Anna Gavalda - El consuelo

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Charles Balanda tiene 47 años y una vida que a muchos les parecería envidiable. Casado y arquitecto de éxito, pasa las horas entre aviones y aeropuertos. Pero un día se entera de la muerte de Anouk, una mujer a la que amó durante su infancia y adolescencia, y los cimientos sobre los que había construido su vida empiezan a resquebrajarse: pierde el sueño, el apetito y abandona planes y proyectos. Será el recuerdo de Anouk, una persona tremendamente especial que no supo ni pudo vivir como el resto del mundo, lo que le impulsará a dar un giro radical y cambiar su destino.

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Llamó a su secretaria entre dos salidas de autopista y le dejó un mensaje a Laurence.

– Muy bien, lo cancelo entonces. Por cierto, el lunes por la tarde… su avión sale a las 19:45. Creo que he conseguido pasarle a la categoría superior… Ya tengo el código del billete, ¿tiene para apuntar? -le preguntó su secretaria.

– He recibido tu mensaje. -Laurence por fin le devolvió la llamada-. ¿Sabes?, al final me viene muy bien, porque este fin de semana tengo encima a las coreanas… -(No, Charles no lo sabía.)-. Ah, oye, ya que estamos, no te olvides de Mathilde, ¿eh? Le prometiste que la acompañarías al aeropuerto el lunes… Creo que su avión sale a primera hora de la tarde, ya te lo confirmaré… -(Los salones de Air France, su segunda patria…)-. Y ¿qué hacemos para su dinero de bolsillo? ¿Te quedan libras?

No, no. No se había olvidado, ni de Mathilde, ni de Howard.

Charles no se olvidaba nunca de nada. De hecho era su único talón de Aquiles… ¿Qué decía Anouk? ¿Que era inteligente? En absoluto… Había tenido ocasión muy a menudo de trabajar con mentes fuera de lo común, por lo que Charles no se engañaba nada sobre sí mismo. Durante todos esos años, si había sabido dar el pego y engañar a los que lo rodeaban, era precisamente por su buena memoria… Se acordaba de todo lo que leía, veía y oía.

Hoy en día era un hombre saturado, cargado, loaded en inglés, que también es la misma palabra que utilizan para describir un dado cuando está trucado. Y esas terribles migrañas que por el momento había dejado de padecer, enterradas como estaban bajo una capa de dolores más… patentes, no tenían nada de fisiológicas. Era más bien un estúpido contratiempo de carácter informático. La carta de Alexis y el maremoto que ésta había originado, su infancia, sus recuerdos, Anouk, lo poco que sabemos de ella y todo lo que no nos ha contado, todo lo que ha preferido guardarse para sí, para seguir protegiéndola y porque es tan púdico, ese exceso de emociones inesperadas de alguna manera había saturado su memoria. ¿Química, moléculas y hasta un escáner…? Vamos, vamos, sí, pero nada de eso tendría la más mínima incidencia. Le correspondía a él recuperar sus ficheros.

Por eso precisamente estaba reduciendo la velocidad ante la barrera de un peaje.

– ¿Dónde estás? -quiso saber Laurence.

– En Saint-Arnoult… En la autopista…

– ¿Y eso qué es? ¿Un nuevo proyecto?

– Sí -mintió.

Era la verdad.

Pero, a medida que se ensanchaba el horizonte, ese viaje le fue resultando menos claro. Había desdeñado el carril de la izquierda y reflexionaba a la sombra de un enorme camión.

De manera instintiva, bajo cada panel que indicaba una salida, rozaba con los dedos la palanca del intermitente.

Todo se lo debo a mi buena memoria, aseguraba. Ya, ya… La falsa modestia… una sombrilla muy práctica cuando uno va rumbo al sur… Hablemos nosotros un poco de él y démosle al César lo que es del César.

Charles se había hecho arquitecto por casualidad, como homenaje, por lealtad y porque dibujaba notablemente bien. Por supuesto, todo lo que veía y lo que comprendía lo recordaba, pero también lo representaba. Con suma facilidad, era para él algo natural. En una hoja de papel, en el espacio y ante cualquier público. Hasta las miradas más desalentadoras terminaban por asentir. Pero ese talento no basta. Lo que garabateaba tan bien eran sus razonamientos, su clarividencia.

