Anna Gavalda - El consuelo

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Charles Balanda tiene 47 años y una vida que a muchos les parecería envidiable. Casado y arquitecto de éxito, pasa las horas entre aviones y aeropuertos. Pero un día se entera de la muerte de Anouk, una mujer a la que amó durante su infancia y adolescencia, y los cimientos sobre los que había construido su vida empiezan a resquebrajarse: pierde el sueño, el apetito y abandona planes y proyectos. Será el recuerdo de Anouk, una persona tremendamente especial que no supo ni pudo vivir como el resto del mundo, lo que le impulsará a dar un giro radical y cambiar su destino.

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De todas maneras, para él el campo era esto: un lugar donde leer. Ante una chimenea en invierno, apoyado contra un tronco en primavera y a la sombra en verano. Y eso que se había tragado más campo… Cuando era pequeño en casa de sus abuelos, en los buenos tiempos del señor Canut con Alexis, y, años más tarde, cuando Laurence lo arrastraba a casa de alguno de sus amigos, a sus… segundas residencias…

Charles recordaba esos fines de semana en los que tampoco es que cambiara tanto de aires y en los que no dejaban de pedirle opinión, presupuesto, consejo y le preguntaban qué tabiques debían echar abajo. Él entonces apretaba los dientes al ver esas cristaleras espantosas, esos vanos horrendos, esas piscinas disparatadas, esas bodegas cerradas con candado y esa gente que gustaba de vestir de punta en blanco pero «en plan campestre», con botas historiadamente manchadas de estiércol y jersecitos de cachemira a juego.

Respondía sin precisar demasiado, era difícil de decir, habría que verlo, no conocía bien la región, y, tras decepcionar escrupulosamente a todo el mundo, se iba, con su libro en la mano, a buscar un rinconcito perdido donde echarse la siesta.

¡Un rinconcito perdido, y tanto! Estaba perdido y bien perdido. Ya no había carteles ni ningún panel indicador; sólo aldeas fantasma y una calzada colonizada por los hierbajos, y Charles no tenía más escolta que una cuadrilla de conejos que se iban de juerga.

Pero ¿qué se le había perdido al hijo de Miles Davis en ese agujero?

Y de hecho, ¿dónde narices estaba?

Su agenda era una birria como GPS. ¿Dónde estaba la D 73? ¿Y por qué no había pasado todavía por ese pueblucho cuyo nombre no conseguía descifrar?

Anouk…

¿Se puede saber adónde me llevas, una vez más?

¿Me ves en este preciso momento? ¿Con el depósito y el estómago vacíos, completamente perdido en un cruce que no anuncia más que leña a ocho kilómetros y hogueras de San Juan apagadas?

¿Dónde irías tú en mi lugar?

Todo recto, ¿verdad?

Pues venga…

En el pueblo siguiente, bajó la ventanilla.

Estaba perdido. ¿Marcy? ¿Manery? ¿Margery tal vez? ¿Le sonaba a alguien de algo?

No.

¿Y la D 73?

¡Ah, eso sí! Era esa carretera de allá, a la izquierda según sale usted del pueblo, pase el río y, después del aserradero, gire enseguida a la derecha…

Una señora dijo:

– ¿No será Les Marzeray lo que busca el señor del valle del Oise?

Y en ese momento, hay que reconocerlo, Charles se sintió tremendamente solo. Pero ¿qué…?

Le concedió a su pobre cerebro la tregua de una sonrisa bobalicona para salir de todo ese embrollo.

Para empezar, lo del valle del Oise debía de ser por su matrícula, no se había dado cuenta al coger el coche de alquiler, pero bueno, podía ser; después, ese nombre que decía la señora, Les Marzernosé-qué, ¿cómo se escribía? ¿Con «y» al final? Una «M» y una «y» mal garabateadas en la página del 9 de agosto de su agenda, eso era la única certeza que tenía, bien poca cosa, desde luego. Trató de descifrar lo que había escrito, pero nada, aparte del santo del día, nada estaba claro. En cuanto al santo de marras, jajá, era para partirse de risa.

Charles consultó con los lugareños, que debatieron la cuestión tomándose todo el tiempo del mundo y al final se mostraron de acuerdo: sí, con y griega al final.

Vaya preguntas raras hacían los del valle del Oise…

– Pero… ¿estoy muy lejos todavía?

– Bah… Unos veinte kilómetros…

Veinte kilómetros a lo largo de los cuales el volante se volvió cada vez más resbaladizo, y el dolor en su caja torácica, más intenso.

