Anna Gavalda - El consuelo

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Charles Balanda tiene 47 años y una vida que a muchos les parecería envidiable. Casado y arquitecto de éxito, pasa las horas entre aviones y aeropuertos. Pero un día se entera de la muerte de Anouk, una mujer a la que amó durante su infancia y adolescencia, y los cimientos sobre los que había construido su vida empiezan a resquebrajarse: pierde el sueño, el apetito y abandona planes y proyectos. Será el recuerdo de Anouk, una persona tremendamente especial que no supo ni pudo vivir como el resto del mundo, lo que le impulsará a dar un giro radical y cambiar su destino.

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Y, horror, ahora sintió él, a su vez, la mirada de ella.

– ¿Ha dormido usted bajo un arco iris?

– Sí… Con Judy Garland…

Qué sonrisa más bonita tenía…

– ¿Ve usted? Eso es lo que más echo de menos aquí… -suspiró Kate.

– ¿Las comedias musicales?

– No… Estas réplicas tontas… porque… -añadió en un tono más grave- la soledad es precisamente eso… No es que anochezca a las cinco, tener que dar de comer a los animales o que los niños se peleen todo el día, es… Judy Garland…

Well, to tell you the truth, I feel more like the Tin Man right now…

I knew you must speak English.

– No lo bastante bien to catch your… motives, por desgracia…

Otra vez esa sonrisa de palas montadas.

– Tanto mejor…

– Pero ¿qué me dice de usted? ¿Cuál de las dos es su lengua materna?

– ¿Mi lengua materna? El francés, puesto que mi madre nació en Nantes. ¿My native language? English. On my father’s side…

– ¿Y dónde ha crecido?

No oyó su respuesta porque el súper pinchadiscos volvió a la carga.

«Saludos otra vez a todos, y gracias por venir. El espectáculo está a punto de empezar… Los niños están muy nerviosos… Les recuerdo que aún están a tiempo de comprar papeletas para nuestra gran rifa. ¡Este año tenemos fantásticos regalos!

»Primer premio: un fin de semana romántico para dos personas en una casa rural de alto estanding a orillas del lago de Charmiéges, con… ojo al dato todo el mundo… ¡patines de agua, pistas de petanca y karaoke gigante!

«Segundo premio: un lector DVD de la marca Toshiba, obsequio de los almacenes Frimouille, "donde lo barato no sale caro", un aplauso para ellos… Muchas gracias… Y sin olvidar…»

Charles se sujetaba la tirita de arriba. Sentía que se le iba a escapar volando si seguía riéndose de esa manera tan tonta.

«… sin olvidar las numerosas cestas de productos variados de la casa Graton e hijos, sita en el número 3 del Lavoir, en Saint-Gobertin, charcutería-carnicería especializada en manitas de cerdo y morcillas, bodas, bautizos y comuniones, más docenas de premios de consolación, porque no todo el mundo nace con suerte en la vida, ¿verdad, Jean-Pierre? ¡Jajá! Y ahora, dejemos paso a los artistas, un fuerte aplauso para ellos… ¡Más fuerte, que no se oye! Jacqueline, acuda a recepción… Les deseo a todos un buen d…», y, con esto, se volvió a cortar el sonido.

Jean-Pierre no tenía ningún sentido del humor.

Alexis, acompañado de la primera de la clase, que llevaba un vestido lleno de lazos y un clarinete en la mano, se acomodó en el fondo del escenario, mientras las maestras situaban a los más pequeños, disfrazados de pececitos, entre olas de cartón. Al oír la música, los niños se pusieron nerviosos, y la coreografía ensayada se fue a pique. Estaban demasiado ocupados en saludar con la mano a sus mamas sentadas entre el público como para dejarse mecer por las olas…

Charles echó una ojeada a los mus… perdón, al programa que Kate había desplegado sobre sus rodillas.

La revancha de los piratas del Caribe.

Ahí es na'…

También vio que Kate ya no se hacía en absoluto la interesante, e incluso le brillaban los ojos… Charles miró entonces al escenario para averiguar cuál de esas sardinitas podía ser la causante de tanta emoción.

– ¿Alguno es hijo suyo?

– Qué va -y se le ahogó la risa en la garganta-, pero es que estas funcioncillas como de andar por casa siempre me emocionan… Qué tontería, ¿verdad?

