Que sí, que sí, que vale…
A ver… me vais a perdonar, pero las líneas y las curvas al fin y al cabo definen mi profesión, ¿no os parece?
Pero buen…
Una carcajada maravillosa acababa de cerrarle el pico al pelma de nuestro querido Pepito Grillo.
Que sintió una suerte de vahído bajo su costilla rota. Charles se volvió muy despacio, localizó la fuente de esa loca catarata de alegría y supo entonces que el viaje no había sido en balde.
– Anouk -murmuró.
– ¿Cómo dice?
– Allí… Ésa de allí…
– ¿Sí?
– ¿Es ella?
– Ella ¿quién?
– Esa niña de ahí… La hija de Alexis…
– Sí.
Era ella. La que saltaba más alto, gritaba más fuerte y se reía más que nadie.
La misma mirada, la misma boca, la misma frente y el mismo aire canalla.
La misma pólvora; la misma mecha.
– Es guapa, ¿eh?
Sintiéndose en la gloria, en el cielo, Charles asintió con la cabeza.
Por una vez, qué felicidad sentirse emocionado.
– Yes… beautiful… but a proper little monkey -corroboró Kate-, nuestro amigo Alexis lo tiene difícil… Él que tanto se ha esforzado por guardar en una funda todo lo que era disonante en su vida, con esta niña no lo va a tener fácil…
– ¿Por qué dice eso?
– ¿Lo de la funda?
– Sí.
– No lo sé… Es una impresión que tengo…
– ¿De verdad no toca ya nunca?
– Sí… cuando está un poco borracho…
– ¿Y le ocurre a menudo?
– Jamás.
El famoso Jef volvió a pasar delante de ellos frotándose las pantorrillas. Ahora sí que olía a quemado.
– ¿Cómo la ha reconocido? No se le parece tanto…
– Por su abuela…
– ¿Manouk?
– Sí. ¿Usted… usted la conocía?
– No… casi nada… Vino una vez con Alexis…
– Recuerdo que… estábamos tomando un café en la cocina y, en un momento dado, con el pretexto de dejar su taza en el fregadero, se me acercó por detrás y me acarició la nuca…
– Es una tontería, pero ese gesto me hizo llorar a lágrima viva… Pero ¿por qué le cuento todo esto? -se reprendió Kate-. Perdóneme.
Charles se apresuró a contestar.
– No, no, por favor… al contrario, cuénteme lo que quiera.
– Era un período un poco difícil… Me imagino que estaba al corriente de… de my predicament… Esta palabra con este significado sólo existe en inglés, creo… bueno, digamos del puñetero horror en el que yo estaba sumida… Luego se marcharon, pero al cabo de unos metros el coche se paró, y ella volvió hacia mí.
»¿Se le ha olvidado algo?, le pregunté.
»Kate, murmuró ella, no beba usted sola.
Charles miraba el fuego.
– Sí… Anouk… La recuerdo… ¡Eh! ¡Ahora dejad que salten los más pequeños! Tú, Lucas, mejor ven por aquí… Aquí la hoguera es menos ancha… Jeez, si se lo devuelvo chamuscado a su madre me voy directa al calabozo…
– A propósito -reaccionó Charles-, tenemos que irnos. Estarán esperándonos para cenar…
– Ya llegan tarde -bromeó Kate-, hay personas así, aunque uno llegue puntual siempre tiene la impresión de haberlas hecho esperar… Lo acompaño…
– No, no…
– ¿Cómo que no? ¡Sí, sí!
Y, llamando a los mayores del grupo, les dijo:
– ¡Sam! ¡Jef! ¡Me vuelvo a mis bizcochos! Por cierto, ¿quién se viene a ayudarme? Os quedáis junto al fuego hasta que se apague y ya que no salte nadie, ¿okey?
– Que sí, que sí -mugió el eco.
– Voy contigo -anunció un niño un poco gordito, con la piel mate y el pelo muy rizado.
– Pero… si me has dicho que tú también querías saltar. Anda, ve, salta, que yo te miro…
– Bah…
– ¡Le da cague! -se burló una voz a la derecha-. ¡Go, Yaya! ¡Gol ¡Anda, salta, que se te funda un poco la grasa!
