Y además (¡oh, la risa burlona del ángel paradójico!) ocurre que un mal padre posee excelentes principios educativos y un buen pedagogo execrables. Así es la vida.
Pero si Rousseau no es presentable, qué pensar de Valéry (Paul) -que no tenía nada que ver con la Asistencia Pública-, cuando dirigiendo a las jóvenes de la austera Légion d'honneur el discurso más edificante posible, y más respetuoso de la institución escolar, pasa de repente a lo esencial de lo que se puede decir en materia de amor, de amor al libro:
«Señoritas, no es bajo la forma de vocabulario y sintaxis como la Literatura comienza a seducimos. Acuérdense simplemente de cómo las Letras se introducen en nuestra vida. En la edad más tierna, apenas han cesado de cantarnos la canción que hace sonreír y dormirse al recién nacido, se abre la era de los cuentos. El niño los bebe como bebía su leche. Exige la continuación y la repetición de las maravillas; es un público despiadado y excelente. Dios sabe cuántas horas he perdido alimentando con magos, monstruos, piratas y hadas a unos pequeños que gritaban: ¡Más! a su padre agotado.»
«Es un público despiadado y excelente.»
Es, en un principio, el buen lector que seguiría siendo si los adultos que lo rodean alimentaran su entusiasmo en lugar de poner a prueba su competencia, si estimularan su deseo de aprender en lugar de imponerle el deber de recitar, si le acompañaran en su esfuerzo sin contentarse con esperarle a la vuelta de la esquina, si consintieran en perder tardes en lugar de intentar ganar tiempo, si hicieran vibrar el presente sin blandir la amenaza del futuro, si se negaran a convertir en dura tarea lo que era un placer, si alimentaran este placer hasta que se transmutara en deber, si sustentaran este deber en la gratuidad de cualquier aprendizaje cultural, y recuperaran ellos mismos el placer de esta gratuidad.
Ahora bien, este placer está muy próximo. Es fácil de recuperar. Basta con no dejar pasar los años. Basta con esperar la caída de la noche, abrir de nuevo la puerta de su habitación, sentarnos a la cabecera de su cama, y reanudar nuestra lectura común.
Leer.
En voz alta. Gratuitamente.
Sus historias preferidas.
Lo que ocurre entonces merece una descripción. Para comenzar, no cree lo que está oyendo. ¡Gato escaldado de los cuentos huye! Con la manta subida hasta la barbilla, permanece alerta; espera la trampa:
– Bien, ¿qué acabo de leer? ¿Lo has entendido?
Pero he aquí que no le hacemos esas preguntas. Ni ninguna. Nos limitamos a leer. Gratis. Se relaja poco a poco. (Nosotros también.) Recupera lentamente aquella concentración ensoñadora que era su cara por la noche. y acaba por reconocernos. Por nuestra voz recompuesta.
Es posible que, bajo el choque, se duerma ya en los primeros minutos…, el alivio.
La noche siguiente, idénticos reencuentros. E idéntica lectura, probablemente. Sí, es posible que nos reclame el mismo cuento, para demostrarse que la víspera no se trató de un sueño, y que nos plantee las mismas preguntas, en los mismos lugares, justo por la alegría de oírnos darle las mismas respuestas. La repetición tranquiliza. Es prueba de intimidad. Es su misma respiración. Necesita recuperar aquel aliento:
– ¡Más!
«Más, más…» quiere decir, grosso modo: «¡Tenemos que querernos mucho, tú y yo, para contentarnos con esta única historia, infinitamente repetida!» Releer no es repetirse, es ofrecer una prueba siempre nueva de un amor infatigable.
Así que releemos.
Su jornada queda atrás. Estamos aquí, al fin juntos, al fin en otra parte. Ha recuperado el misterio de la Trinidad: él, el texto, y nosotros (¡en el orden que se quiera pues toda la dicha procede precisamente de que no consigamos ordenar los elementos de esta fusión!).
Hasta que se permite el último placer del lector, que es cansarse del texto, y nos pide que pasemos a otro.
