– No hay problema. No te preocupes. Cocino yo…
Y, dándose la vuelta, añadió:
– Por cierto, ¿y Marión? ¿No está en casa? ¿Dónde está?
Otro suspiro más de quien yo me sé.
– Dónde está, dónde está… Como si no lo supieras…
– ¿Está en casa de Alice?
Ah, no, perdón, todavía no se habían acabado los suspiros.
– Pues claro…
– Voy a llamarles por teléfono.
Era el antepenúltimo suspiro.
– Pues buena suerte. En esa casa nadie responde nunca al teléfono… Ni siquiera sé para qué lo tienen…
Alexis cerró los ojos, se acordó entonces de que estaba contento y se dirigió a la cocina.
Charles y Lucas no se atrevían a moverse.
– ¡Pregunta que si puede quedarse a dormir! -gritó Alexis.
– No. Tenemos un invitado.
Charles indicó con un gesto que no, no, ni hablar, se negaba a ser esa excusa tan mala.
– Dice que están ensayando su coreografía para mañana…
– No. ¡Dile que vuelva!
– Te lo suplica -insistió Alexis-, ¡añade incluso que «de rodillas»!
Y como ya no le quedaban argumentos, Corinne, la alegría de la huerta, recurrió al más ruin.
– Ni hablar. No se ha llevado su aparato dental.
– Bueno, pero si es sólo por eso, se lo puedo llevar yo…
– ¿Ah, sí? ¡Pensaba que tú te ocupabas de hacer la cena!
Vaya ambientazo… Charles, que de pronto necesitaba un poco de aire, se metió en lo que no le importaba.
– Puedo llevárselo yo, si preferís… La mirada que le lanzó Corinne lo convenció: todo eso no era en ab-so-lu-to asunto suyo.
– Si ni siquiera sabe dónde es…
– ¡Pero yo sí lo sé! -exclamó Lucas-. ¡Yo le explico cómo llegar!
El cabeza de familia pensó que ya era hora de enseñarle a su colega, a su compañero de juegos, a su antiguo amigo de la mili, quién mandaba ahí. Faltaría más.
– Bueno, está bien, pero vuelves a casa nada más desayunar, ¿eh?
Charles acomodó al niño en el asiento de atrás, dio la vuelta y se alejó a toda pastilla de la casita de Mickey Mouse.
Preguntó por el retrovisor:
– ¿Y bien? ¿Dónde vamos?
Una sonrisa enoooooorme le informó de que el Ratoncito Pérez había pasado ya dos veces.
– ¡Vamos a la casa más chula del mundo!
– ¿Ah, sí? ¿Y dónde está esa casa?
– Pues…
Lucas se desabrochó el cinturón, se inclinó hacia delante, miró la carretera, se lo pensó dos segundos y exclamó:
– ¡Todo recto!
Su chófer levantó la mirada al cielo. Todo recto. Pues claro… Mira que era tonto…
Al cielo…
Que estaba ahora de color rosa.
Que se había puesto guapo, se había empolvado la nariz para acompañarlos…
– Parece que estás llorando -se preocupó Lucas.
– No, no, es sólo que estoy muy cansado…
– ¿Por qué estás cansado?
– Porque no he dormido mucho.
– ¿Has hecho un viaje muy largo para venir a verme?
– ¡Huy! Si tú supieras…
– ¿Y has luchado con monstruos?
– Hombre -contestó Charles en tono burlón, señalándose con el pulgar la cara de pendenciero-, ¿no pensarás que esto me lo he hecho yo solo, no?
Silencio respetuoso.
– ¿Y eso de ahí es sangre?
– ¿Tú qué crees…?
– ¿Por qué unas manchas son marrón oscuro y otras son marrón clarito?
La edad del por qué de los porqués. Se le había olvidado…
– Pues… es que eso depende de los monstruos…
– ¿Y los más malos cuáles eran?
Parloteaban en mitad del campurrio…
– Oye, ¿falta mucho para llegar a esa casa tan chula?
Lucas miró con atención por el parabrisas, hizo una mueca y se dio la vuelta.
– Anda… pero si la acabamos de pasar…
– ¡Bravo! -exclamó Charles, fingiendo estar enfadado-. ¡Bravo, copiloto! ¡No sé si llevarte en mis próximas expediciones!