El niño se encogió de hombros y se dio la vuelta, antes de preguntar:
– ¿Sabe quién es Esquilo?
– Pues… -dijo Charles, con una expresión de sorpresa-, ¿es… uno de los perros?
– No, era un griego que escribía tragedias.
– ¡Ah! Vaya, me he equivocado -contestó Charles, riéndose-. Sí, lo conozco… vagamente, diría yo…
– ¿Y sabe cómo murió?
– …
– Pues mire, las águilas cuando quieren comerse a una tortuga tienen que lanzarla desde muy alto para que se le rompa el caparazón, y como Esquilo era calvo, el águila se pensó que era una roca y, ¡zaca!, le tiró la tortuga sobre la cabeza, y así se murió.
¿Por qué me contará esto? Si a mí todavía me queda algo de pelo…
– Charles -acudió a socorrerlo Kate-, le presento a Yacine… también llamado Wiki. Por la Wikipedia… Si necesita alguna información, algún dato biográfico, o si quiere saber cuántos baños tomó Luis XVI durante su vida, éste es su hombre…
– Y bien, ¿cuántos fueron? -preguntó Charles, estrechando la manita minúscula que le tendían.
– Hola, cuarenta, y su santo ¿cuál es? ¿El 4 de noviembre?
– ¿Te sabes todo el calendario de memoria?
– No, pero el 4 de noviembre es una fecha muy, muy importante.
– ¿Es tu cumpleaños?
Ligero, ligerísimo desdén de niño.
– Más bien el de los metros y los kilos, diría yo… 4 de noviembre de 1800, fecha oficial del paso en Francia al sistema decimal de pesos y medidas…
Charles miró a Kate.
– Sí… Resulta un poco cansado a veces, pero uno termina por acostumbrarse… Venga… vamos… ¿Y Nedra? ¿Ha desaparecido?
Charles le señaló los árboles.
– Me parece que…
– Oh, no… -contestó desolada Kate-. Pobrecita… ¡Hattie! ¡Ven aquí un momento!
Kate se alejó con otra niña a la que susurró algo al oído, antes de enviarla bajo los árboles.
Charles interrogó a Yacine con la mirada, pero éste fingió no enterarse.
Kate volvió y se agachó para recog…
– Deje, deje, ya lo cojo yo -dijo Charles, agachándose a su vez.
Vale, era casi calvo y casi ignorante pero jamás, jamás de los jamases permitiría que una mujer caminara cargada a su lado.
No se imaginaba que pudiera pesar tanto. Se incorporó con la cabeza ladeada para ocultar sus muecas y caminó con… bueno… con desenvoltura, apretando tanto las mandíbulas que le rechinaban los dientes.
Jooooder… Y eso que había cargado con montones de cosas de chicas en su vida… Bolsones, bolsas de la compra, abrigos, cajas de cartón, maletas, planos, hasta carpetas con expedientes, pero una sierra mecánica, nunca…
Sintió que la fisura en su costilla ganaba terreno.
Alargó el paso e hizo un último esfuerzo para parecer… (jajá, que me troncho) viril, y preguntó:
– ¿Y qué hay al otro lado de ese muro?
– Una huerta -contestó Kate.
– ¿Tan grande?
– Era la del castillo…
– ¿Y… y la cultiva?
– Claro… Aunque bueno, es sobre todo cosa de Rene… El antiguo dueño de la finca…
Charles no podía replicar nada, sentía demasiado dolor. No tanto por lo que pesaba el chisme ese, sino más bien por su espalda, su pierna, las noches sin dormir…
Miraba a hurtadillas a la mujer que caminaba junto a él.
Su tez morena, sus uñas cortas, las ramillas que se le habían quedado prendidas en el pelo, su hombro que llevaba el sello de Miguel-Ángel, el jersey que se había atado a la cintura, su camiseta vieja, las manchas de sudor en su pecho y en su espalda, y, a su lado, se sintió feo y poquita cosa.
– Huele usted a madera verde…
Sonrisa.
– ¿De verdad? -dijo Kate, pegando los brazos al cuerpo-. Qué… qué manera más galante de decirlo.
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