los primeros rayos, modelado los días de lluvia, viaje a Inglaterra, gimnasia rítmica…
Ni la menor posibilidad ofrecida al más mínimo cuarto de hora de reencuentro consigo mismo.
¡Alto a los sueños!
¡Abajo el aburrimiento!
El bonito aburrimiento…
El largo aburrimiento…
Que permite cualquier creación…
– Procuramos que jamás se aburra.
(Pobre de él…)
– Intentamos, ¿cómo le diría?, intentamos proporcionarle una formación completa…
– Eficaz, sobre todo, cariño, yo diría más bien eficaz.
– Si no, no estaríamos aquí.
– Por suerte, sus notas en matemáticas no son malas…
– Claro que la lengua…
Oh, el pobre, el triste, el patético esfuerzo que imponemos a nuestro orgullo yendo así, burgueses de Calais y de aquí, con las claves de nuestro fracaso por delante, a visitar al profesor de lengua… que escucha, y que dice sí-sí, y al que le gustaría hacerse una ilusión, por una sola vez en su larga vida de profe, hacerse una diminuta ilusión…, pero no:
– ¿Cree que un suspenso en francés puede ser motivo de que repita?
Así discurre nuestra existencia: él en el bisnés de las fichas de lectura, nosotros ante el espectro de que repita, el profesor de lengua en su materia vilipendiada… ¡Y viva el libro!
Un profesor tarda muy poco en convertirse en un viejo profesor. No es que el oficio desgaste más que otro, no…, es por oír a tantos padres hablarle de tantos hijos -y, haciéndolo, hablar de ellos mismos- y por escuchar tantos relatos de vidas, tantos divorcios, tantas historias de familia: enfermedades infantiles, adolescentes a los que ya no se domina, hijas queridas cuyo afecto se nos escapa, tantos fracasos llorados, tantos éxitos pregonados, tantas opiniones sobre tantos temas, y sobre la necesidad de leer, en especial, la absoluta necesidad de leer, que consigue la unanimidad.
El dogma.
Están los que jamás han leído y se avergüenzan de ello, los que ya no tienen tiempo de leer y lo lamentan, los que no leen novelas, sino libros útiles, ensayos, obras técnicas, biografías, libros de historia, están los que leen todo sin fijarse en qué, los que «devoran» y cuyos ojos brillan, están los que sólo leen los clásicos, amigo mío, «porque no hay mejor crítico que el tamiz del tiempo», los que pasan su madurez «releyendo», y los que han leído el último tal y el último cual, porque, amigo mío, hay que estar al día.
Pero todos, todos, en nombre de la necesidad de leer. El dogma.
Incluido aquel que, si bien ya no lee ahora, afirma que es por haber leído mucho antes, sólo que ahora ya ha terminado su carrera, y tiene la vida «montada», gracias a él, claro (es de los «que no deben nada a nadie»), pero reconoce gustosamente que esos libros, que ahora ya no necesita, le han sido muy útiles…, indispensables, incluso, sí, ¡in-dis-pen-sa-bles!
– ¡Convendrá, por consiguiente, que el chaval se meta eso en la cabeza!
El dogma.
Pues bien, «el chaval» tiene eso en la cabeza. Ni por un segundo pone el dogma en cuestión. Eso es, por lo menos, lo que se desprende claramente de su redacción:
Tema: ¿Qué piensas del consejo de Gustave Flaubert a su amiga Louise Collet: «¡Lee para vivir!»?
El chaval está de acuerdo con Flaubert, el chaval y sus compañeros, y sus compañeras, todos de acuerdo: « ¡ Flaubert tenía razón!» Una unanimidad de treinta y cinco trabajos: hay que leer, hay que leer para vivir, y eso es incluso -esta absoluta necesidad de la lectura- lo que nos distingue de la bestia, del bárbaro, del bruto ignorante, del sectario histérico, del dictador triunfante, del materialista bulímico, ¡hay que leer!, ¡hay que leer!
– Para aprender.
– Para sacar adelante nuestros estudios.
– Para informarnos.
– Para saber de dónde venimos.
– Para saber quiénes somos.
– Para conocer mejor a los demás.
– Para saber adónde vamos.
– Para conservar la memoria del pasado.
– Para iluminar nuestro presente.
– Para aprovechar las experiencias anteriores.
– Para no repetir las tonterías de nuestros antepasados.
– Para ganar tiempo.
– Para evadirnos.
– Para buscar un sentido a la vida.
– Para comprender los fundamentos de nuestra civilización.
– Para satisfacer nuestra curiosidad.
– Para distraernos.
– Para informarnos.
– Para cultivarnos.
– Para comunicar.
– Para ejercer nuestro espíritu crítico.
y el profesor aprueba al margen: «¡sí, sí, B, MB!, BB, exacto, interesante, en efecto, muy correcto», y tiene que contenerse para no exclamar: «¡Más! ¡Más!», él, que en el pasillo del instituto ha visto esta mañana al «chaval» copiar a toda velocidad su ficha de lectura de la de Stéphanie, él, que sabe por experiencia propia que la mayoría de las citas encontradas en esas sensatas redacciones salen de un diccionario especial, él, que sabe a la primera hojeada que los ejemplos elegidos ( «citad ejemplos sacados de nuestra experiencia personal») proceden de lecturas hechas por otros, él, en cuyos oídos siguen resonando los aullidos que desencadenó al imponer la lectura de la siguiente novela:
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