Anna Gavalda - El consuelo

Здесь есть возможность читать онлайн «Anna Gavalda - El consuelo» весь текст электронной книги совершенно бесплатно (целиком полную версию без сокращений). В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: Современная проза, на испанском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.

El consuelo: краткое содержание, описание и аннотация

Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «El consuelo»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.

Charles Balanda tiene 47 años y una vida que a muchos les parecería envidiable. Casado y arquitecto de éxito, pasa las horas entre aviones y aeropuertos. Pero un día se entera de la muerte de Anouk, una mujer a la que amó durante su infancia y adolescencia, y los cimientos sobre los que había construido su vida empiezan a resquebrajarse: pierde el sueño, el apetito y abandona planes y proyectos. Será el recuerdo de Anouk, una persona tremendamente especial que no supo ni pudo vivir como el resto del mundo, lo que le impulsará a dar un giro radical y cambiar su destino.

El consuelo — читать онлайн бесплатно полную книгу (весь текст) целиком

Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «El consuelo», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.

Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

Ella lo alcanzó en el descansillo.

– ¡Espera! Tengo algo para ti…

Y le tendió una caja envuelta con cinta de embalar sobre la que habían escrito su nombre en mayúsculas.

– Fue ese pobre hombre… Me preguntó si conocía a un tal Charles y se sacó esto del abrigo. En casa de Anouk, me dijo, no había más que una bolsa muy grande para su hijo con los regalos de sus nietos, y esto…

Charles se encajó la caja bajo el brazo y echó a andar como un zombi, hacia delante. Recorrió la calle de Belleville, el barrio del Temple, la plaza de la República, la calle de Turbigo, el bulevar de Sebastopol, el barrio de Les Halles, el de Le Châtelet, el Sena, la calle de Saint-Jacques, como guiándose por un radar, y desembocó en Port Royal de pura casualidad, y cuando sintió que ya estaba bien, que el cansancio físico empezaba a imponerse sobre las emociones, sin aflojar el paso sacó sus llaves y utilizó la más fina para romper la cinta de embalar.

Era una caja de zapatos de niño. Se volvió a guardar las llaves en el bolsillo, se chocó contra una columna, se disculpó y levantó la tapa.

El polvo, las polillas o simplemente el tiempo habían hecho su sucia tarea, pero la reconoció de todas maneras: era Mistinguett, la paloma disecada de Nou…

Pero ¿cómo? ¿Qué…?

Sólo pensó en una cosa: llevarse la caja al pecho y abrazarse a ella lo más fuerte posible. Después, nada.

Ya no podía pasarle nada más.

Mejor. De todas maneras, estaba demasiado cansado para seguir así.

14

Sentía algo caliente bajo la mejilla. Cerró los ojos y se sintió bien.

Por desgracia, no tardaron mucho en molestarlo. Un montón de gente.

¡No lo he visto! ¡No lo he visto! ¡Es por culpa de ese nuevo «carril bus» de mierda! ¿Cuántos muertos necesitan esos gilipollas? Pero ¡si les digo que ni lo he visto! Hombre, también hay que decir que no cruzaba por el paso de cebra, ¿eh…? Joder… No lo he visto…

¿Señor? ¿Señor?

¿Se encuentra bien?

Charles sonreía.

Idos todos a la mierda…

Que alguien llame a una ambulancia, oyó. Ah, no, eso sí que no. Entonces decidió ponerse en pie.

Nada de ir al hospital.

Ya había tenido bastante…

Tendió una mano, se apoyó sobre un brazo, y sobre otro más, dejó que lo auparan, esbozó un ademán hacia su caja, dio las gracias con un gesto de cabeza y, apoyándose así en la gente, fue cojeando hasta la otra orilla.

Mueva el brazo a ver… Y ahora el otro… Y las piernas… Lo que peor tiene es la cara… Sí, pero no se sabe, a lo mejor tiene una conmoción… Bueno, las secuelas se ven enseguida… A ver, ¿vomita o no vomita? Pero no lo toquen tanto, por Dios… ¿No quiere que llamemos a una ambulancia? Puedo llevarle a urgencias… ¡Vamos! ¡Si estamos al ladito del hospital de Cochin! ¿Está usted seguro? No podemos dejarlo así, ¿no les parece? ¿Qué dice? Dice que está seguro.

Entonces el enjambre se marchó volando del panal. Un muerto que no se muere tampoco es que tenga mucho interés…

Y… si no hay lío, pues mejor que mejor. Un buen ciudadano se ofreció sin embargo a anotarle la matrícula del conductor y a presentarse como testigo para lo del seguro.

Charles apretaba la caja contra su corazón y meneaba la cabeza de lado a lado.

No, gracias. Sólo estaba un poco confuso. Se le pasaría. No había ningún problema.

El único que se había quedado a su lado en el banco era una especie de chochard. No tenía ningún mérito, es que estaba aburrido.

Charles le preguntó si tenía un cigarrillo.

