Anna Gavalda - El consuelo

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Charles Balanda tiene 47 años y una vida que a muchos les parecería envidiable. Casado y arquitecto de éxito, pasa las horas entre aviones y aeropuertos. Pero un día se entera de la muerte de Anouk, una mujer a la que amó durante su infancia y adolescencia, y los cimientos sobre los que había construido su vida empiezan a resquebrajarse: pierde el sueño, el apetito y abandona planes y proyectos. Será el recuerdo de Anouk, una persona tremendamente especial que no supo ni pudo vivir como el resto del mundo, lo que le impulsará a dar un giro radical y cambiar su destino.

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Y ese patio, de los llamados «cerrados» pero tan bonito… Esos edificios… Sus proporciones… Esa impresión de seguridad, de invulnerabilidad, mientras todo lo demás se venía abajo…

Había una docena de bicicletas abandonadas en el camino, y las gallinas picoteaban entre las marchas. Había hasta ocas y sobre todo un pato rarísimo. ¿Cómo describirlo…? Era casi vertical… Como si estuviera de punti… o sea, como si se apoyara en las puntas de las patas…

– ¿Vienes? -se impacientó Lucas.

– Ese pato es un poco raro, ¿no?

– ¿Cuál? ¿Ése? Pues corre rapidísimo, tendrías que verlo…

– Pero ¿qué es? ¿Un cruce con un pingüino?

– No sé… Se llama el Indio… Y cuando está con su familia andan todos uno detrás de otro, es tronchante…

– ¿En fila india, entonces?

– ¿Vienes?

Charles volvió a sobresaltarse.

– Y ¿ése de ahí quién es?

– La segadora.

– Pero es… ¡una llama, ¿no?!

– No te pongas a acariciarla porque entonces te seguirá a todas partes y ya no podrás quitártela de encima…

– ¿Escupe?

– A veces… Y los escupitajos no le salen de la boca sino de la tripa, y huelen fataaaaaal…

– Pero dime una cosa, Lucas… ¿Qué es este sitio? ¿Un circo o algo así?

– ¡Jo, y tanto! -se rió el niño-. Por eso a mamá… esto…

– No le gusta mucho que vengáis…

– Bueno… todos los días, no… ¿Vienes?

La puerta amenazaba con derrumbarse bajo un montón de… vegetación (Charles tampoco sabía nada de botánica). Parras y rosales, sí, vale, eso sí lo sabía distinguir, pero también había unas extrañas plantas trepadoras naranja fosforito en forma de trompetitas, y otras, alucinantes, de color malva, con un corazón muy alambicado y unos… estambres (¿se llamaban así?) que Charles no había visto en su vida, en tres dimensiones, imposibles de dibujar, y también, jardineras con flores… por todas partes: en los alféizares de las ventanas, a lo largo de los zócalos, cubriendo casi por completo una vieja bomba o sobre mesas y veladores de hierro…

Jardineras apretadas unas contra otras, apiladas, algunas incluso etiquetadas; de todos los tamaños y de todas las épocas, desde algunas de hierro forjado estilo Medici hasta viejas latas de conserva, pasando por contenedores decapitados, cubos de comida para perros Altamente digestible y grandes frascos de cristal que dejaban ver raíces pálidas bajo una etiqueta que lucía la marca Le Parfait.

Y también había objetos de barro… Probablemente fabricados por niños: unos eran toscos, feos, graciosos; y otros, en cambio, más antiguos, extraños, como por ejemplo un cesto del siglo XVIII lleno de líquenes o la estatua de un fauno al que le faltaba una mano (¿la de la flauta?) pero que todavía tenía el brazo lo bastante largo para sujetar cuerdas de saltar…

Había tachuelas, escudillas, una olla a presión sin asas, una veleta rota, un barómetro de plástico que clamaba la eficacia de los cebos Fantastic, una muñeca Barbie sin pelo, bolos de madera, regaderas de otra época, una cartera llena de polvo, un hueso medio roído, un viejo zurriago colgado de un clavo oxidado, una cuerda con una campana en un extremo, nidos de pájaros, una jaula vacía, una pala, escobas medio calvas, un camión de bomberos, una… Y, en medio de todos aquellos trastos, dos gatos.

Imperturbables.

Aquello parecía la trastienda del Palacio Ideal de Ferdinand Cheval, el cartero excéntrico que coleccionaba cachivaches…

– ¿Qué estás mirando? ¿Vienes?