Juntó las manos a ambos lados de la nariz para ocultarse de Charles pero, al darse cuenta de que seguía mirándola, se puso más nerviosa todavía.

– Oh… No me mire las manos. Las tengo…

– No. Era su sortija lo que estaba admirando… Esa piedra grabada…

– ¿De verdad? -Kate respiró aliviada y dio la vuelta a la palma de su mano, como extrañada de que aún siguiera ahí.

– Es espléndida.

– Sí… y muy antigua… Un regalo de mi… Bueno -susurró, señalando el oleaje de cartón-, nos estamos perdiendo el resto de la función, así que mejor hablamos luego…

– Cuento con ello -murmuró Charles, en voz aún más baja.

El resto de la función lo vio en el rostro de Alexis. Lucas y su pandilla acababan de lanzarse al abordaje, cantando con aire decepcionado:

Somos los piratas más temibles, más crueles,

¿Qué diablos hacemos en este barco miserable?

Sacarle brillo al puente, hacer pasteles,

¡Basta ya!, ni una vez hemos blandido el sable,

Estamos hartos de soñar con grandes bajeles.

Capitán, ¡escuche nuestras quejas!

Denos otro barco, tesoros, y aventuras,

Con esta vida nos sentimos entre rejas,

¡Queremos ron, peleas y locuras!

Alexis, que al principio no se dio cuenta de nada, concentrado como estaba en su guitarra.

Luego levantó la cabeza, sonrió, localizó a su hijo y volvió a sus cuerdas.

No.

Levantó otra vez la cabeza.

Entrecerró los párpados, falló varios acordes, abrió unos ojos como platos, puso ¿ara de pasmo y se olvidó de la melodía. Pero poco importaba, ¿quién habría podido oírlo entre los aullidos de rabia de los filibusteros? ¡Ron, peleas y locuras!, gritaron a más no poder antes de desaparecer detrás de una gran vela.

Se oyó un cañonazo, y volvieron a aparecer, armados hasta los dientes. Otra canción, otras notas, Mistinguett se desgañitaba, y Alexis seguía sin digerir su asombro.

Por fin apartó la mirada del hombro de su hijo y, buscando una explicación, la paseó por el público.

A fuerza de aplicarse en buscarla, terminó por dar con la sonrisa burlona de su antiguo compañero de juegos. El mismo que acababa de comprender que no era muy difícil leer en los labios de un malentendido…

Alexis le señalaba a Lucas con la barbilla. ¿Es ella?

Charles asintió con la cabeza. Pero… ¿de dónde la has…?

Con una sonrisa, Charles señaló el cielo con el dedo. Alexis meneó la cabeza, la volvió a bajar hacia su guitarra y ya no la levantó hasta el reparto del botín.

Charles aprovechó los aplausos para darles esquinazo. No tenía ninguna gana de otra escenita de llanto y drama. Misión cumplida. Tocaba volver a la vida.

Ya estaba franqueando las verjas del colegio cuando un «Hey!» lo retuvo. Se volvió a meter el cigarro en el bolsillo y se dio la vuelta.

– Hey, you bloody liar! -le gritó Kate, blandiendo el puño izquierdo-, why did you soy «Cuento con ello» if you don't give a shit?

No esperó a que a Charles se le desencajara del todo el rostro para añadir, con una voz más amable:

– No… disculpe… Eso no era en absoluto lo que quería decir… De hecho, quería invitarlo a… no… nada… -Lo miró a los ojos, y su voz se dulcificó aún más-. ¿Ya… ya se marcha?

Charles no intentó siquiera sostenerle la mirada.

– Sí… deb… deb… -balbució-, debería haberme despedido de usted, pero no quería mones… perdón, molestarla…

– Ah…

– No había previsto venir aquí. He hecho… ¿cómo decirle…? He hecho novillos y no tengo más remedio que marcharme ya.

– Entiendo…

Con una última sonrisa, una que Charles no le conocía todavía, Kate recurrió al último cartucho, sin creérselo ni ella.

– Pero ¿y la rifa?

– No he comprado ninguna papeleta…

– Claro. Bueno, pues nada… Adiós entonces…

Le tendió la mano. La sortija se le había dado la vuelta, la piedra estaba fría.

Invitarme ¿a qué?, pensó entonces Charles, pero era demasiado tarde, Kate ya estaba lejos.

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