Silencio contrito.
– Que sí, hombre… Claro que te llevaré… Anda, ven a sentarte en mis rodillas… Así podrás indicarme mejor el camino…
Esta vez estaba claro y ya no había marcha atrás, acababa de hacerse un amigo Le Men para toda la vida.
Pero, por Dios, qué daño…
Hicieron una bonita maniobra invadiendo el espacio de las vacas, dieron la vuelta sobre el asfalto tibio, rodearon un cartel que anunciaba Les Vesperies, giraron el volante a cuatro manos para seguir las rodadas de la pista de tierra y tomaron por un espléndido camino bordeado de robles.
A Charles, que no había olvidado ni su olor ni su aspecto, empezó a entrarle miedo.
– Oye, y ¿Alice vive en un castillo?
– Pos claro…
– Pero… ¿los conoces bien?
– Pos… conozco sobre todo a la baronesa y a Victoria… Ya verás, Victoria es la más vieja y la más gorda…
Joder, no… El pordiosero y el chavalín visitan a los aristócratas del lugar… Lo que le faltaba…
Vaya día, no, de verdad, vaya día…
– Oye, y… ¿son simpáticas?
– No. La baronesa, no. Es tonta del bote.
Pues sí que… Después de las fachadas toscas de granito, los matacanes…
Francia, tierra de contrastes…
Porque le hacía cosquillas y era delicioso, el pelo alborotado de su conductor le dio ánimos: ¡Adelante, mis valientes! ¡Al ataque! ¡A por el castillo!
Sí, pero el problema es que no había castillo… El camino de robles centenarios desembocaba en una enorme pradera segada a medias.
– Tienes que torcer por ahí…
Siguieron el curso de un riachuelo (¿el antiguo foso del castillo?) unos cien metros, y un conjunto de techos más o menos bajos (más bien más que menos) surgió en medio de los árboles. ¿Serían olmos, tal vez?, se rió para sus adentros el parisino ignorante que apenas sabía distinguir unos de otros los árboles de su querida ciudad, que servían de urinario para perros.
Rumbo, pues, a las dependencias del castillo-Charles se sintió mejor.
– Y ahora te paras, porque ese puente se puede derrumbar…
– ¿En serio?
– Sí, y es súper peligroso -añadió Lucas, muy contento y nervioso.
– Entiendo…
Aparcó al lado de un Volvo viejísimo y lleno de barro. La puerta trasera de la ranchera estaba abierta, y dos chuchos dormitaban en el maletero.
– Ése es Ogli y ése, Jidous…
Se agitaron dos rabos que levantaron polvillo de paja.
– Son muy feos, ¿no?
– Sí, pero es aposta -le aseguró su mini guía-, todos los años van a la perrera y le piden al señor que les dé el perro más feo de todos…
– ¿Ah, sí? ¿Y por qué?
– Pos… ¡para que salga! ¿Para qué va a ser?
– Pero… ¿y cuántos tienen en total?
– No sé…
Ya veo, se burló Charles, o sea que no estaban en las dependencias de los señores marqueses de Puturrú de Foie, sino en un refugio de neohippys en plan «unión mística con la Madre Naturaleza».
Misericordia, Señor, misericordia.
– ¡Y apuesto a que también tienen cabras!
– Sí.
– ¡Lo sabía! ¿Y la baronesa? ¿Fuma hierba?
– Pfff… mira que eres tonto. Querrás decir que si come hierba…
– ¿Es una vaca?
– Un poni.
– ¿Y Victoria la gorda también es un poni?
– No. Ella era una reina, creo…
Help.
Después Charles se calló la boquita. Se guardó la desconfianza en el bolsillo y la tapó con su pañuelo sucio.
Era un lugar tan bonito…
Sabía muy bien que los castillos son siempre más conmovedores que sus dueños… Tenía un montón de ejemplos en la cabeza… Pero ya no trataba de acordarse, ya no pensaba, se limitaba a admirar.
El puente tendría que haberle dado alguna pista. La disposición de las piedras, la elegancia del piso, los cantos rodados, los pretiles, los pilares…
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