Al inclinarse hacia la llama pensó que se iba a desmayar. Volvió a echarse hacia atrás lo más despacio posible, se pasó la lengua por los labios para no manchar el filtro e inspiró una gran bocanada de tranquilidad.

Al cabo de un rato muy largo, una hora quizá, su ángel de la guarda extendió el brazo.

Le señalaba el escaparate de una farmacia.

La pequeña practicante, Géraldine, o al menos eso ponía en su bata, sobre su pecho, soltó un grito al verlo. Su jefa acudió también, le pidió que se sentara en una silla y le hizo sufrir de la manera más deliciosa.

La ebriedad del caduceo…

Su nuevo amigo se había quedado fuera, delante del escaparate, y blandía el dedo pulgar para darle ánimos.

Su nuevo amigo apreciaba mucho a Géraldine…

Charles hizo muchas muecas. Rascaron, limpiaron, desinfectaron, estudiaron, comentaron y cubrieron de pequeños vendajes cicatrizantes su cara, o lo que quedaba de ella.

Se puso de pie apoyándose en un expositor, cojeó hasta la caja, aceptó pomadas a cambio de la promesa de ir a ver a un médico, mintió, dio las gracias, pagó y volvió a afrontar el mundo.

Su antiguo amigo había desaparecido. Charles se arrastró hasta un estanco, sorprendido de atraer tantas miradas tan huidizas.

El dueño del bar en cambio no era tan sensible. Había visto de todo en la vida…

– Vaya, ¿qué le ha pasado? -preguntó en tono de broma-. ¿Le ha atropellado un autobús esta mañana?

Charles sonrió lo poco que le permitía el dolor.

– Una furgoneta…

– Bah… La próxima vez lo hará usted mejor…

Un parisino que tenía sentido del humor… Qué maravilla…

Se pidió una cerveza para celebrarlo.

– ¡Aquí tiene! Le he puesto una pajita… ¿Qué dice? ¿Que tiene hambre? ¡Nicole! ¡Ponme un puré para este joven!

Y Charles, sentado a medias sobre un taburete en la barra del bar, se alimentó a sorbitos mientras escuchaba al dueño enumerarle la larga lista de todos los heridos, atropellados, inválidos, cojos, muertos o amputados que su buena ubicación (en la esquina de un gran cruce, un lugar perfecto para el comercio) le había permitido contabilizar en veinticinco años de vigilancia.

– Creo que tengo por ahí una petición contra esa parada dé los autobuses que circulan en sentido contrario, ¿le interesa?

– No.

Charles avanzaba con gran esfuerzo, agarrando su caja con una mano y la pierna herida con la otra. Estaba perdido.

No es que no supiera dónde estaba, desde luego, pero… Marcó el número de Laurence como quien saca cinco balas del tambor de una pistola, se llevó el aparato al oído y esperó. Buzón de voz.

Dio media vuelta y abrió la puerta de una agencia de alquiler de coches por la que había pasado antes, cinco minutos de intensa reflexión atrás.

Tranquilizó al comercial, no era nada, se había chocado contra una cristalera. Ah… dijo éste, aliviado, anda, pues qué casualidad, mi compañero también… Tres puntos de sutura. Charles se encogió de hombros. Un blandengue, el compañero…

En el último momento, su rodilla hinchada le suplicó que cambiara de opinión.

– ¡Espere! Deme mejor un coche automático…

Conteniendo unas lagrimillas de dolor, se retorció para instalarse al volante de un cochecito urbano de categoría A, consultó su agenda, la abrió por la página adecuada, ajustó los retrovisores y se percató de que el Hombre Elefante compartía con él aquella aventura.

Agradeció esa compañía… inesperada, giró a la izquierda y se dirigió a la puerta de Orleans.

El semáforo acababa de ponerse en verde. Volvió a arrancar y echó un vistazo al salpicadero.

Si todo iba bien estaría en casa de Alexis para la hora de cenar.

No se permitió sonreír porque le dolía demasiado la cara, pero ganas no le faltaban.

TERCERA PARTE

1

Al principio fue fácil, había tomado una decisión. Abandonaba la ciudad y conducía deprisa, sin respetar las distancias de seguridad.

Ignoraba lo que lo aguardaba pero no le daba miedo. Ya no le daba miedo nada. Ni su reflejo o lo que le hacía las veces de rostro, ni su cansancio, ni lo que veía ante sí, ni esa mujer concienzuda que se buscaba la vena, clavaba en ella una larga jeringuilla, empujaba el émbolo con sumo cuidado, abría el puño por última vez, se aflojaba el torniquete y comprobaba el goteo de su propia muerte antes de sentarse en la única butaca de un apartamento vacío… Qué… No. Charles ya estaba inmunizado contra todo.

Читать дальше
Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

Похожие книги на «El consuelo»

Представляем Вашему вниманию похожие книги на «El consuelo» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.


Отзывы о книге «El consuelo»

Обсуждение, отзывы о книге «El consuelo» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.