– Por cierto, ¿sabes por qué se llama Rene?
Uf, menos mal, Trivial Pursuit Júnior se dirigía a Kate, no a él.
– No, pero me lo vas a decir tú…
– Porque su madre tuvo otro niño antes de él, que se murió casi nada más nacer, por eso a él le pusieron «re-né». [3]
Charles se había adelantado un poco para soltar su carga lo antes posible, pero aun así la oyó murmurar:
– ¿Y tú, Yacine mío? ¿Sabes por qué te quiero tanto?
Se oyeron trinos de pájaros.
– Porque sabes cosas que ni siquiera internet sabrá nunca…
Charles creyó que nunca conseguiría aguantar hasta el final, se cambió la sierra mecánica de mano, pero era peor todavía, estaba sudando la gota gorda, franqueó corriendo los últimos metros y dejó su cargamento en la puerta del primer silo que vio.
– Perfecto… De todas maneras tengo que desmontar la cadena…
¿Ah, sí?
Caramba…
Charles buscó su pañuelo para ocultar en él su cansancio.
La Virgen, lo que había hecho él, no lo habría hecho ni el más valiente, habría podido jurarlo. Bueno… y ahora ¿dónde se había metido Lucas?
Kate los acompañó al otro lado.
Charles habría tenido montones de cosas que decirle, pero el puente era demasiado frágil. Un «me alegro mucho de haberla conocido» le parecía inapropiado. Aparte de su sonrisa y su mano rugosa, ¿qué había conocido de ella? Sí, pero… ¿qué otra cosa se podía decir en esas circunstancias? Se estrujó y se estrujó la cabeza para encontrar algo, pero no encontró más que las llaves del coche.
Abrió la puerta trasera y se dio la vuelta.
– Me habría encantado conocerlo -dijo ella con naturalidad.
– Yo…
– Está usted muy maltrecho.
– ¿Perdón?
– Su cara.
– Sí, es que… iba distraído…
– ¿Ah, sí?
– A mí también. Quiero decir… A mí también me habría encantado…
Después de pasar el cuarto roble, Charles consiguió por fin pronunciar una frase que tuviera más o menos sentido:
– ¿Lucas?
– ¿Qué?
– ¿Kate está casada?
– ¡Pero bueno! ¡Pues sí que habéis tardado!
– Es porque estaban todos muy lejos, en el prado -explicó el niño.
– ¿Qué te había dicho yo? -dijo Corinne, haciendo una mueca-. Venga… A la mesa… Que todavía tengo varios botones que coser…
El suelo de la terraza era de baldosas, el mantel, especial antimanchas, y la barbacoa, de gas. Le indicaron un sillón de plástico blanco, y Charles se sentó sobre un cojín de flores.
Vamos, que era todo muy bucólico.
El primer cuarto de hora fue eterno.
Penélope estaba de morros, Alexis no sabía muy bien qué hacer y nuestro héroe estaba enfrascado en sus musarañas.
Observaba ese rostro al que había visto crecer, jugar, sufrir, amar, embellecer, prometer, mentir, adelgazar, contraerse y desaparecer, y estaba fascinado.
– ¿Por qué me miras así? ¿Tanto he envejecido?
– No… Precisamente estaba pensando lo contrario… No has cambiado…
Alexis le tendió la botella de vino.
– No sé si tengo que tomármelo como un cumplido…
Corinne suspiró.
– Por favor… No os iréis a poner en plan reencuentro de viejos amigos de la mili…
– Sí -contestó Charles, mirándola fijamente a los ojos-, puedes tomártelo como un cumplido. -Y, dirigiéndose a Lucas, le dijo-: ¿Sabes que tu padre era más pequeño que tú cuando lo conocí?
– ¿Es verdad eso, papá?
– Sí, es verdad…
– Alex, te aviso que quema…
Corinne era perfecta. Charles se preguntaba si le contaría esa velada a Claire… No, probablemente no… aunque… ver a Alexis con esas bermudas de explorador y ese delantal bien almidonado en el que podía leerse «El chef soy yo» podría contribuir a bajarlo del pedestal en el que lo había puesto…
– Y era el que mejor jugaba a las canicas de todos los tiempos…
– ¿Eso es verdad, papá?
