Corinne le tendió el brazo, la mano y el escudo, y Charles, al intentar sonreírle para ganarse su confianza, comprendió por fin lo que crispaba a esa mujer: su careto.
Y además, las cosas como son… Ya se le había olvidado pero… tenía el pantalón agujereado, la chaqueta descosida y la camisa manchada de sangre y de Betadine…
– Buenas tardes… Perdone… es que… bueno… me he caído esta mañana… Espero no molestarla…
– ¿La molesto?
– No, no… Si está a punto de llegar… -Y luego, volviéndose hacia un niño pequeño, le dijo-: ¡Y tú, a casa corriendo!
– Muy bien… pues lo esperaré…
Lo normal habría sido que ella dijera: «Pero entre, por favor, entre», o «¿Quiere tomar algo mientras lo espera?», o… pero repitió el mismo «Muy bien» pero en más borde todavía y se volvió a su chalecito.
Auténtico.
Y de calidad.
Entonces Charles se dedicó a hacer un poco de antropología.
Se paseó por el Cercado de los Olmos.
Comparó entre sí las columnas huecas pero con protuberancias imitando el granito tosco, los balaustres a menos de diez euros el metro lineal, las baldosas envejecidas en fábrica, las losas de hormigón tintado de color piedra, las barbacoas grandiosas, los muebles de jardín fabricados en resina, los toboganes de colores fluorescentes, las pérgolas de poliéster, las puertas de garaje tan anchas como las partes llamadas «de vivienda», las…
Todo de lo mejorcito…
No era cínico, no. Era esnob.
Volvió sobre sus pasos. Había otro coche aparcado detrás del suyo. Caminó más despacio, sintió que la pierna se le ponía un poco más rígida, y el mismo rubito de antes salió del jardín seguido de un hombre que debía de ser su padre.
Y entonces, es agobiante si uno se para a pensarlo, pero uno ya no piensa, sólo constata, lo primero que se dijo Charles después de todas esas conmociones fue:
«Qué cabrón. No ha perdido nada de pelo…» Agobiante.
Pero ¿qué podía esperar de ese reencuentro? ¿Cómo sería?
¿Con musiquita de violines? ¿Con la imagen en cámara lenta? ¿Con los contornos desenfocados?
– ¿Qué te pasa? ¿Ahora andas como un viejo?
Qué esperar de ese reencuentro…
Charles no supo qué responder. Tal vez fuera demasiado sentimental.
Alexis le hizo daño al darle una palmada en la espalda.
– Y bien, ¿qué te trae por aquí?
Gilipollas.
– ¿Es tu hijo?
– ¡Lucas, ven! ¡Ven a saludar al tío Charles!
Charles se inclinó para darle un beso, sin prisa ninguna. Se le había olvidado lo bien que huelen los niños pequeños…
Le preguntó si no estaba harto de que Spiderman estuviera enganchado a su camiseta, le tocó el pelo, el cuello, ¿qué me dices?, ¿también lo tienes en los calcetines? Vaya… ¿y también en el calzoncillo? Aprendió cómo poner los dedos para fabricar telarañas «de las que te quedas pegao», lo intentó a su vez, le salió mal, prometió que practicaría y luego se incorporó y vio que Alexis Le Men estaba llorando.
Entonces Charles olvidó sus buenos propósitos y echó a perder todo el trabajo de la farmacéutica.
Las heridas, los chichones, las suturas, los diques y hasta el último empaste de la vida, todo reventó.
Sus manos se cerraron sobre sus cuerpos, y fue a Anouk a quien abrazaron…
Charles fue el primero en dar un paso atrás. El dolor, los moretones. Alexis aupó a su hijo y le hizo reír mordisqueándole la tripa, pero era para esconderse y sonarse la nariz; luego se lo sentó a hombros.
– ¿Qué te ha pasado? ¿Te has caído de un andamio?
– Sí.
– ¿Has visto a Corinne?
– Sí.
– ¿Pasabas por aquí?
– Sí, eso es.
Charles se quedó parado. Tres pasos después, Alexis se dio la vuelta por fin. Adoptó una expresión arrogante de terrateniente y tiró de las piernas de su hijo para equilibrar su carga. Al menos ésa.
