Anna Gavalda - El consuelo

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Charles Balanda tiene 47 años y una vida que a muchos les parecería envidiable. Casado y arquitecto de éxito, pasa las horas entre aviones y aeropuertos. Pero un día se entera de la muerte de Anouk, una mujer a la que amó durante su infancia y adolescencia, y los cimientos sobre los que había construido su vida empiezan a resquebrajarse: pierde el sueño, el apetito y abandona planes y proyectos. Será el recuerdo de Anouk, una persona tremendamente especial que no supo ni pudo vivir como el resto del mundo, lo que le impulsará a dar un giro radical y cambiar su destino.

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– ¿Y su marido, esto…?

– ¡No, no! -exclamó, y se le iluminó el rostro-. ¡Sigue aquí con nosotras! Pero no lo verás, ha pensado que era mejor dejarnos solos… ¿Sigo? ¿Tienes más hambre?

– No, no, la… te escucho…

– Así que lo creyó, como te iba diciendo, y entonces vi, lo vi con mis propios ojos, ¿me oyes?, lo que llaman «el poder del amor». Anouk se recuperó, dejó de necesitar tanto a Alexis, adelgazó, rejuveneció y, bajo la corteza de la… tristeza, como decías antes, su antiguo rostro reapareció: los mismos rasgos, la misma sonrisa, esa misma alegría en la mirada. ¿Recuerdas cómo era cuando hacíamos bromas y tonterías? Era viva, irresistible, loca. Como esas colegialas tan espabiladas que se equivocan de dormitorio en el internado y nunca las pillan… Y guapa, Charles… tan guapa… Charles se acordaba, sí.

– Pues bien, fue por él… por ese Paul… No te imaginas lo feliz que me hacía verla así. Me decía: ya está, la Vida ha comprendido lo que le debía. La Vida le da las gracias por fin… Fue entonces cuando yo dejé el trabajo. Por la enfermedad de mi marido, precisamente… Se había salvado de milagro y, ajustándonos el cinturón, podíamos apañarnos sin mi sueldo. Además nuestra hija iba a tener un bebé, y Anouk había vuelto, así que… había llegado el momento de dejarlo y de ocuparme un poco de mi familia… Nació el bebé, el pequeño Guillaume, y yo volví a aprender a vivir como la gente normal y corriente: sin estrés, sin guardias, sin tener que buscar un calendario cada vez que me proponían un viaje y olvidando poco a poco todos esos olores… las bandejas de la comida, los desinfectantes, el café goteando en la cafetera, la sangre, las plaquetas… Sustituí todo aquello por tardes en el parque y paquetes de galletas… Entonces perdí un poco de vista a Anouk, pero nos llamábamos por teléfono de vez en cuando. Todo marchaba bien.

»Y entonces un día, o más bien una noche, me llamó, y yo no entendí nada de lo que mascullaba. Lo único que comprendí es que había bebido… Fui a verla al día siguiente.

«Alexis le había escrito una carta que no acertaba a comprender del todo. Quería que yo la leyera y se la explicara. ¿Qué le decía Alexis? ¿¡¿Qué le decía?!? ¿La abandonaba o no? Anouk estaba… aniquilada. Así que leí aquella…

Meneó la cabeza de lado a lado.

– … mierda llena de jerga técnica seudopsicológica… Era un estilo elegante y muy complicado, lleno de palabras cultas. Quería ser digno, generoso, pero no era más que… el colmo de la cobardía.

»¿Entonces? ¿Entonces?, me suplicaba ella, ¿qué te parece que quiere decir? ¿Dónde estoy yo en toda esta historia?

»¿Qué querías que le dijera? No estás en ninguna parte. Mira… Ya no existes. Te desprecia hasta tal punto que ya ni se molesta siquiera en ser claro… No… no podía decírselo así. En lugar de eso, la abracé, y entonces, claro, entonces lo comprendió todo.

»¿Sabes, Charles?, esto es algo que he presenciado a menudo y que nunca llegaré a comprender… ¿Por qué seres tan excepcionales en su profesión, seres que, objetivamente, hacen el Bien en el mundo, resultan ser estúpidos tan infames en la vida de verdad? ¿Eh? ¿Cómo es posible? Al final, ¿dónde está su humanidad?

»De modo que me quedé con ella todo el día. Me daba miedo dejarla sola. Estaba segura de que, en el mejor de los casos, se refugiaría en el alcohol, y en el peor… Le supliqué que se viniera a vivir una temporada a mi casa, la habitación de las niñas estaba libre, seríamos discretos y… Anouk se sonó enérgicamente, se recogió el pelo, se frotó los párpados, levantó la cabeza y me sonrió. La sonrisa más frágil que le he conocido jamás.

