Anna Gavalda - El consuelo

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Charles Balanda tiene 47 años y una vida que a muchos les parecería envidiable. Casado y arquitecto de éxito, pasa las horas entre aviones y aeropuertos. Pero un día se entera de la muerte de Anouk, una mujer a la que amó durante su infancia y adolescencia, y los cimientos sobre los que había construido su vida empiezan a resquebrajarse: pierde el sueño, el apetito y abandona planes y proyectos. Será el recuerdo de Anouk, una persona tremendamente especial que no supo ni pudo vivir como el resto del mundo, lo que le impulsará a dar un giro radical y cambiar su destino.

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Suspiró y contempló alejarse los… arabescos más estirados…

* * *

Al buscar su coche, encontró el de ella, aparcado de cualquier manera bajo los plátanos, delante de la estafeta de Correos.

Una vez más, el maletero estaba abierto, y los mismos perros del día anterior lo saludaron con la misma naturalidad.

Abrió su agenda por la página del 9 de agosto y trató de recordar los nombres de las ciudades por las que tenía que pasar.

Condujo más de media hora sin pensar en nada que pueda expresarse con claridad. Buscó una gasolinera, la encontró detrás de un supermercado, tardó siglos en encontrar la puta palanquita de los cojones que activaba la apertura de la tapa del depósito. Abrió la guantera, buscó el manual de instrucciones, se puso más nervioso todavía y soltó otra ristra de tacos, por fin dio con ella, llenó el depósito, se equivocó de tarjeta primero y luego tecleó mal el código, renunció, pagó en metálico y dio tres vueltas a la siguiente rotonda antes de conseguir descifrar lo que había escrito en su agenda con su birria de letra.

Encendió la radio y al instante la apagó. Encendió un cigarro y al instante lo aplastó. Sacudió la cabeza y al instante se arrepintió. Con ese gesto acababa de sacar de su letargo a su antigua migraña. Descubrió por fin el panel que esperaba. Se detuvo ante la línea blanca, miró a un lado, miró a otro, miró de frente y…

… y se atascó en la siguiente letanía:

– Pero mira que soy imbécil. Pero mira que soy imbécil… Pero ¡mira que soy imbécil!

5

Kate estaba rebuscando algo en el bolsillo de su delantal.

– ¿Sí?

– Buenos días, esto… querría un trozo de ese bizcocho de chocolate que tenía usted en el horno ayer a eso de las nueve menos cuarto de la noche…

Kate levantó la cabeza.

– Sí, ya ve -añadió Charles, agitando un taco de papeletas-, es que, claro… pistas de petanca y karaoke gigante… como para dejar escapar algo así…

Kate tardó varios segundos en reaccionar, frunció el ceño y se mordió el labio para contener esa sonrisa que ya se le escapaba.

– Había tres.

– ¿Cómo dice?

– Tres bizcochos… En el horno…

– ¿No me diga?

– Pues sí -replicó ella, con el mismo aire algo molesto-, resulta que en mi casa no se hacen las cosas a medias, mire usted por dónde…

– Ya me lo había figurado…

– So?

– Pues… pues… quizá podría usted ponerme un trocito de cada…

Sin hacerle el menor caso, Kate le cortó tres porciones minúsculas y le devolvió el plato antes de añadir:

– Dos euros. Se los paga a la chica de la caseta de al lado…

– ¿A qué quería invitarme, Kate?

– A cenar, creo. Pero he cambiado de opinión.

– ¿No me diga?

Ya estaba atendiendo a otra persona.

– ¿Y si la invito yo a usted?

Kate se volvió hacia él y lo mandó a paseo amablemente.

– Prometí que les ayudaría a recogerlo todo, tengo media docena de niños a mi cargo y no hay un solo restaurante en cincuenta kilómetros a la redonda, a parte de eso, ¿está bueno?

– ¿Perdón?

– El bizcocho, digo.

Pues… a Charles se le habían pasado un poco las ganas de probarlo… Se estrujaba la cabeza para soltarle una respuesta que la dejara en el sitio cuando un tipo jadeante y a todas luces muy contrariado le robó la escena.

– Oiga, ¿no era su hijo quien debía ocuparse de la caseta de puntería esta tarde?

– Sí, pero le ha pedido usted que atienda en la barra del merendero…

– ¡Ay, es verdad! ¡Se me había olvidado! Bueno, pues nada, se lo pediré a…

– Espere -lo interrumpió Kate volviéndose hacia Charles-, Alexis me ha dicho que es arquitecto, ¿es así?