– ¿Son chamarileros los padres de Alice?

– No creo que sean nada, están muertos.

– …

– ¿Vienes?

La puerta de entrada estaba entreabierta. Charles llamó y luego apoyó la mano bien estirada sobre la madera tibia.

No hubo respuesta.

Lucas se deslizó en el interior de la casa. El picaporte de la puerta estaba más caliente todavía. Charles dejó la mano apoyada un momento antes de atreverse a seguir al niño.

Para cuando sus pupilas se acostumbraron a la oscuridad, ya se le habían deslumbrado las papilas.

Combray: el retorno.

Ese olor… que había olvidado, que creía haber perdido, que le traía absolutamente al pairo, que habría desdeñado y que lo derretía por dentro de nuevo: el olor a bizcocho de chocolate en un horno en la cocina de verdad de una casa de verdad…

No tuvo ocasión de que se le hiciera la boca agua mucho tiempo, pues, como en el umbral unos instantes antes, Charles no sabía hacia dónde dirigir su asombro.

Era un desorden considerable el que reinaba allí, pero que daba a la vez una impresión extraña, una impresión de dulzura, de alegría; de orden, sí, de orden…

Charles vio botas alineadas sobre varios metros de baldosas de cerámica, ordenadas de las más grandes a las más pequeñas, más… semilleros (¿sería ésa la palabra, o era más bien esqueje?) en todas las ventanas, en cajitas de poliestireno o en el fondo de grandes envases de helado de vainilla, una chimenea gigantesca, excavada en la piedra y coronada por un dintel de madera muy oscura, casi negra, sobre el que descansaban una ballesta, unas velas, nueces, más nidos, un crucifijo, un viejo espejo con el azogue moteado, varias fotos y una asombrosa procesión de animalitos fabricados con materiales provenientes del bosque: cortezas, hojas, ramitas, bellotas, cascabillos, musgo, plumas, pinas, castañas, bayas secas, minúsculos huesos, cascaras, erizos de castaña, amentos…

Charles estaba fascinado. ¿Quién ha hecho todo esto?, preguntó en el vacío.

También descubrió una cocinera, más imponente todavía, de esmalte azul celeste, con dos tapaderas abombadas y cinco portezuelas. Redonda, suave, tibia, daban ganas de acariciarla… Delante había un perro tumbado sobre una manta, parecido a un viejo lobo, que se puso a gemir al verlos, trató de incorporarse para recibirlos, o para impresionarlos, pero renunció y volvió a desplomarse, lloriqueando de nuevo.

Charles vio una mesa de granja (¿o más bien de refectorio?) inmensa, rodeada de sillas descabaladas, en la que acababa de servirse la cena y estaba aún sin recoger. Cubiertos de plata, platos bien rebañados, tarros de mostaza de Walt Disney y servilleteros de marfil.

Un aparador precioso, con mucho estilo, elegante, repleto hasta arriba de cazuelas de barro, de fuentes de porcelana, de cuencos, de platos y de tazas desportilladas. En una pila, un fregadero de piedra, seguramente muy incómodo, en el que se amontonaban muchas cacerolas en el interior de una palangana amarillenta. Del techo colgaban cestos, una fresquera con la tela metálica agujereada, una lámpara de porcelana, una especie de caja casi tan larga como la mesa, hueca, con distintas aberturas y muescas en las que se balanceaban la historia de la cuchara a través de los tiempos, una cortina adhesiva para cazar moscas de otro siglo, moscas de este siglo que ignoraban el sacrificio de sus antepasadas y que se frotaban ya las patas sólo de pensar en el banquete de migas de bizcocho que se iban a dar…

En las paredes, que hacía mucho tiempo que nadie encalaba, se veían fechas y nombres de niño a lo largo de una talla invisible, numerosas grietas, un bodegón, un reloj de cuco mudo y unas estanterías que se encargaban de poner en hora los relojes… Daban testimonio de una vida más o menos contemporánea a la nuestra, se doblaban bajo el peso de paquetes de espaguetis, de arroz, de cereales, de harina, de tarros de mostaza y otros condimentos de marcas conocidas y tamaños llamados familiares.

Y también… pero sobre todo… esa densidad… Los últimos rayos de uno de los días más largos del año a través de una ventana festoneada de telarañas.

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