– ¿Has venido a sermonearme, es eso?
– No.
Se miraron largo rato.
– ¿Sigues con esos disparates sobre el cementerio?
– No -contestó Charles-, no… Ya no estoy en eso… lo he superado…
– Y ¿en qué estás, entonces?
– ¿Me invitas a cenar?
Aliviado, Alexis lo premió con una bonita sonrisa como las de antes, pero ya era demasiado tarde. Charles acababa de recuperar todas sus canicas.
Una Mistinguett a cambio de una cena en el Cercado de los Olmos; al precio del mal gusto, de la gasolina y del tiempo perdido, el trato le pareció justo.
Se habían disipado los nubarrones, bonita mía. Ahí la tienes, has conseguido tu rama de olivo, ¿eh?
Claro que había durado poco, había sido más un abandono que un impulso, admitámoslo, y claro que no basta. Pero a ti nunca te bastaba nada, así que…
Y el notar los bolsillos otra vez llenos, al tener esa certeza de que la partida había terminado, que ya no jugaría más y que, por lo tanto, ya no perdería más, porque ese recorrido, por muy penoso que fuera, era ya demasiado breve para seguir midiéndose con tan mediocre adversario, le proporcionó un inmenso alivio.
Cojeó más alegremente, le hizo cosquillas en las rodillas al súper héroe, abrió la mano, dobló los dedos corazón y anular, apuntó y, frrffiiiuuuu, atrapó en su telaraña a un pajarito que bailaba sobre los cables de la luz.
– ¡Anda ya, no es verdad! -replicó el pequeño Lucas-. A ver, ¿dónde está?
– En mi coche.
– No te creo…
– Pues haces mal.
– Pfff… Sí, anda, pos si fuera verdad lo habría visto…
– Sí, anda, pos me extrañaría porque estabas más interesado en el perro de los vecinos…
Y mientras Alexis sacaba del maletero la compra de la semana y la llevaba en varios viajes a su súper garaje tan bonito, Charles asombró a un niño la mar de escéptico.
– Anda, ¿y entonces por qué está pegado en un trozo de madera, a ver?
– Pues… porque te recuerdo que en las telarañas de Spiderman te quedas pegao…
– ¿Se lo enseñamos a papá?
– No, que el pajarito todavía está un poco impresionado… Tenemos que dejarlo tranquilo un ratito…
– ¿Está muerto?
– ¡No, hombre! ¡Claro que no! Te digo que está un poco impresionado. Luego lo soltamos…
Lucas asintió con la cabeza con un gesto grave, levantó la mirada (se hizo la Luz) y preguntó:
– ¿Cómo te llamas?
– Charles -le contestó éste con una sonrisa.
– ¿Y por qué tienes todas esas vendas en la cabeza?
– Adivina…
– ¿Porque no eres tan fuerte como Spiderman?
– Pues sí… A veces fallo…
– ¿Quieres que te enseñe mi cuarto?
Corinne estropeó su complicidad arácnida. Primero había que pasar por el garaje para quitarse los zapatos. (Charles puso mala cara, hasta entonces nunca se había descalzado en una casa.) (Salvo en Japón, claro…) (Oh, sí, qué esnob era…) Luego la madre blandió el dedo índice, y nada de armar jaleo, ¿eh? Y por fin se volvió hacia aquel que estaba visto que les iba a imponer su presencia.
– ¿Se… se queda a cenar?
Alexis acababa de aparecer oculto tras sus bolsas del Champion. (Qué contento estaría su cuñado, pensó Charles… Y qué escena más sabrosa… Si se atrevía, si tenía cobertura, qué bonito MMS podría mandarle a Claire…)
– ¡Pues claro que se queda! ¿Qué…? ¿Qué pasa?
– Pues nada, no pasa nada -replicó Corinne, con un tono que afirmaba lo contrario-, sólo que la cena no está lista. Y te recuerdo que mañana es la fiesta del colegio y todavía no he terminado el disfraz de Marión. ¡Y es que no soy costurera, mira tú por dónde!
Alexis, enardecido, ingenuo, concentrado en su bonita reconciliación, dejó en el suelo toda la impedimenta y echó por tierra todos sus argumentos.
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