Daniel Pennac - Como una novela

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Esta obra insólita, un auténtico estímulo para la lectura, ha sido uno de los grandes fenómenos de la edición francesa reciente. Pennac, profesor de literatura en un instituto, se propone una tarea tan simple como necesaria en nuestros días: que el adolescente pierda el miedo a la lectura, que lea por placer, que se embarque en un libro como en una aventura personal y libremente elegida. Todo el,lo escrito como un monólogo desenfadado, de una alegría y entusiasmo contagiosos: `En realidad, no es un libro de reflexión sobre la lectura -dice el autor-, sino una tentativa de reconciliación con el libro`.
Este antimanual de literatura concluye con un decálogo no de los deberes, sino de los derechos imprescindibles del lectir (derecho a no terminar un libro, a releer, etc., incluso a no leer).

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– ¡De donde surgen las hordas iletradas al pie de la mayor biblioteca pública de Francia!

Nuevo silencio…, uno de los más hermosos: el del «ángel paradójico».

– ¿Tus hijos frecuentan el Beaubourg?

– Rara vez. Por suerte vivimos en el Quince. Silencio…

Silencio…

– En fin, que ya no leen.

– No.

– Demasiado solicitados por otras cosas.

– Sí.

9

Y cuando no es el proceso de la televisión o del consumo a secas, es el de la invasión electrónica; y cuando no es culpa de los juguetitos hipnóticos, es de la escuela: el aprendizaje aberrante de la lectura, el anacronismo de los programas, la incompetencia de los maestros, lo viejas que son las instalaciones, la falta de bibliotecas.

¿Qué más falta?

¡Ah, sí, el presupuesto del ministerio de Cultura… una miseria! Y la parte infinitesimal reservada al «Libro» en esta dotación microscópica.

¿Cómo pretendes que, en estas condiciones, mi hijo, mi hija, nuestros hijos, la juventud, lean?

– Además, los franceses leen cada vez menos…

– Es verdad.

10

Así se desarrollan nuestras conversaciones, victoria perpetua del lenguaje sobre la opacidad de las cosas, silencios luminosos que expresan más de lo que callan. Vigilantes e informados, no somos víctimas de nuestra época. El mundo entero está en lo que decimos… y enteramente iluminado por lo que callamos. Somos lúcidos. Mejor dicho, poseemos la pasión de la lucidez.

¿De dónde viene, entonces, esta vaga tristeza posconversacional? ¿Este silencio de medianoche, en la casa dueña de nuevo de sí misma? ¿Sólo es la perspectiva de los platos por fregar? Veamos… A unos centenares de metros de aquí -semáforo-, nuestros amigos están atrapados en el mismo silencio que, pasada la borrachera de la lucidez, se apodera de las parejas, de vuelta a casa, en sus coches inmovilizados. Es como un regusto de resaca, el final de una anestesia, una lenta recuperación de la conciencia, el retorno a uno mismo, y la sensación vagamente dolorosa de no reconocernos en lo que hemos dicho. Nosotros no estábamos ahí. Estaba todo el resto, sí, los argumentos eran acertados -y desde esta perspectiva teníamos razón-, pero nosotros no estábamos. Ni la menor duda, otra velada sacrificada a la práctica anestesiante de la lucidez.

Así es como… crees regresar a tu casa, y regresas, en realidad, a ti mismo.

Lo que decíamos hace un momento, alrededor de la mesa, estaba en las antípodas de lo que se decía en nosotros. Hablábamos de la necesidad de leer, pero estábamos arriba, en su cuarto, cerca de él, que no lee. Enumerábamos las buenas razones que la época le ofrece para no amar la lectura, pero intentábamos salvar el libro-muralla que nos separa de él. Hablábamos del libro cuando sólo pensábamos en él.

Él, que no mejoró las cosas bajando a la mesa en el último segundo, sentando en ella sin una palabra de disculpa su pesadez adolescente, no haciendo el más mínimo esfuerzo por participar en la conversación, y que, finalmente, se levantó sin esperar el postre:

– ¡Lo siento, tengo que leer!

