Un edificio precioso de ladrillo visto, recto, riguroso, de aspecto tan republicano, pese a todos los globos y farolillos con que lo habían emperifollado aquel día.
Charles se abría camino alzando los brazos para evitar los grupos de chiquillos que corrían de aquí para allá. Después del bizcocho de chocolate y del olor a fuego de leña, recuperaba también el ambiente de las fiestas escolares de Mathilde. Con un toque campestre añadido… Los abuelos con boina y las abuelas de piernas rechonchas sustituían aquí a la gente elegante del distrito V de París, y en lugar de casetas de bocadillos bio, lo que servían de comer era un verdadero cochinillo a la brasa…
Hacía bueno, Charles había dormido más de diez horas, la música era alegre y tenía el móvil sin batería. Se lo echó de nuevo al bolsillo, se apoyó contra una valla y, bien acurrucadito entre los efluvios a algodón de azúcar y a cochinillo asado, se puso a mirarlo todo sin perderse un detalle.
Día de fiesta…
Sólo faltaba Jacques Tati con su bicicleta para que la escena fuera completa…
Una señora le tendió un vasito de plástico. Charles se lo agradeció con un simple gesto de cabeza, como si fuera un extranjero demasiado desorientado para acordarse de sus escasos conocimientos del idioma, probó un sorbito de ese liquido… indeterminado, seco y áspero, expuso sus heridas al sol, cerró los ojos y dio las gracias a la vecina por no estar en casa y haberle dado así la oportunidad de disfrutar de todo aquello.
El calor, el alcohol, el azúcar, el acento de la región, el griterío de los niños… Daba ligeras cabezad…
– ¡¿Todavía estás durmiendo?!
No necesitó abrir los ojos para reconocer la voz de su compañero de la víspera.
– No. Me estoy poniendo moreno…
– ¡Pos deja de hacerlo porque ya tienes la cara toda marrón!
Bajó la cabeza.
– Anda, ¿de qué vas disfrazado, de pirata?
El parche negro se movió al compás del gesto afirmativo.
– ¿Y no llevas un loro posado en el hombro?
El niño dejó caer su garfio.
– Pos… no…
– ¿Quieres que vayamos a buscar a mi pájaro?
– Pero ¿y si se despierta?
Aunque lo hubiera criado Nounou, o quizá por esa razón precisamente, siempre había pensado que era más fácil decir la verdad a los niños. No tenía muchos principios en materia de pedagogía, pero la verdad, sí. La verdad nunca le había cortado las alas a la imaginación, antes al contrario.
– ¿Sabes una cosa…? No se puede despertar porque está disecado…
El bigote de Lucas se estiró hasta tocar sus pendientes de aro.
– Ya lo sabía pero no te lo quería decir. No quería que te pusieras triste…
¿Quién? ¿Quién tuvo la genial idea de inventar a los niños?, se derritió. Dejó el vasito de plástico detrás de una teja.
– Ven. Vamos a buscarlo…
– Ya, pero… -se quejó el niño, poniendo morritos- no es un loro de verdad…
– Ya, pero… -replicó el adulto, con un tono de suficiencia- tú tampoco eres un pirata de verdad…
Por el camino se pararon un momento en el Rincón del Cazador, que era también tienda de comestibles, armería, sede del banco de crédito agrícola y peluquería los jueves por la tarde, compraron un rollo de cordel, y luego Charles, de rodillas delante de la iglesia, devolvió a Mistinguett a escena atándolo firmemente al hombro del niño.
– ¿Dónde están tus padres?
– No lo sé…
Encantado, Lucas volvió pisando huevos a reunirse con el resto de sus compañeros, hablando ya con el loro improvisado.
– Oye, Coco, ¿sabes decir «Coco»?
Charles recuperó su sitio contra la valla. Decidió quedarse a ver la función de Lucas antes de volver a París…
Una niña le llevó un plato humeante:
– Huy, gracias… Qué detalle…
Allá, detrás de una mesa inmensa, la señora de antes, la que tenía una delantera impresionante, le hacía ojitos desde lejos, sonriéndole muy amable.