– Ya no me acuerdo.
Charles le guiñó un ojo para confirmarle que sí, que era verdad.
– ¿Y teníais la misma profesora?
– Claro.
– Entonces tú también conocías a Manou…
– ¡Lucas! -lo interrumpió su madre-. ¡Deja de hablar ya y come! Se te va a enfriar.
– Sí, la conocía muy bien. Y me parecía que mi amigo Alexis tenía suerte de tenerla como madre. La encontraba guapa y simpática, y pensaba que nos divertíamos mucho cuando estábamos con ella…
Al pronunciar esas palabras, Charles supo que lo había dicho todo, que no iría más lejos. Para que lo supiera y para tranquilizarla, se volvió hacia la dueña de la casa, la premió con una sonrisa encantadora y se puso en plan pelota.
– Bueno… ya hemos hablado bastante del pasado… Esta ensalada está deliciosa… ¿Y usted, Corinne? ¿A qué se dedica?
Ésta vaciló un momento y por fin se decidió a dejar a un lado su mal humor. Le agradó mucho que se interesara así por ella un hombre elegante, que no se remangaba la camisa, llevaba un bonito reloj y vivía en París.
Le habló de sí misma, mientras Charles asentía, bebiendo más de la cuenta.
Para mantener las distancias.
No prestó atención a todo lo que le contó, pero entendió que trabajaba en el área de recursos humanos (al pronunciar estas dos últimas palabras, debió de malinterpretar la naturaleza de la sonrisa de su invitado…), en una filial de France Télécom, que sus padres vivían en la misma región que ellos, que su padre era dueño de una empresita de cámaras frigoríficas y armarios de refrigeración para la restauración industrial, que eran tiempos difíciles, la primavera, fresquita, y los chinos, muy numerosos.
– ¿Y tú, Alexis?
– ¿Yo? ¡Yo trabajo con mi señor suegro! De comercial… ¿Qué pasa? ¿He dicho una tontería?
– …
– ¿Es el vino? Está picado, ¿es eso?
– No, pero es que… pensaba que tú… Pensaba que serías profesor de música o… No sé…
En ese preciso instante, en el ligerísimo rictus de sus labios, en su mano que ahuyentaba un… mosquito, vamos a decir, en el «chef» de su delantal, que había desaparecido debajo de la mesa, Charles vio por fin esos veinticinco años en que habían estado distanciados, plasmados en la frente del representante de celdas de refrigeración rápida.
– Oh… -dijo éste-, la música…
Sobreentendiendo esa chica fácil, esa novieta sin importancia.
Ese pecado de juventud.
– Pero ¿qué he dicho ahora? -insistió Alexis, preocupado-. ¿He dicho una tontería?
Charles dejó su copa sobre la mesa, olvidó el estor enrollable que había encima de su cabeza, el cubo de la basura a juego con el mantel y la mujercita a juego con el cubo de la basura.
– Por supuesto que has dicho una tontería. Y lo sabes de sobra… Todos esos años que pasamos juntos, cada vez que tenías algo importante que decir, recuerdo, cada vez, recurrías a la música… Cuando no tenías ningún instrumento, te inventabas uno, cuando empezaste a ir al Conservatorio te convertiste por fin en un buen estudiante, cuando tenías una audición, todo el mundo alucinaba, cuando estabas triste, tocabas cosas alegres, cuando estabas alegre, nos hacías llorar a todos, cuando Anouk cantaba, era como estar en Broadway, cuando mi madre nos hacía crepés, se lo agradecías tocándole el Ave María, cuando Nounou estaba depre…
Charles no terminó la frase.
– Pretérito imperfecto, Balanda. Todo lo que acabas de decir lo has conjugado en pretérito imperfecto.
– Exactamente -contestó Charles con una voz de sorpresa aún mayor-, sí… tienes razón… No puedes tener más razón… Gracias por la lección de gramática…
Читать дальше