¿Cuántas veladas hemos perdido así desbloqueando las puertas de lo imaginario? Unas pocas, no muchas más. Bueno, unas cuantas más, aceptémoslo. Pero el resultado valía la pena. Ya está de nuevo abierto a todos los relatos posibles.
Mientras tanto, la escuela prosigue su enseñanza. Si no realiza progresos en el balbuceo de sus lecturas escolares, no nos asustemos, el tiempo corre a nuestro favor a partir del momento en que hemos renunciado a hacérselo ganar.
El progreso, el famoso «progreso», se manifestará en otro terreno, en un momento inesperado.
Una noche, porque nos habremos saltado una línea, le oiremos gritar:
– ¡Te has comido un trozo!
– ¿Perdón?
– ¡Te has saltado, te has comido un trozo!
– No, te lo aseguro…
– ¡Dame!
Nos arrebatará el libro de las manos, y, con un dedo victorioso, designará la línea comida. Que él leerá en voz alta.
Es el primer signo.
Seguirán los demás. Tomará la costumbre de interrumpir nuestra lectura:
– ¿Cómo se escribe eso?
– ¿Qué?
– Prehistórico.
– P.R.E.I.S…
– ¡Déjame ver!
No nos hagamos ilusiones, esta brusca curiosidad tiene algo que ver con su recentísima vocación de alquimista, es cierto, pero sobre todo con su deseo de prolongar la velada.
(Prolonguémosla, prolonguémosla…)
Otra noche, decidirá:
– ¡Leo contigo!
Con su cabeza por encima de nuestro hombro, seguirá por un momento con los ojos las líneas que le leemos.
O bien:
– ¡Comienzo yo!
Y se lanzará al asalto del primer párrafo.
Lectura costosa, de acuerdo, atropelladamente jadeante, vale… No importa, recuperada la paz, lee sin miedo. Y leerá cada vez mejor, cada vez con más ganas.
– ¡Esta noche leo yo!
El mismo párrafo, evidentemente -virtudes de la repetición-, luego otro, su «trozo preferido», y luego textos enteros. Unos textos que se sabe casi de memoria, que reconoce más que lee, pero que en cualquier caso lee por la alegría de reconocerlos. Ya no está lejos ahora el momento en que lo sorprenderemos, en un instante u otro del día, con Los cuentos del gato en el tejado sobre las rodillas, y pintando con Delphine y Marinette los animales de la granja.
Hace unos pocos meses no salía de su asombro al reconocer «mamá»; hoy, es un relato entero el que emerge de la lluvia de las palabras. Se ha convertido en el héroe de sus lecturas, aquel en quien el autor había delegado desde la eternidad para liberar a los personajes atrapados en la trama del texto a fin de que ellos mismos le arrancaran de las contingencias del día.
Bien. Hemos ganado.
Y si queremos darle un último gusto, bastará con que nos durmamos mientras nos lee.
«Jamás le haremos entender a un muchacho que, por la noche, está metido de lleno en una historia cautivadora, jamás le haremos entender mediante una demostración limitada a sí mismo, que debe interrumpir su lectura e ir a acostarse.»
Es Kafka quien dice eso en su diario, el pequeño Franz, cuyo padre hubiera preferido que pasara todas las noches de su vida haciendo números.
II. Hay que leer (el dogma)
Sigue el problema del mayor, arriba, en su habitación.
¡Él también necesitaría reconciliarse con «los libros»!
Casa vacía, padres acostados, televisión apagada, sigue estando solo… delante de la página 48 y la «ficha de lectura» que tiene que entregar mañana…
Mañana…
Breve cálculo mental:
446 – 48 = 398.
¡Trescientas noventa y ocho páginas que tragarse en una noche!
Se entrega a ello valientemente. Una página empuja a la otra. Las palabras del «libro» bailan entre los auriculares de su walkman. Sin alegría. Las palabras tienen pies de plomo. Caen una tras otra, como caballos rematados. Ni siquiera el solo de batería consigue resucitarlas. (¡Un buen batería, sin embargo, Kendall!) Prosigue su lectura sin volverse a mirar los cadáveres de las palabras. Las palabras han entregado su sentido, descansen sus letras en paz. Esta hecatombe no le asusta. Lee como quien avanza. El deber lo empuja. Página 62, página 63.
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