– Eh… pues… sí…

– Entonces esa caseta le va que ni pintada. Me imagino que apilar cajas de conserva será una de sus habilidades, ¿no? -Y, llamando al tipo de antes, le dijo-: ¡Gérard! No busque más…

Charles apenas tuvo tiempo de meterse en la boca un trozo de bizcocho, pues Gérard lo arrastraba ya hacia el fondo del patio.

– Hey!

Vaya, qué querría ahora…

Charles se dio la vuelta, preguntándose qué bloody razón encontraría Kate para echarle la bronca.

Pero no.

No era nada.

Sólo un guiño por encima de un gran cuchillo de cortar bizcocho.

* * *

– En cada partida, los niños le tienen que dar un ticket azul, saben dónde se compran… y el que gane podrá elegir un premio entre los que hay en esa caja de ahí… Más tarde vendrá algún padre a sustituirlo un momento por si necesita usted tomarse un descanso -le explicó el señor, apartando a los niños que se arremolinaban ya a su alrededor-. ¿Tiene alguna pregunta?

– Ninguna.

– Pues buena suerte, entonces. Siempre me cuesta un poco encontrar a un alma caritativa que quiera ocuparse de esta caseta, porque ya lo verá… -hizo ademán de taparse los oídos-, es un poco ruidosa…

Durante los diez primeros minutos, Charles se contentó con recibir los tickets azules a cambio de los proyectiles, unos calcetines hechos una bola y llenos de arena, y con volver a apilar las latas; luego fue ganando confianza e hizo lo que siempre había hecho: mejoró el proyecto que le habían confiado.

Dejó la chaqueta sobre un taburete y anunció el nuevo plan de ocupación del suelo:

– A ver… Callad un momento porque así no hay manera… Tú, ve y tráeme una tiza… Para empezar, se acabó todo este jaleo… Quiero que os pongáis en fila india, así, uno detrás de otro. Al primero que se cuele, lo coloco en medio de las latas, ¿entendido? Bien, así me gusta, gracias-Cogió la tiza, dibujó dos líneas bien separadas en el suelo y luego hizo una marca en el poste de madera.

– Esta marca es la talla… Los que estén por debajo, pueden avanzar hasta la primera línea, los demás tienen que ponerse detrás de la segunda, ¿entendido? Entendido.

– Luego… los más pequeños pueden apuntar a esas latas de ahí -dijo, indicándoles las más grandes, las que les había dado el cocinero y que antes habrían contenido al menos diez kilos de menestra o de tomates pelados-. Los mayores, en cambio, tienen que derribarme estas de aquí… -(Más pequeñas y mucho más numerosas…)-. Cada uno puede tirar cuatro veces, y, por supuesto, para llevarse un premio no quiero una sola lata en pie… ¿Estamos?

Gestos afirmativos y respetuosos con la cabeza.

– Y por último… no me pienso pasar la tarde del sábado recogiendo lo que vais dejando tirado por ahí, así que necesito un ayudante… ¿Quién quiere ser mi ayudante número uno? Os informo de que el ayudante tiene derecho a tirar gratis…

Hubo tortas para ser su ayudante número uno.

– Perfecto -exclamó exultante el general Balanda-, perfecto. Y ahora… ¡que gane el mejor!…

Y ya no tuvo nada más que hacer salvo llevar la cuenta de los puntos animando a los más pequeños y pinchando a los adolescentes; guiando el brazo de los primeros y fingiendo que les prestaba las gafas a los segundos, esos mismos que se acercaban a la caseta muy chuletas, ¡buah!, una caseta de puntería, esto está tirado, tronco, y, vaya, vaya, las más de las veces no atinaban a las latas…

No tardó en reunirse toda una multitud, y hubo que hablar a gritos para entenderse. Charles pensó que, si bien había salvado la espalda y el honor, el pitido en los oídos no había quien se lo quitara: estaría como una tapia al final de la tarde…

Y hablando de honor… De vez en cuando, levantaba la cabeza y la buscaba con la mirada. Le habría gustado que lo viera así, triunfante en medio de su ejército de tiradores de élite, pero no. Ella estaba siempre ocupada con sus bizcochos, charlando, riéndose, inclinándose sobre cohortes de niños que venían a besarla y… Charles le traía totalmente sin cuidado, oye.

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