Vaya, había ligado… Se apresuró a volver a sus cubiertos de plástico y se concentró en su pedazo de lacón a la brasa riéndose para sus adentros.
Acababa de acordarse de la cuerda de tender de la señora Canut…
– Te juro que es su sujetador… -repetía Alexis.
– Pero ¿cómo puedes estar tan seguro?
– Pues… porque se ve…
Era… fascinante.
Agitación en el estrado. Pasito a pasito, acompañaban a las abuelitas hasta los mejores asientos, en primera fila, mientras seguían las pruebas de sonido, uno, dos, tres, ¿se me oye? Pitido, uno, dos, Jean-Pierre, por favor, ocúpate de la técnica, deja de beber un momento, ¿quieres?, uno, dos, ¿estamos todos? Buenos días a todos, vayan tomando asiento, les recuerdo que la rif… pitido. ¡Jean-Pierre! Oye… Se cortó el sonido.
Qué se le iba a hacer.
Las mamas arrodilladas terminaban de ajustar pelucas y de maquillar caritas, mientras los papas ponían a punto sus cámaras de vídeo. Charles se cruzó con Corinne, enfrascada en una conversación con otras señoras sobre un supuesto chándal robado, y aprovechó para devolverle las llaves de su casa.
– ¿Se ha acordado de cerrar también la verja?
Sí. Se había acordado. Alabó su maravillosa hospitalidad y se alejó. Lo más posible.
Buscó el sol, arrimó una silla al pasillo para poder escabullirse discretamente entre dos actos, estiró las piernas y, ahora que el recreo estaba a punto de terminar, se puso a pensar de nuevo en su trabajo. Sacó la agenda, comprobó las citas que tenía aquella semana, decidió qué expedientes llevarse al aeropuerto y empezó a establecer una…
Un jaleo a su izquierda lo desconcentró un momento, apenas un poquito, un grácil vaivén entre retinas y córtex, que le dio tiempo a descubrir que también había mamas muy sexy en el colegio público de Les Marzeray… Luego volvió a su lista de llamadas pendientes, tenía que mirar con Philippe esa historia de…
Levantó otra vez la cabeza.
Ella le sonreía.
– Helio…
Se le cayó al suelo la agenda, la pisó al levantarse para tenderle la mano y, mientras se agachaba para recogerla, ella se acercó para sentarse a su lado. Bueno, no al lado exactamente, dejó una silla vacía entre ambos.
¿A modo de carabina, tal vez?
– Perdone. No la había reconocido…
– Es porque hoy no llevo botas… -bromeó ella.
– Sí… será por eso…
Llevaba un vestido cruzado que le ceñía el busto, hacía resaltar su cintura, le dibujaba unos muslos muy bonitos y también dejaba al descubierto sus rodillas, cuando cruzaba o descruzaba las piernas, dándose tironcitos de la tela azul grisáceo por la que corrían multitud de pequeños arabescos color turquesa.
A Charles le gustaba la moda. Los cortes, los tejidos, los patrones, los acabados; siempre había pensado que los arquitectos y los modistos desempeñaban más o menos el mismo oficio, y precisamente ahora observaba cómo se las apañaban los arabescos para rodear la manga del vestido sin perder el hilo de sus volutas.
Kate sintió esa mirada y reaccionó con una mueca.
– Ya lo sé… No me lo debería haber puesto… He engordado mucho desde que…
– ¡No, en absoluto! -protestó Charles-. En absoluto… Sólo le estaba mirando el…
– ¿El qué? -insistió ella, alargando el suplicio.
– El… el estampado… los motivos de su…
– Los motivos ¿de qué, de mi vida? My God… ¿va a decirme que ya los conoce?
Charles bajó la cabeza con una sonrisa. Con una mujer que sabía desmontar la cadena de una sierra mecánica, que dejaba entrever un sujetador rosa pálido cuando se inclinaba hacia delante y que sabía jugar tan bien con las palabras en dos lenguas distintas ni siquiera valía la pena tratar de competir…
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