Era tranquilo, paciente y, a su lado, el simple hecho de pensar se convertía en un privilegio. Mejor incluso, un juego. Por falta de tiempo siempre había rechazado las plazas de profesor que muchos le habían ofrecido, pero en el estudio le gustaba rodearse de jóvenes. Marc y Pauline este año, el genial Giuseppe o, antes, el hijo de su amigo O'Brien. Sus grandes despachos de la calle de La Fayette acogían con los brazos abiertos a todos aquellos estudiantes.

Era severo con ellos y les imponía una carga de trabajo tremenda, pero los trataba como a iguales. Son más jóvenes, y por lo tanto más listos que yo, les repetía una y otra vez, de modo que demuéstrenlo. ¿Cómo lo harían ustedes?

Se tomaba el tiempo de escucharlos y ponía de manifiesto sus inepcias sin humillarlos jamás. Los animaba a copiar, a dibujar lo más posible, aunque lo hicieran mal, a viajar, a leer, a escuchar música, a volver a aprender solfeo, a visitar museos, iglesias, jardines…

Lo desolaba su ignorancia supina, y terminaba por consultar su reloj dando un respingo. Pero… ¿no tienen hambre? Por supuesto que tenían hambre. Entonces ¿por qué me dejan perorar como un idiota, a ver? ¿Es que no les han dicho que ya se acabaron los viejos profesores pesados de la facultad de Bellas Artes? Vamos… Para hacerme perdonar, vamos rumbo a la Estación del Norte. ¡Mariscada para todo el que quiera! Pero nada más sentarse, no podía evitarlo, les quitaba las cartas de las manos y les pedía que miraran a su alrededor. Escuela de Nancy, art déco, nuevas simplificaciones, reacción contra el art nouveau, pureza de las formas, líneas sobrias y geométricas, baquelita, acero cromado, esencias poco comunes y… Ahí estaba otra vez el camarero.

Suspiros de alivio entre los estudiantes.

En su microcosmos era fácil denigrarlo. Se le reprochaba que era… ¿cómo decirlo?… un poco clásico, ¿no? De joven eso le había hecho sufrir. Pero había hecho caso del reproche, y por ese motivo se había asociado a Philippe, un chico más… subjetivo, que, al contrario que Charles, no tenía miedo de dar respuestas emocionales a las situaciones y cuya intransigencia, cuyo talento y cuya creatividad admiraba. Profesionalmente ese tándem funcionaba bien, pero era con Charles con quien los estudiantes querían aprender.

Incluso los más iluminados; los visionarios, los enardecidos, los que estaban dispuestos, ellos también, a morir de hambre al pie de la Sagrada Familia.

Era con Charles con quien querían aprender.

Su sensatez, su comedimiento… Durante mucho tiempo todo eso lo había dejado perplejo. Los días malos, pensaba que era hijo de su padre y que, en efecto, no había llegado ni llegaría nunca muy lejos.

Otras veces, como aquella mañana de invierno hacía unos meses en que llegaba tarde a una cita y se había bajado del taxi en medio de un atasco, de pronto se había encontrado solo en medio del patio cuadrado del Louvre, que llevaba una eternidad sin pisar, y entonces se había olvidado de su cita, había dejado de correr y había recuperado el aliento.

La escarcha, la luz, esas proporciones absolutamente perfectas, ese sentimiento de poderío sin la más mínima voluntad de aplastamiento, ese rastro divino de la mano del hombre… Charles había dado media vuelta, dirigiéndose a las palomas.

– ¿Qué os parece? Rematadamente clásico, ¿verdad?

Pero esa fuente absurda… Había vuelto a echar a correr, esperando que Lescot, Lemercier y todos los demás, desde tan alto como se encontraran, se entretuvieran, de vez en cuando, en escupir dentro.

Evitemos cualquier malentendido. Estas críticas, principalmente por parte de arquitectos franceses, de hecho, circunscribían, o trataban de circunscribir, una actitud moral, una disposición, en ningún caso la naturaleza de su trabajo. Gracias a su formación de ingeniero (esa debilidad, esa tara, como llegaba a verla algunas noches), su obsesión por el detalle, su perfecto conocimiento de las estructuras, los materiales y cualquier otro fenómeno físico, la reputación de Charles seguía estando, desde hacía mucho tiempo, al amparo de todo recelo.

Simplemente, compartía la teoría del genial Peter Rice y, antes de él, de Auden, según la cual, en el curso de un proyecto, algunos no tenían más remedio que apechugar con el trabajo sucio de Yago, el personaje de Shakespeare, e imponer sistemáticamente la razón sobre los impulsos desordenados de las pasiones de los demás.

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