11

La intimidad perdida…

Visto ahora en este comienzo de insomnio, aquel ritual de la lectura, cada noche, al pie de su cama, cuando él era pequeño -hora fija y gestos inmutables-, se parecía un poco a la oración. Aquel armisticio que seguía al estruendo del día, aquel reencuentro al margen de cualquier contingencia, aquel momento de silencio recogido antes de las primeras palabras del relato, nuestra voz al fin semejante a sí misma, la liturgia de los episodios… Sí, la historia leída cada noche cumplía la más bella función de la oración, la más desinteresada, la menos especulativa, y que sólo afecta a los hombres: el perdón de las ofensas. Allí no se confesaba ningún pecado, ni se buscaba conseguir un pedazo de eternidad, era un momento de comunión entre nosotros, la absolución del texto, un regreso al único paraíso que vale la pena: la intimidad. Sin saberlo, descubríamos una de las funciones esenciales del cuento, y, más ampliamente, del arte en general, que consiste en imponer una tregua al combate de los hombres.

El amor adquiría allí una piel nueva. Era gratuito.

12

Gratuito. Así es como él lo entendía. Un regalo. Un momento fuera de los momentos. Incondicional. La historia nocturna le liberaba del peso del día. Soltaba sus amarras. Se iba con el viento, inmensamente aligerado, y el viento era nuestra voz.

Como precio de este viaje, no se le pedía nada, ni un céntimo, no se le exigía la menor contrapartida. Ni siquiera era un premio. (¡Ah, los premios…, los premios había que ganárselos!) Aquí, todo ocurría en el país de la gratuidad.

La gratuidad, que es la única moneda del arte.

13

¿Qué ha ocurrido, pues, entre aquella intimidad de entonces y él ahora, encallado contra un libro-acantilado,mientras que nosotros intentamos entenderlo (o sea, tranquilizarnos) acusando al siglo y su televisión que tal vez nos hemos olvidado de apagar?

¿La culpa es de la tele?

¿El siglo XX demasiado «visual»? ¿El XIX demasiado descriptivo? ¿Y por qué no el XVIII demasiado racional, el XVII demasiado clásico, el XVI demasiado renacentista, Pushkin demasiado ruso y Sófocles demasiado muerto? Como si las relaciones entre el hombre y el libro necesitaran siglos para espaciarse.

Bastan unos pocos años. Unas pocas semanas.

El tiempo de un malentendido.

En la época en que, al pie de su cama, evocábamos el vestido rojo de Caperucita Roja, y, hasta en sus más mínimos detalles, el contenido de su cesta, sin olvidar las profundidades del bosque, las orejas de la abuela tan extrañamente peludas de repente, la clavijilla y la aldabilla, no recuerdo que nuestras descripciones le parecieran demasiado largas.

No es que desde entonces hayan pasado siglos. Han pasado esos momentos que se llaman la vida, a los que se confiere un aspecto de eternidad a fuerza de principios intangibles: «Hay que leer.»

14

En eso, como en otras cosas, la vida se manifestó por la erosión de nuestro placer. Un año de historias al pie de su cama, sí. Dos años, vale. Tres, si no hay más remedio. Suman mil noventa y cinco historias, a razón de una por noche. ¡1 095, son historias! Y si sólo fuera el cuarto de hora del cuento… pero está el que le precede. ¿Qué voy a contarle esta noche? ¿Qué voy a leerle?

Conocimos las angustias de la inspiración.

Al comienzo, nos ayudó. Lo que su embeleso exigía de nosotros no era una historia, sino la misma historia.

– ¡Otra vez! ¡Otra vez Pulgarcito! Pero, cariñito, no sólo está Pulgarcito, caramba, está…

Pulgarcito, nada más.

¿Quién hubiera imaginado que un día añoraríamos la época feliz en que su bosque estaba poblado exclusivamente por Pulgarcito? Faltó poco para que maldijéramos haberle enseñado la diversidad, ofrecido la elección.

– ¡No, ése ya me lo has contado!

Sin llegar a ser una obsesión, el problema de la elección se convirtió en un rompecabezas. Con breves resoluciones: ir el sábado a una librería especializada y consultar la literatura infantil. El sábado por la mañana lo dejábamos para el sábado siguiente. Lo que para él seguía siendo una espera sagrada había entrado para nosotros en el campo de las preocupaciones domésticas. Preocupación menor, pero que se sumaba a las demás, de dimensiones más respetables. Menor o no, una preocupación heredada de un placer es algo que hay que vigilar de cerca. No lo hicimos.

Vivimos momentos de rebelión.

– ¿Por qué yo? ¿Por qué no tú? ¡Lo siento, esta noche eres tú quien le cuenta el cuento!

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