Veinte kilómetros eternos que no hicieron sino confirmar sus sospechas: sí, había perdido toda su dignidad.

Cuando el campanario de Les Marzeray surgió en lontananza, aparcó el coche en la cuneta.

Salió arrastrándose, orinó entre las zarzas, inspiró, sintió dolor, expiró, se desabrochó varios botones de la camisa, la cogió por las puntas del cuello y la sacudió para que se secara. Se enjugó la frente en la manga. Le hicieron daño las heridas, le hizo daño el lino. Inspiró otra vez, Dios santo, qué mal olía, volvió a abrocharse la camisa, se puso la chaqueta y expiró una última vez.

Le sonaron las tripas. Se lo agradeció, pero les echó la bronca por principio. Mierda, ¡la cosa se ponía seria! ¿Qué quieres, un filete? Pero tonto, si no tendrías fuerzas ni para cortarlo, ¿no ves que estás en las últimas…?

Sí… eso… Un buen filetón con Alexis… Para contentarla… Comed, niños, comed, que es lo más importante…

Su único problema (¿¡otra vez!? Estaba ya más harto…) era el corazón.

Le latía tan fuerte que sentía náuseas…

Entonces fumó.

Para disolverlo.

Se sentó sobre el capó tibio, se tomó su tiempo, agravó su riesgo de impotencia y ahumó a todos los bichitos del lugar. Y eso que recordaba muy bien cuánto había sufrido para dejarlo… Entonces era muy cínico. Decía que dejar de fumar era la única gran aventura de verdad que les quedaba a ellos, pequeños occidentales demasiado bien alimentados. La única.

Ya no era cínico.

Se sentía viejo, acosado por la muerte, dependiente.

Volvió a encender el móvil para cerciorarse. Pero no, qué va. Ya no captaba nada.

2

Pasó la página del 10 de agosto delante del ayuntamiento. Alexis vivía en el Cercado de los Olmos, lo buscó un buen rato y al final volvió a sintonizar Radio Comadres:

– Huy… Eso está más lejos… Son las casas nuevas que están detrás de la cooperativa…

«Casas nuevas», en el momento no había caído en lo que significaba esa expresión, pero vamos, para entendernos, se trataba de parcelas. Pues sí que empezábamos bien… Justo lo que más le gustaba… Edificaciones y revoques de mierda, persianas enrollables, buzones fabricados en serie y faroles con bombillas pretenciosas.

Y lo peor de todo es que esos adefesios eran caros…

Bueno, vale, corta el rollo. A ver, ¿dónde está el número 8?

Tuyas, una verja ostentosa y un portón con herrajes seudomedievales. Sólo faltaban los leoncitos en lo alto de cada columna… Charles se alisó los bolsillos de la chaqueta y llamó al timbre.

Una cabecita rubia asomó por la puerta acristalada.

Unos brazos la alejaron de allí.

Vaya…

Charles volvió a llamar al puto timbre.

Le respondió una voz de mujer.

– ¿Sí?

No, no podía ser. ¿Había un interfono? No lo había visto. ¿Un interfono? ¿Ahí? ¿En una de las regiones más desiertas de Francia? ¿Clasificada como Parque Natural y toda la pesca? La cuarta casa de una birria de parcela que apenas contaba doce en total, ¿y tenía interfono? Pero… ¿a santo de qué algo tan absurdo?

– ¿Quién es usted? -repitió el… dispositivo.

Charles contestó vete a tomar por culo pero lo expresó de otra manera:

– Charles. Un ami… un antiguo amigo de Alexis…

Silencio.

No le costaba imaginarse la estupefacción, el zafarrancho de combate en ese chalecito tan cuco, los «¿Estás seguro?», «¿Seguro que ha dicho eso?». Charles irguió la espalda, adecentó su aspecto y esperó a que las verjas (¿automáticas?) se abrieran salpicando a Moisés.

Pero nada.

– No está en casa…

Bueno… Más vale maña que fuerza y todo eso. Tenía a una cascarrabias al otro lado de la verja, de modo que optemos por recurrir a la artillería pesada.

– Es usted Corinne, ¿verdad? -dijo con voz zalamera-. He oído hablar mucho de usted… Me llamo Balanda… Charles Balanda…

La puerta de entrada (madera exótica, modelo Cheverny o quizá Chambord, lista para instalar, con travesaños de imitación plomo integrados en el doble cristal y juntura de estanqueidad periférica encajada en el marco) se abrió y reveló un rostro, digamos… algo menos cuco.

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