»Y, sin embargo, Dios sabe si… bueno… olvidémoslo. Intentó alargar esa sonrisa lo más posible, siempre queriendo aparentar lo que no sentía, y me aseguró, acompañándome hasta la puerta, que podía marcharme tranquila, que no me haría una cosa así, que había pasado por momentos peores y que, a fuerza de sufrir, se había curtido.

»Cedí con la condición de poder llamarla por teléfono a cualquier hora del día o de la noche. Se rió y dijo que de acuerdo. Y añadió que estaba acostumbrada ya a las pesadas como yo… Y, en efecto, aguantó. Yo no me lo podía creer. Empecé a verla un poco más a menudo en aquella época y, por mucho que me esforzara por estar atenta a la menor señal, por mucho que le observara el blanco de los ojos o que olisqueara su abrigo cuando iba a colgarlo… nada… No bebía…

Silencio.

– Ahora, con un poco más de distancia, me digo que, al contrario, eso tendría que haberme preocupado. Es horrible lo que te voy a decir, pero a fin de cuentas, mientras bebiera quería decir que estaba viva y, de cierta manera, no sé… reactiva… En fin… Hoy me digo tantas cosas… Y un buen día me anunció que iba a presentar su dimisión. Me llevé una sorpresa tremenda. Lo recuerdo muy bien, acabábamos de salir de un salón de té y estábamos paseando por las Tullerías. Hacía bueno, íbamos cogidas del brazo, y entonces me lo anunció: se acabó, lo dejo. Yo aflojé el paso y me quedé callada largo rato, como esperando a que añadiera algo más: lo dejo por esto o por lo otro… Pero no, nada. ¿Por qué, Anouk, por qué?, terminé por articular, pero si sólo tienes cincuenta y cinco años… ¿Cómo vas a vivir? ¿De qué vas a vivir? Pensaba sobre todo para quién o para qué vas a vivir, pero no me atreví a expresárselo así. Ella no contestó. En fin…

»Y luego murmuró:

»"Todos, todos… todos me han abandonado. Uno tras otro… Pero no el hospital, ¿me oyes? Necesito ser yo la primera en irme, si no sé que no me recuperaría jamás. Que algo al menos, en esta vida mía tan perra, no me deje en la estacada… ¿Me imaginas a mí, el día de mi copa de despedida?", se rió. "Cojo mi regalo, me despido de todos con un beso, ¿y después? ¿Dónde voy después? ¿Qué hago? ¿Cuándo me muero?"

»No supe qué contestar a eso pero no importaba mucho: para entonces ella ya se estaba subiendo a un autobús por la puerta de atrás y me decía adiós por la ventanilla.

Sylvie dejó el vaso sobre la mesa y calló.

– ¿Y después? -se aventuró a preguntar Charles-. ¿Ya… ya se acabó?

– No. Pero en realidad, sí… Sí.

Se disculpó, se quitó las gafas, arrancó un trozo de papel de cocina y se echó a perder el maquillaje.

Charles se levantó, fue hasta la ventana y, de espaldas a ella esta vez, se sujetó a la barandilla del balcón como a la borda de un barco.

Tenía ganas de fumar, pero no se atrevió. Había habido un cáncer en esa casa. Quizá no tuviera nada que ver con el tabaco, pero ¿cómo saberlo? Contempló los bloques de apartamentos a lo lejos y volvió a pensar en toda aquella gente…

Los que no la habían querido nunca y no la habían llamado nunca por su verdadero nombre; los que le habían metido el mono, el chancro y el alcohol en la sangre, y que si le habían tendido la mano había sido sólo para quitarle el dinero, el que ganaba prohibiendo a los moribundos que se murieran, mientras Alexis preparaba él sólito su cartera para ir al colegio y se colgaba del cuello la llave de su casa. Pero también todos aquellos que -hay que decirlo, en honor a la verdad-, una noche de tristeza infinita, le habían dado a Nounou la ocasión de improvisar un fantástico número de ilusionista.

– Tesoro, basta ya con estos inútiles… Basta ya, ¿me oyes?… ¿Qué quieres, a ver, qué es lo que quieres? Dime…

Y, cogiendo aquí y allá accesorios por toda la cocina, los imitó a todos.

Los encarnó, mejor dicho.

El padre que echa la bronca, la madre que consuela, el hermano que se burla y da la tabarra, la hermanita pequeña que cecea, el abuelo que dice tonterías sin parar porque ya está gaga, la tía abuela que da besos de ventosa que pinchan un poco, el tío abuelo que se tira pedos, y el perro, y el gato, y el cartero, y el cura y hasta el guarda forestal, cogiéndole un momento la trompeta a Alexis… Y fue alegre como una verdadera comida familiar y…

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